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Elogio de la traición

Columnista invitado EE y Iván Garzón Vallejo

21 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
"La excombatiente no se sitúa ni en el lugar del arrepentimiento absoluto e interminable que quisieran algunas víctimas, pero tampoco hay cinismo o explicaciones excesivamente circunstanciales, como es usual en algunos victimarios": Iván Garzón
Foto: El Espectador

La coherencia está sobrevalorada y los cambios de opinión son sospechosos de oportunismo. Como si siempre fuéramos los mismos, como si las circunstancias no cambiaran. Pero en un mundo en que abundan los predicadores y fanáticos, son más estimulantes las historias de quienes se han atrevido a traicionar. Y más aún si lo que traicionaron fue un proyecto violento. El libro de Gustavo Duncan y Elda Mosquera Volver a ser Elda (Debate) narra la biografía de alias ‘Karina’. Es una radiografía del conflicto armado a través de la voz de una de las combatientes más feroces de las FARC y una prueba de valor civil de quien traicionó a su familia, a sus amigos y a la causa a la que sirvió.

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Su testimonio contradice la visión romántica de la insurgencia como una organización igualitaria y militante. Por el contrario, las diferencias entre los comandantes y los guerrilleros rasos eran dignas de la fábula de Orwell de la revolución bolchevique; el marxismo-leninismo de los guerrilleros era precario, pues no estudiaban casi nada ni nunca; la guerra era un modo de vida que se empezó a resquebrajar después del Caguán por la ofensiva militar y las desmovilizaciones masivas que promovió el gobierno Uribe. El libro también contiene una dosis de realismo del pasado y del presente: la guerrilla siempre tuvo apoyo de las poblaciones rurales donde estaba y colaboradores en las ciudades; la guerra se degradó cuando entraron en escena los paramilitares y en algunas regiones actuaban coordinados con el Ejército. Y la más desconcertante: en una charla con Iván Ríos llegó a la conclusión de que las FARC no tenían ni idea cómo gobernar un municipio, lo que hizo trizas su convicción de que podían tomarse el poder y es revelador de la deriva nihilista y cruel de la guerrilla. Mosquera asume su responsabilidad y explica que, para quienes estaban en el monte, el fin siempre justifica los medios: “No importaba que ya no creyera en la revolución. Me mantenía leal a la causa. La venganza me daba moral”. Y aunque quienes hacen la guerra esgrimen causas altruistas y revolucionarias, la verdad es que se va convirtiendo en una forma de subsistir y vengarse del enemigo.

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La excombatiente no se sitúa ni en el lugar del arrepentimiento absoluto e interminable que quisieran algunas víctimas, pero tampoco hay cinismo o explicaciones excesivamente circunstanciales, como es usual en algunos victimarios. Lo que hay es una reflexión que parece honesta de las circunstancias en las cuales creyó que la guerrilla era una forma de vida dura pero aceptable, pero también cómo las nuevas circunstancias y las decisiones de comandantes, paramilitares, soldados y gobernantes fueron convirtiendo su opción en un camino sin salida y por eso se desvió. Esta decisión la dejó en un limbo ético y civil, pues siempre será señalada por unos como exguerrillera y por sus ex compañeros de armas como traidora. Aun así, saca pecho por su decisión: “Mi compromiso con la paz fue mayor. Las FARC se desmovilizaron a cambio de beneficios y de no pagar un día de cárcel. Yo lo hice sin pedir nada a cambio, consciente de que iba a pasar un tiempo largo en prisión”. Vale la pena leer su testimonio.

@igarzonvallejo

Por Iván Garzón Vallejo

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