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El “voto fusil” no existe, pero ya es demasiado tarde y el daño está hecho. En la mesa de Blu Radio, a través del micrófono de Néstor Morales y con la validación del Instituto de Ciencia Política; en redes, con Luis Carlos Vélez y los denominados “técnicos” como Daniel Gómez; e incluso en voz del vicepresidente electo Restrepo, comenzó a instalarse la idea de que los tres millones de votos adicionales obtenidos por Cepeda en segunda vuelta fueron producto del constreñimiento.
Así empieza a delinearse la producción de “verdad” del nuevo gobierno: mentiras construidas a partir de fragmentos de verdad, amplificadas por redes y medios, hasta convertirse en un mito útil, validado por los “técnicos”, para deslegitimar a medio país.
No se trata de negar la existencia del conflicto armado ni las zonas donde históricamente ha existido constreñimiento electoral. Pero de allí a concluir que millones de ciudadanos votaron “a punta de fusil”, y que el crecimiento electoral de la izquierda se explica por una orden armada masiva a favor de Cepeda, hay un salto tan grande.
Los datos de Michael Weintraub, del CESED de la Universidad de los Andes, ayudan a matizar el mito. Mirando la proporción de votos por cada candidato con presencia de grupos armados, sí hay más participación, pero eso no implica que esa participación haya sido forzada ni que haya beneficiado de manera homogénea a un candidato. Según el actor predominante, el comportamiento varía: a Cepeda le fue mejor en municipios con presencia del ELN y algunas disidencias; a De la Espriella, en zonas con presencia del Clan del Golfo y EMBF. ¿Existe entonces un “voto fusil” abelardista en Tame, Necoclí o Briceño, donde ganó la derecha? No, ningún sacó ventaja de esa presencia.
¿Cómo lo usan quienes difunden la teoría? Con la falacia de la evidencia incompleta o cherry picking. Señalan 500 mesas entre las más de 122.000 instaladas en el país y se presentan como prueba definitiva, mientras se ignoran hipótesis alternativas y la complejidad del fenómeno. No sabemos cómo habrían votado esos territorios sin violencia, sin economías ilegales y sin décadas de abandono estatal.
Estamos entrando en la era de la posverdad y del infoentretenimiento político. Queremos cápsulas de sesenta segundos que confirmen nuestros prejuicios sobre el adversario. El nuevo presidente y su ejército de influenciadores simplifican la realidad, ignoran la contraevidencia, niegan los matices y descartan explicaciones alternativas. Como señala Jorge Mantilla, terminan invirtiendo la carga de la prueba: ya no importa demostrar el fraude; basta con sembrar la sospecha.
El coctel es letal para nuestra democracia. De la Espriella se presenta como un presidente conciliador, pero deja flotando la idea de que millones de votos del adversario son ilegítimos. Así operará la producción de información y verdades del nuevo gobierno. De la Espriella dirá; los medios y expertos validarán; millones perderán. A la deslegitimación preventiva y al reconocimiento apenas parcial del rival en lo político, expresado en su discurso de victoria, ahora se suma un desconocimiento jurídico: los votos de quienes no pertenecen al proyecto ganador pasan a ser sospechosos. Y ahí, negando política y jurídicamente al rival, se abre la puerta al atropello que hoy millones temen.