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Llegó el momento de poner en duda la obsesión de la psiquiatría con la prevención del suicidio. Con mucha frecuencia escuchamos que todos los suicidios son prevenibles, que cuando suceden hemos fracasado como sistema de salud, como sociedad, pues la muerte nunca es la respuesta. ¿Quizás sí, y no hemos querido verlo?
No solo se dicen estas cosas, sino que nos han dicho que si hablamos de suicidio, ponemos en peligro a las otras personas por la existencia de un efecto rebaño (también denominado efecto Werther): si ponemos el tema sobre la mesa, si se habla en medios de comunicación, a otras personas se les va a ocurrir que es una opción y van a terminar quitándose la vida. Esta apariencia de cientificidad justifica el silencio frente al tema.
Y quizás sí, quizás hablar del tema sí hace que la gente se lo pregunte y tome decisiones sobre el fin de sus vidas. Y está bien; cuando hablamos franca y directamente sobre algo, cuando dejamos atrás el miedo, los prejuicios, los estigmas, quizás comenzamos a resolver el problema. Cuando abrimos la puerta a una conversación sobre la asistencia médica al suicidio, abrimos la puerta a una conversación sobre otra forma como puede suceder la muerte, no de forma insegura, solitaria y desprotegida, como suceden la mayoría de suicidios traumáticos, sino un fin de la vida seguro, acompañado y protegido tanto para quien decide partir como para quienes se quedan.
Hace unos meses, Colombia conoció el caso de Catalina Giraldo Silva, la primera mujer que solicita la asistencia médica al suicidio como mecanismo para hacer efectivo su derecho a morir dignamente. No se trata solamente de un caso en el que alguien encuentra barreras en el sistema de salud; se trata de un caso que va a transformar la forma como en Colombia y, quizás en el mundo, abordamos la discusión sobre el suicidio y cómo podemos poner en duda la obsesión de la psiquiatría en la prevención. A finales de mayo, la Corte decidió seleccionar el caso, es decir, de entre casi 70.000 expedientes, le dio la oportunidad de ser decidido de fondo.
Catalina y su mamá, Ángela, se atrevieron a poner en duda la obsesión de la prevención del suicidio. Nunca antes una mujer joven había dicho en medios de comunicación que quería morir a través del suicidio, que ella misma, como un acto de autonomía, quería causar su muerte. Nunca antes alguien había tenido la valentía de decir ante las cámaras del principal noticiero de Colombia que había intentado suicidarse múltiples veces y que quería hacerlo como un acto de amor y de cuidado con ella misma, con su cuerpo y con su familia. ¿Se imaginan las caras de los psiquiatras y de las autoridades en salud al ver y escuchar a una mujer joven con múltiples enfermedades mentales decirles: “No quiero que me impidan lograrlo, no quiero estrategias de prevención, quiero que me ayuden a lograrlo”?
Pero escuchar a la madre es también transformador. No todos los días vemos a una madre amorosa y cuidadosa en la televisión diciendo que sabe que su hija quiere morir y que lo va a hacer, pero que ella quiere acompañarla para que suceda de otra manera, de forma segura, acompañada y protegida. Hay quienes juzgan y dicen: “¿Cómo es posible que la mamá quiera acompañarla a morir? ¿Por qué no hace todo lo posible para que cambie de opinión? Y es que ella ya lo hizo, ya lo intentó, pero así es el amor incondicional, un amor que acompaña, que sostiene, que protege en los momentos más difíciles. Ella tiene una frase demoledora para los críticos, muchas veces personas autodenominadas creyentes: “Si ella vino a este mundo a través de mí, yo también puedo ayudarla a marcharse”.
Y es que callar sobre un tema, ocultarlo o disimularlo con eufemismos nunca ha sido ni será una forma acertada de abordarlo o de solucionarlo. En el pasado no hablábamos de divorcio para que a otras mujeres no se les ocurriera que podrían dejar a sus maridos. Tampoco hablábamos de planificación familiar, no fuera que a las mujeres casadas se les ocurriera la idea de tener menos hijos, o inclusive ninguno. A las adolescentes que quedaban en embarazo las sacaban del colegio, para que no fueran un mal ejemplo para sus compañeritas, y que no se les fuera a ocurrir quedar en embarazo también. Tampoco hablábamos de las drogas; la única respuesta era decir no, no probarlas, entender sus efectos y riesgos y pretender como si no estuvieran en todos lados.
Hoy callamos cuando se trata del suicidio. Si alguien se atreve a manifestar su idea de morir, corre el riesgo de ser hospitalizado en contra de su voluntad, de ser medicado en contra de su voluntad, de ser vigilado y controlado permanentemente. No poder tener una conversación franca y directa sobre el tema no hace que las ideas de morir desaparezcan, sino que sucedan en soledad, rodeadas de temor, de angustia, y esto conduce a un único resultado: el suicidio traumático.
Catalina es una mujer privilegiada; puede hablar de este tema de forma segura con su mamá, con su hermana, con los profesionales de la salud que la atienden. Pero esto no es lo que le sucede a la mayoría de personas en Colombia y esto es justamente lo que ella quiere cambiar.
Los psiquiatras hablan mucho de la prevención del suicidio, pero en quien recae realmente la carga de impedir que alguien se quite la vida es en la familia. Y es una carga muy pesada y una obligación casi imposible de cumplir: ¿cómo proteger a alguien 24/7 de ella misma? ¿Cómo salvar a alguien que no quiere ser salvado? Es muy fácil y cómodo hablar de prevención desde un consultorio médico y desde elegantes eventos científicos pagados por farmacéuticas, pero otra cosa es vivir con la zozobra permanente de que tu hijo podrá quitarse la vida en el momento en que dejas de mirar, cuando vas al baño, cuando sales a mercar, cuando no llega rápido a la casa.
Quizás a las personas que piensan en el suicidio debemos verlas de frente, mirarlas a los ojos, acompañarlas, estar abiertos a prestar una ayuda para que el resultado sea seguro, acompañado y protegido y, quién sabe, quizás esta apertura sea una estrategia más efectiva de prevención que el silencio.