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14 Aug 2021 - 3:28 p. m.

Gobierno Duque acosa laboralmente a la Virgen María

Farouk Caballero

Cuando el presidente Duque asumió la dirección de Colombia, sabíamos que su hoja de vida alcanzaba, siendo generosos, para fungir de administrador de un edificio de gente de bien. Su inexperiencia era igual de evidente al desconocimiento de las regiones colombianas y sus realidades diversas. No obstante, el país del Sagrado Corazón tuvo fe y votó por él. Lamentablemente, Duque decidió no trabajar y acosar laboralmente a la Virgen María, la instó para que ella administrara la nación y solucionara lo que a él le tocaba.

Antes de analizar puntualmente el acoso que sufrió la madre de Jesús a manos del gobierno actual, debemos ser justos y afirmar que lo que hace Iván Duque no es una idea original de su administración, pues en Colombia la religiosidad primitiva ha sido acompañante fiel desde antes de los tiempos de Bolívar. La unión entre gobiernos y religión es uno de los obstáculos más difíciles de superar para pensar en el desarrollo social y económico. Temas como el aborto, el matrimonio igualitario, la despenalización del consumo de marihuana, la identidad diversa, el respeto a los afros, mujeres, indígenas y campesinos están estancados por el matrimonio entre Biblia y presidentes.

La fórmula para que esto se mantenga así es una ordenanza que tiene el sello doctrinario del discurso católico más radical y que llegó a millones de familias en las que el jefe del hogar, una vez vencido con argumentos en una charla, sentencia: “de política y de religión no se habla en esta casa”. Esa frase lapidaria es la que impide que se revise con rigor la historia de sangre que da cuenta de esa junta maquiavélica entre iglesia y gobierno. Desde el tiempo de la Guerra de los Mil Días (1899 – 1902) el bando conservador solía masacrar colombianos al grito de: “¡Viva Cristo Rey y la Santísima Virgen María!” Luego, en la época de La Violencia (mitad del siglo XX), los sacerdotes bendecían las armas de los conservadores para que, según su criterio, el Dios católico de la guerra les permitiera violar mujeres, quemar pueblos y hacer ver a Dante como un aprendiz de descripciones infernales.

Ya entrados en el nuevo milenio, el bipartidismo político entre liberales y conservadores tomó otro rostro. Álvaro Uribe fundó su propio partido, Primero Colombia, y llegó a la presidencia usando el discurso religioso y manteniendo las formas de la oligarquía anterior. Uribe, ventajoso como pocos, conocía la importancia electoral que tiene el simbolismo católico en un país devoto. Por eso, no dudó en invitar a todos los medios de comunicación para que lo sacaran en primera plana el miércoles de ceniza de 2002 con la cruz negra y perfectamente dibujada en su frente. Esto, para la Colombia de religiosidad primitiva, indicaba que él era una especie de mesías que quería impulsar la nación por medio de la guerra, que quería traer la paz con la táctica de matar colombianos a diestra y siniestra y contar cadáveres por todo el territorio. Lo cumplió.

A la par, hay que señalar que la manipulación del discurso católico hace creer que nuestro complejísimo panorama de guerra y narcotráfico se reduce a una pugna de buenos contra malos. Los buenos, claro, van el miércoles de ceniza por su cruz y cada domingo reciben la hostia en sus bocas. El daño que esto ocasiona es justamente lo que nos lleva a la realidad que tenemos: polarización exacerbada, mesianismo político, masacres a la orden del día, desplazamiento forzoso, arrodillarnos a Estados Unidos mientras ellos aspiran la coca y nosotros seguimos llenando cementerios o ríos con nuestros muertos, nulas libertades para la diversidad sexual, odios furibundos para los que piensan distinto, disparos verbales o de plomo contra los jóvenes, indígenas, afros y campesinos que protestan, etc.

Declaramos inocente a la Virgen María

Esta tradición de usar el discurso religioso para justificar la violencia, la opresión, el desgobierno, mantener la desigualdad y blindar los privilegios de clase llegó con el gobierno de Iván Duque a lugares que, con el perdón de la Virgen María, ni ella misma imaginó. Duque fue honesto en campaña como pocos y prometió acabar con los avances del proceso de paz; ha cumplido. Lo que no dijo fue que iba a cogobernar con la Virgen.

