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Carta desde Nabusimake

Columnista invitado EE y Juan David Correa*

11 de mayo de 2024 - 02:27 a. m.

Sí, aquí en Nabusimake, a 2.200 metros de altura, en el camino que lleva de Pueblo Bello al Salto de Atiseche, en Cesar, nació la primera chispa de la vida, los Arhuacos, uno de los cuatro pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta que, junto a los Kogui, Wiwa y Kankuamo, constatan que nuestra arrogancia como sociedad ultracapitalista es una especie de melodía estridente que vamos silbando hacia el abismo.

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El sábado 4 de mayo algunos mamos —mayores sabedores— hablaron de este momento de cambio. Dijeron que hay una gran confusión entre los técnicos que manejan el mundo y las instituciones y el conocimiento de los mayores. Es el momento, dicen, de escuchar a esos sabios –de todas las culturas– con atención. De dejar atrás las trabas para poder acceder a las instituciones, de actuar con decisión sobre las crisis climáticas: es el momento del cuidado.

Hace un momento, en una entrevista telefónica, un periodista me preguntó para qué servían los gobiernos desde el territorio que está proponiendo el presidente, al viajar a los lugares excluidos del país, como lo hizo el gabinete durante esta semana. Lo que para muchos es considerado un acto de demagogia, para quienes estamos convencidos de que esta sociedad debe escuchar la voz de los habitantes de esos lugares a los cuales la acción del estado ha llegado de manera accidental, ha sido la posibilidad de crear un diálogo en el cual se atienda y se comprometan soluciones comunitarias para problemas concretos.

La invitación a descentrar la mirada es una invitación al cambio. No es lo mismo, por ejemplo, la idea de conmemorar los quinientos años de la fundación hispánica de Santa Marta el próximo año, ciudad en la cual estuvimos el 7 de mayo, desde la Sierra, que desde las oficinas de la alcaldía de la ciudad. Para nosotros, la celebración considera que son los pueblos sagrados los que deben, a partir de sus cosmogonías, trazar un camino en tal sentido: el reconocimiento de su territorio, de sus lugares sagrados llamados la línea negra, o de sus culturas diversas e incluso de sus conflictos es trascendental para abrir nuevas maneras de entender el país y su relación con el colonialismo.

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Algo así ocurrió en cada lugar que visitamos esta semana: Colombia no se ve igual desde las radios y procesos comunitarios de cine como Ojo al sancocho, en Ciudad Bolívar; ni desde las luchas de las madres de los 6.402 muchachos asesinados por el estado colombiano y que serán reconocidas con la construcción de un contramonumento que será un parque a la vida para que crezca la esperanza, con inversión pública. Colombia no es la misma cuando se constata que urbanizadores piratas, llamados tierreros, atentan contra el patrimonio sagrado pintando de negro la piedra del Varón del Sol, también en Soacha, crimen que es atendido por el Ministerio de Ambiente y del ICANH; no es la misma desde el barrio La Esmeralda y La Magdalena, en Barranquilla, donde florecen carnavales de Barranquilla populares que son la posibilidad de crear escuelas de formación artística y cultural que sean sostenibles a través de economías circulares, que ayuden a ver más que una parada comercial anual; no es la misma mirada cuando se considera que la gente del corral de negros de Chambacú tuvo que salir por la gentrificación y ahora vive en el Pozón y podrá disfrutar de la Escuela de Artes y Oficios Benkos Biohó, en la vieja casa del Inquisidor, privatizada durante muchos años. No, esa Colombia, que hoy ve cómo las madres de Cartago lloran a sus jóvenes hijos asesinados, y que hacían parte del barrismo social que apoyaremos junto a MinIgualdad, no es igual; es desigual; no es la misma que la de las batucadas del barrio Cuba, en el que pedimos un lote a la alcaldía para una casa de la cultura, o a la de Lucas Villa, a quien le dedicaremos, el próximo 13 de junio, la primera versión de PazRock regional con la presencia de bandas internacionales y locales. No es el mismo lugar de observación. Y ese cambio de mirada, así se empeñen en insistir en que somos puros cuentos, y no sabemos hacer cuentas, será definitiva para este país.

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No se trata de excluir a quienes ya estaban incluidos; se trata, me parece, de atender el llamado de esos mamos que saben que si muere la madre, y el territorio, no tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra. Para eso hay que cambiar primero de mirada.

* Ministro de las Culturas, las Artes y los Saberes

Por Juan David Correa*

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