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Venezuela, entre el dolor, la fe y la esperanza

Columnista invitado EE y Truman Percales, especial para El Espectador

27 de julio de 2024 - 10:19 a. m.

Hace años que el libertador Simón Bolívar agoniza colgado de los despachos donde se sientan aquellos que han destruido la vida y el porvenir de millones de personas. No resulta sencillo encontrar las palabras que expliquen lo ocurrido, y quizás a estas alturas sea irrelevante tratar de buscarlas, de entender qué pretendían quienes han conducido a la sociedad venezolana a estos niveles de destrucción material, física, emocional. Solo el dolor que se respira en el ambiente puede explicar la verdad de lo ocurrido, y encender una luz tenue de esperanza.

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El retrato del dolor anida en el corazón y es parte de la intimidad de cada persona, de cada familia sentada por la noche alrededor de una vela para rezar por los hijos que se fueron. El colapso económico, la represión y la tortura, las cárceles de los inocentes, el hambre y la enfermedad, el expolio incalculable, los millones de personas deambulando por las carreteras hacia ningún lugar, la destrucción de los servicios públicos, una mísera pensión que agoniza en las manos de un anciano, los hospitales esqueléticos, las noches oscuras, los hogares con sed, las parturientas moribundas, alumbradas por un celular mientras las placentas arden en el jardín; los neonatos al fondo del mismo pasillo, calentados por lámparas oxidadas, parpadeantes; las vacunas vendidas al mejor postor, la muerte de cientos de niños, la esclavitud sexual a orillas del Orinoco, donde el mercurio hace brillar el oro, la destrucción de la naturaleza, de las comunidades indígenas. En Venezuela, el dolor es una sucesión de imágenes propias de una guerra.

La corrupción y la avaricia están detrás del sufrimiento. Mientras el dolor era infligido desnudando a las clases medias y conduciendo a los pobres a la miseria, una riqueza ingente era acumulada por las distintas facciones del poder político, militar y económico, con un pie en Caracas, Madrid y Miami. La indiferencia y el silencio cómplices también han desempeñado un papel importante en el dolor: Gobiernos amigos, dirigentes internacionales, medios de comunicación, empresas, bancos, inmobiliarias de lujo, todos buenos amigos del dinero, la barbarie, la mezquindad más abyecta. Hay muchos responsables y demasiadas víctimas en este dolor venezolano.

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Los efectos de la avaricia son muy peligrosos cuando los pies caminan sobre una tierra tan rica. Si esta tragedia deja algún aprendizaje, es la constatación de que la maldición de la abundancia es un serio peligro para la democracia, un incentivo para la codicia, envilecida por la cultura petrolera. El dolor y la angustia es directamente proporcional a la riqueza desaparecida, y también al despilfarro abrazado por la sociedad en las épocas de bonanza. Como nos explicó Hannah Arendt en La condición humana, la riqueza acumulada no es poner al ser humano en el centro de la vida, no viene de ningún deseo de emancipación, sino de un deseo de enriquecimiento a costa del resto. Fue el pueblo quien prefirió acumular riqueza a preservar la vida pública, la autonomía, la libertad, nos dice Arendt. Si Venezuela logra dejar atrás esta pesadilla, debería ser un buen momento para repensar la relación que las élites y la sociedad venezolana han construido a lo largo de su historia con las riquezas naturales con las que ha sido bendecida esa tierra.

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La incertidumbre que rodea este momento electoral, donde se han vulnerado todos los principios de legalidad, alimenta el dolor. Es otra forma de tortura, de socavar los ánimos, de hacer desfallecer la esperanza. La esperanza trata de luchar contra el dolor. Es una sensación, una chispa que se prende, un estado de ánimo que funciona desde el inconsciente de cada uno y se expande a la multitud. La esperanza es contagiosa y peligrosa para el poder porque nace de una fe. Votar es un acto de fe para los venezolanos, un espacio mental sin pensamiento, un camino hacia lo desconocido de la mano de Dios, que todo lo puede, dicen ellos.

En la gestión de la esperanza hay que ser extremadamente prudente. Tratar de racionalizar la ilusión, darle sentido de realidad. Los escenarios que se dibujan ofrecen salidas confusas al laberinto. Las mafias tienen la capacidad de mudar la piel como la serpiente mapanare y escurrirse hacia las profundidades más oscuras. La esperanza se desvanece transformando el dolor en un dolor insoportable. Las expectativas se derrumban rápidamente y el futuro soñado toma la misma forma que el pasado. En ese momento de desesperanza individual y colectiva, la fe desaparece, y la idea del suicidio y la violencia suelen proliferar como alternativas contra el dolor, mientras la misma historia empieza a escribirse de nuevo.

Por Truman Percales, especial para El Espectador

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