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Groenlandia y el Invierno de Trump

Columnista invitado EE y Oswaldo Lizarazo

29 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“Groenlandia ha dejado de ser una isla; ahora es el tablero donde se decide la supervivencia del poder americano”: Oswaldo Lizarazo.
Foto: Redes sociales de Donald Trump (Truth Social)

Si aplicamos una autopsia rigurosa a la crisis diplomática que hoy moviliza tropas europeas hacia Nuuk y dispara aranceles desde Washington, descubrimos que no estamos ante un capricho inmobiliario, sino ante una precisión matemática aterradora. Lo que la Casa Blanca busca adquirir no es tierra, sino una “convergencia triádica”: la geometría perfecta para su “Domo Dorado” antimisiles, la materia prima para romper el monopolio chino de tierras raras y el frío necesario para refrigerar la inquietante utopía de la Inteligencia Artificial. Groenlandia ha dejado de ser una isla; ahora es el tablero donde se decide la supervivencia del poder americano.

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La primera urgencia no es territorial, sino balística. En la lógica de Washington, Groenlandia ha dejado de ser una nación para convertirse en la piedra angular del “Domo Dorado”: un escudo antimisiles de múltiples capas diseñado para interceptar la amenaza, casi invisible, de las armas hipersónicas que cruzan la estratosfera. La administración Trump busca cerrar con él lo que sus estrategas llaman una “brecha de vulnerabilidad polar”. Este proyecto exige una arquitectura de sensores y misiles interceptores que solo la geografía groenlandesa puede sostener. Trump lo ha dicho con una claridad borgeana: el sistema requiere “ángulos, límites y linderos” específicos. Es una hipálage geopolítica: atribuyen a la isla la cualidad de “escudo”, cuando en realidad la están convirtiendo en un blanco. Quieren comprar el silencio del Ártico para escuchar mejor los ecos de los misiles enemigos.

Bajo el hielo, la motivación se vuelve geológica y visceral. La obsesión se llama Tanbreez, un yacimiento que promete romper el monopolio chino sobre el disprosio y el terbio, los minerales que hacen latir el corazón eléctrico de la guerra moderna. Mientras en Copenhague se discuten leyes, Estados Unidos ve en el sur de Groenlandia una “singularidad” de recursos que debe ser arrancada de la tierra antes de que Beijing consolide su dominio en la vecina Kvanefjeld. Es la vieja fiebre del oro reescrita con la tabla periódica; una lucha por materias primas donde la soberanía local es apenas un estorbo administrativo para la maquinaria de extracción americana.

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Pero lo verdaderamente escalofriante, aquello que roza la ciencia ficción más oscura, es la tercera razón. Un círculo de magnates de Silicon Valley —la llamada “PayPal Mafia”— ha susurrado al oído del presidente la idea de las Freedom Cities. Imaginan Groenlandia no como un hogar, sino como una placa base gigante: una zona desregulada donde la Inteligencia Artificial pueda crecer sin las cadenas éticas de Europa o la burocracia de Washington.

Es una visión macabra de la modernidad: aprovechar el frío ártico para refrigerar los servidores que consumen gigavatios de energía, mientras se crea un “paraíso” legal donde los derechos laborales se derriten más rápido que los glaciares. Quieren una ciudad sin ciudadanos, solo con usuarios; un enclave donde la “libertad” significa la ausencia de supervisión humana sobre las máquinas. Es el sueño final del tecnócrata: un territorio virgen para experimentar con el futuro, indiferente a la historia y a la vida que ya habita allí.

La respuesta de Europa, movilizando tropas en la “Operación Resistencia Ártica”, y la amenaza de Trump de imponer aranceles punitivos a sus aliados, confirman que el Atlántico se ha fracturado. No estamos ante una negociación inmobiliaria, sino ante un diagnóstico vargasllosiano del poder: el instante preciso en que la diplomacia se jodió para dar paso a la fuerza bruta. Si Trump logra escriturar el invierno, Groenlandia será el primer laboratorio de un nuevo orden mundial, donde las naciones se compran, la ética se congela y la realidad se ajusta a los caprichos de una arquitectura invisible.

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Por Oswaldo Lizarazo

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