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La inflación para diferentes grupos de ingresos en Colombia es interesante, aunque quizás no sorprendente. Los de mayores ingresos solo tienen un problema moderado, mientras que el problema es para la clase media y los pobres. El punto concreto es que se están metiendo con la comida y el combustible. Veamos: los alimentos junto con la energía y el transporte (gasolina) representan el principal gasto de una persona estándar y el aumento repentino de los precios está golpeando cada vez más. Esto se debe a que experimentan aumentos de precios todo el tiempo.
Al seguir expuestos a una alta inflación, no hay más remedio que ajustar los gastos y caer en la reduflación. En el corto plazo, los productos serán más caros y tendrán menos contenido, afectando el volumen de los artículos que usualmente se consumen.
Es indudable que el efecto de subir los precios a los combustibles seguirá encareciendo los alimentos y el transporte. Sin embargo, hay que agregar que los gastos de los colombianos empeorarán porque, a través de los mal llamados impuestos “saludables”, iniciará un incremento aún mayor del valor por el consumo de ciertos productos como gaseosas, yogures, jugos o cualquier otra bebida azucarada, e incluso el pan, ya que afecta la materia prima con el cual se elabora, sumando también embutidos, como la salchicha, la mortadela, la longaniza, la butifarra, etc.
Ahora bien, los camarones, los cortes de carne cómo el filet mignon, el costillar, el lomo fino, el morrillo, la punta de anca o el churrasco, junto con la chuleta o la bondiola de cerdo, siguen sin pagar un peso de IVA o impuesto al consumo.
Esta discriminación cruel impactará el gasto de los colombianos de ingresos medios y bajos: según documentos del Banco Mundial sobre la pobreza, una persona promedio gasta dos tercios de sus recursos en alimentos. Aún con esta evidencia, la ecuación creada por el gobierno no termina en afectar solamente el gasto, pues trabajaron para afectar los ingresos, aplastando los sueños y anhelos de mejorar las condiciones de vida de gran parte de la población. Muchos lo están sintiendo y ese gran cambio fue gestado en la nefasta reforma tributaria del 2022.
Lo que viene será más complicado y un ejemplo es el detalle político y muy poco técnico de no haber ajustado las retenciones en la fuente a las personas naturales. Iniciando el 2023, el Gobierno tenía que haber calibrado la retención en la fuente para las personas naturales con los cambios tributarios que iniciaban el 1 de enero, sobre la limitante de renta exenta, el cambio del tope de deducciones; aunado a la cuantificación de todos los ingresos en especie que tienen hoy en día muchos empleados e inclusos sus familias, que son ahora base gravable de renta. Al no hacer ese ajuste, el pago de impuesto a la renta para el año 2024, frente a la renta del año 2023, va a generar entre agosto y octubre del próximo año una afectación portentosa en los ingresos que absorberá cualquier incremento de salarios.
Ahora bien, esta afectación a los ciudadanos va acompañada del infierno tributario que viven hoy las empresas, a quienes les limitaron la generación del empleo, la inversión en ciencia e innovación, el impulso a las economías creativas, junto a la imposibilidad de descontarse el impuesto de Industria y Comercio y deducirse un costo asociado a las actividades extractivas de recursos naturales, entre muchas otras temeridades. Junto al incremento de impuestos, como la ganancia ocasional o el impuesto a los dividendos, con el exponencial de convertir como ingreso gravado la reinversión de utilidades. Este averno fiscal también copia deficientemente la discusión del impuesto mínimo global discutido por años en la OCDE, en el cual las empresas multinacionales con ingresos superiores a 750 millones de euros deberán tener una tasa impositiva mínimo del 15 %. Acá, desde el año 2023, se deberá aplicar una tasa de tributación depurada con una tarifa mínima del 15 % para las empresas, sin importar los ingresos ni si es una micro, pequeña, mediana o gran empresa, si es multinacional, nacional, regional, o de barrio.
Pensemos sobre lo que han hecho hasta ahora y lo que harían frente a impuestos como el predial, el incremento de avalúos catastrales, el impuesto a los vehículos, al alumbrado público, industria y comercio y otros tributos municipales y departamentales, si logran ganar en las elecciones territoriales del próximo 29 de octubre.
Están aplicando magistralmente una formula en donde aumentan los gastos y disminuyen los ingresos reales, generando, como resolución de la operación, HAMBRE.