Pienso en esa tierra que hace tiempo que uno no habita como se habita y se vive, cada día y cada noche, el lugar donde uno ha nacido, donde crecen las raíces y mueren. Vivimos lejos. A veces no es suficiente. Otras es demasiado. Pienso en los que ya no están, en los que están allí y en los que se irán. Pienso en ese lugar de donde uno viene y adonde uno va a regresar a morir, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar, que dijo Machado. Es un asunto de tierra más que de patria. Y me he ubicado de memoria, con lágrimas de alegría y nostalgia, en esas plazas del pueblo con una historia que explica el mundo. Y he sentido un olor a heno que trae la brisa del atardecer por esos campos que cantó el poeta, por esa tierra yerma y furiosa donde el Duero corre, terso y mudo, mansamente, y los chopos del camino blanco se alzan ante la azul lejanía. Y he visto a sus gentes antiguas con las sillas en las calles, las televisiones viejas y las radios encendidas, desgañitadas, y los manteles de paño cubiertos de platos de tortilla y jamón, y las cocinas prendidas para la cena y el vino corriendo hacia un corazón agitado, mezclado con sangre roja. Y gente emocionada y llorando y feliz. Hemos vuelto a oír el silencio en medio del bullicio, igual que hace 16 años. Escúchenlo.
Hemos vuelto a oír el silencio
Columnista invitado EE y Truman Percales
20 de julio de 2026 - 08:55 a. m.
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