La administración Duque decidió, entonces, acosar laboralmente a la Virgen María. El 9 de julio de 2019 anticipó lo que sería su trabajo durante la pandemia. En plaza pública vociferó: “Le pedimos a la Virgen de Chiquinquirá, Patrona de Colombia, en los 100 años de su coronación, que siembre en cada hogar de nuestra patria un sentido de respeto fraterno y devoción por la familia como núcleo de la sociedad. Que desde la familia sembremos valores”.

El presidente de todos los colombianos, no solamente de los colombianos católicos, desconoció la Constitución que lo rige y que señala que Colombia es un Estado laico. Sin embargo, nuestra historia patria ha desconocido la Constitución desde que se publicó en 1991, pues ahí dice que el derecho a la vida es inviolable, que no habrá desaparición forzada, ni torturas, que tenemos derecho a la educación y a la salud, que se garantiza la libertad de prensa, en fin, un sin número de artículos que están muy bien escritos, pero que en la práctica no existen. De igual forma, si se analiza en detalle, Duque usa a la Virgen de Chiquinquirá para imponer el imaginario de la Sagrada Familia católica, que nada tiene que ver con las familias actuales a las que él también debe rendirles cuentas.

En 2020, el acoso a la Virgen María se desbordó. La pandemia llegó y Duque, como manda la tradición colombiana, no encaró sus responsabilidades como jefe de Estado, sino que su gobierno las delegó para que se hicieran responsables las vírgenes de Fátima y Chiquinquirá (son la misma con distinta denominación de origen). El mundo estaba apenas comprendiendo los daños terribles que traía el COVID-19 y lo mínimo que se esperaba de un gobierno democrático era que sumara todos los esfuerzos posibles para mitigar la debacle económica, social y sanitaria que se venía. Ante esto, Iván Duque delegó su trabajo, el 16 de marzo de 2020, a la Virgen de Chiquinquirá: “Esta mañana me desperté pidiéndole a esa patrona de Colombia que nos consagre como sociedad, que consagre a nuestras familias, a nuestros hijos, hermanos, abuelos, a nosotros, quienes tenemos responsabilidades, que nos dé salud para poder guiar los destinos de la nación, y créame, que esa patrona de Colombia nunca nos ha abandonado”.

La sintonía gubernamental del acoso laboral siguió el 13 de mayo del 2020, cuando la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, trinó: “Hoy consagramos nuestro país a nuestra señora de Fátima elevando plegarias por Colombia para que nos ayude a frenar el avance de esta pandemia y que Dios mitigue el sufrimiento de los enfermos, el dolor de los que perdieron seres amados y nos permita repotenciar nuestra economía para generar millones de empleos que acaben con la pobreza”. Apelar a la devoción católica del pueblo colombiano para tapar las carencias de un gobierno nefasto, debería ser, incluso, un pecado capital en la escala de valores del catolicismo.

Pero el acoso no paró ahí, pues la misma vicepresidenta decidió meterse con la familia de la Virgen María y se fue lanza en ristre contra su hijo, Jesús de Nazaret. Utilizó su imagen para compararlo con el titiritero de este gobierno que es Álvaro Uribe Vélez. La favorabilidad de Uribe viene, hace rato, en picada. Su imagen se ha visto afectada porque el pueblo colombiano está despertando de un letargo eterno. Por eso, el 12 de noviembre del 2020, Marta Lucía cometió este sacrilegio twittero para lavar la imagen de su patrono: “Presidente Uribe la ingratitud es connatural a los seres humanos. Lo hemos visto siempre y en el caso de Jesucristo vimos que recogió odio, pese a que hizo tanto bien a la humanidad. La gratificación de servir a los demás está en el servicio mismo y el suyo ha sido muy grande”.

Frente a todo este abuso y acoso en contra de la Virgen María, hay que señalar, con contundencia y transparencia, que ella y su familia no son responsables de lo que a su nombre hagan colombianos inescrupulosos como los mencionados anteriormente. Hay que ser muy claros y decir que tanto la Virgen María como Jesús de Nazaret son totalmente inocentes de los crímenes que históricamente se han cometido en Colombia usando sus nombres y apellidos.

Finalmente, me tomo una licencia de fe para decirle a la Virgen María que aproveche la festividad de este 15 de agosto, en honor a su Asunción, para que pase su carta de renuncia al gobierno Duque y ascienda a los cielos para siempre. Los colombianos le estaríamos infinitamente agradecidos, porque así, quizá, Duque y su combo se vean, por fin, obligados a trabajar.

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