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Gustav de los Alpes

Columnista invitado EE y Héctor Francisco Torres

26 de mayo de 2023 - 05:49 p. m.

Aunque la primavera había comenzado hacía cuatro semanas, la tarde del jueves 19 de abril de 1860, cuando Gustav Franz Steinig llegó al mundo, fue fría y brumosa en el pequeño poblado alpino de Goldegg, a la sazón perteneciente a la Confederación Germánica. Hijo de un modesto cultivador de remolachas, Gustav vivió, desde su primera infancia, los avatares políticos que llevaron a su país a convertirse en el imperio austrohúngaro cuando apenas había aprendido a leer (solo lo que le convenía) y a escribir (solo lo que lo apasionaba).

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En su adolescencia, Gustav viajó a la ciudad de Salzburg con el propósito de iniciar estudios de piano, pues siempre tuvo la idea fija de destacarse como un virtuoso de ese instrumento. No pasó mucho tiempo antes de que este aprendiz de aprendiz abandonara su propósito, pues según el profesor Georg Fuchs ─homónimo del general de la infantería prusiana─ el muchacho «tenía dificultades para oír, carecía de tacto y llegaba tarde o simplemente no asistía a las clases». A pesar de la decepción con el piano, Gustav nunca dejó su pasión por la música, pero la combinó con otras actividades que lo obligaron a refugiarse en la clandestinidad entre 1878 y 1884: cayó seducido por los movimientos anárquicos que para entonces florecían en toda Europa.

La presencia de Gustav se advirtió nuevamente en Viena, poco antes de la navidad de 1918, cuando lanzó un disruptivo movimiento que prometía acabar con los estándares hasta entonces imperantes y promover una novedosa simbiosis entre los aires tradicionales del Tirol y la música atonal. Con esto convenció a muchos críticos que creyeron en los planes de Gustav y, con el apoyo del público vienés, hastiado de la mediocre Orange Philharmonie que era conducida por el percusionista Ivan Herzog, consiguió el apoyo necesario para fundar la Historischer Pakt Concertverein y luego, con impulsos cesáreos, autoproclamarse su director vitalicio.

En sus primeros recitales, Gustav tuvo aceptable acogida del público, principalmente porque cumplía la expectativa de un cambio de estilo. Herzog, su antecesor en el atril había sido un músico menor que se limitaba a poner en escena arreglos ajenos, a menudo desafinados. De esta manera, las expectativas frente a la conducción de Gustav eran altas. En su concierto inaugural alabó la relevancia de los diferentes estilos musicales y ofreció incorporarlos en su repertorio, pero no pasó mucho tiempo antes de que despidiera al concertino y reemplazara al jefe de trompetas con un plomero que no conocía de música. También nombró a un ebanista a la cabeza de la sección de maderas y vetó a sus críticos impidiéndoles el acceso al teatro.

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Luego de cuatro años de estridencias, murmullos de rechazo y abucheos sonoros, la carrera de Gustav terminó de manera abrupta pero predecible a mediados del verano de 1926 cuando el estrambótico director perdió su puesto. Desde entonces se dedicó a componer una ópera en Mi mayor que tituló Der Retter Der Nationen, que nunca concluyó y que jamás fue estrenada. De ella solo se conservan algunos compases de la obertura Lebe Lecker y pequeños fragmentos del aria en la menor, Veronika und die Betrüger.

La ultimas noticias de Gustav datan de 1931, cuando supo que Maurice Ravel acababa de componer el Concierto para piano para la mano izquierda y, exultante pero mendaz, se ufanaba de haber sido el inspirador de la pieza.

Por Héctor Francisco Torres

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