El 14 de agosto, desde la Universidad Tecnológica del Chocó, en Quibdó, el presidente Abelardo de la Espriella propuso un “Plan Marshall para el Chocó”.
En 1947, George C. Marshall, entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, había propuesto un gigantesco programa para una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. No se trataba simplemente de levantar nuevamente lo destruido: la reconstrucción debía reactivar economías, recuperar capacidad productiva y generar desarrollo. El “Tigre” tiene razón. Ese debería ser nuestro propósito.
No reconstruir el Chocó que existía antes del terremoto, sino aprovechar esta tragedia para construir el Chocó que Colombia le ha debido históricamente.
¿Y si uno de los grandes motores de ese Plan Marshall fuera la madera? Tenemos primero que curarnos de un prejuicio: “casa de madera es pobreza”.
La cura para ese mal también se llama estética. Cuando una vivienda en madera tiene buena arquitectura, diseño contemporáneo, acabados y tecnología, deja de percibirse como precariedad. La belleza también cambia cultura: necesitamos que una familia aspire a una gran casa de madera, no que sienta que recibió una vivienda de segunda categoría.
Y los datos desmontan el prejuicio. En Estados Unidos, cerca del 94 % de las nuevas viviendas unifamiliares se construyen con estructura de madera. En Canadá, más del 90 % de las viviendas residenciales utilizan madera y, en edificaciones de uno a cuatro pisos, su participación ronda el 85 %. Incluso Japón, uno de los países más industrializados y sísmicos del mundo, mantiene en madera cerca del 54 % de todo su parque de viviendas. (Fuentes: U.S. Census Bureau, Natural Resources Canada y Statistics Bureau of Japan).
La madera no es una solución de países pobres. Es una tecnología constructiva de países ricos. Y después de un terremoto hay una verdad física fundamental: el peso importa. FEMA –la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos– destaca la alta relación resistencia-peso de las estructuras livianas de madera y su buen desempeño sísmico cuando están correctamente diseñadas y conectadas. (Fuente: FEMA, Earthquake-Resistant Design Concepts (P-749)).
Ahora miremos Chocó y Buenaventura. En todo el Pacífico no existe una gran industria cementera o siderúrgica. Pero abundan el bosque y la madera y, aunque todavía pequeño, existe conocimiento, carpintería, aserraderos y tejido empresarial alrededor de ella. Eso significa que no empezamos desde cero: podemos aprovechar una vocación natural ya existente, desarrollarla con la gente del Pacífico y para toda Colombia.
Para hacerlo se necesita tecnología: desde martillos neumáticos y sierras inalámbricas para nuestros carpinteros y constructores, hasta secado industrial, tratamiento, prefabricación y aserraderos de última generación.
También necesitamos que las facultades de Ingeniería y Arquitectura formen profesionales capaces de llevar la construcción en madera a otra escala. Así podemos garantizar algo que deberíamos empezar a llamar soberanía constructiva: la capacidad de construir una parte importante de nuestras viviendas e infraestructura con nuestros recursos, nuestro conocimiento, nuestra industria y, sobre todo, nuestra gente. Y no hablamos solamente de casas. Podemos construir colegios, centros de salud, iglesias, bodegas, equipamientos comunitarios y muchas otras edificaciones.
“El Tigre” se ganó al Chocó al reconocer públicamente la deuda histórica que Colombia tiene con ese departamento. La madera puede convertirse en la oportunidad de comenzar a pagar esa deuda con Chocó, Buenaventura y el Pacífico entero, mientras generamos desarrollo para todo el país. Es casi como pagarle una deuda a un acreedor contratándolo para que nos construya la casa. Negociazo. Porque si apostamos seriamente a la madera, muy pronto podríamos ver en el Pacífico una industria moderna generando miles de empleos; una nueva generación de arquitectos, ingenieros y técnicos del territorio; y empresarios madereros del Pacífico creando compañías y patrimonio.
No se trata solamente de erradicar pobreza. Se trata de generar riqueza. Ese sería el verdadero Plan Marshall colombiano: que después de reconstruir las casas quede una industria; que después de gastar los recursos quede conocimiento; y que después de atender la emergencia quede riqueza en los territorios.
No se trata de reconstruir Colombia para volver a ser como éramos antes del terremoto. Se trata de dar el primer gran paso hacia una Colombia más resiliente, sostenible y productiva, construida a partir de una riqueza que siempre estuvo frente a nosotros: la madera.