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9 Feb 2022 - 5:00 a. m.

Hoy no es el día del periodista contrapoder

Farouk Caballero

En este 2022, una tarea casi imposible en Colombia es afirmar quién ejerce el periodismo más arrodillado al poder. Opciones hay varias y todas se identifican, de manera incontrovertible, por darle la espalda al pueblo. Nombres hay muchos e incluso tienen la cuota de género en radios, revistas semanales y demás medios nacionales que hacen, de la desinformación, su máxima. Son ellos y sus formas quienes representan lo más tradicional de nuestro periodismo y hoy 9 de febrero, día del periodista, es una fecha más que precisa para reflexionar al respecto.

Lo primero que hay que recordar es que el periodismo en nuestro suelo se inauguró el 9 de febrero de 1791 gracias a un cubano: Manuel del Socorro Rodríguez. Él fue el fundador del Papel Periódico de la Ciudad de Santa Fe de Bogotá. Eran los tiempos de la Nueva Granada, por lo que la génesis del periodismo colombiano afloró en evidente genuflexión ante los intereses del virrey José Manuel de Ezpeleta y del rey de la Casa Borbón, Carlos IV. Esto permite señalar, desde nuestra tradición, que cuanta más sumisión y más adoración al poder, más periodista se es, o, mejor dicho, se es periodista, periodista. No obstante, muy pocos años después se hizo un periodismo más liberal y contrapoder. Antonio Nariño publicó La Bagatela entre 1811 y 1812. El espíritu francés de libertad, igualdad y fraternidad traspasó las barreras idiomáticas y continentales y se posó, como estandarte, en el contexto efervescente de nuestra independencia.

Prensa y bipartidismo

Para la mitad del siglo XIX, los dos bandos históricamente en disputa se formalizaron. El Partido Liberal se fundó en 1848 y el Partido Conservador hizo lo propio en 1849. Estas fuerzas encontraron en los periódicos una forma ideal para difundir sus ideologías. La idea fue fundar periódicos para que el pensamiento de cada combo llegase a mayor número de devotos, y si un grupo de colombianos no sabía leer, por nuestra naturaleza oral, el periódico era leído en voz alta y todos escuchaban. Así, se fundaron las extensiones discursivas impresas de los partidos políticos: El Espectador (1887), El Tiempo (1911), El Colombiano (1912), Vanguardia Liberal (1919) y El Siglo (1936).

Un periodismo en contravía, irreverente, impopular, libre y antioficialista … nos pertenece a todos los que creemos en la libertad, en la crítica, en el ejercicio de la inteligencia, en el derecho de disentir, en la irreverencia y en el recurso providencial del humor.

Silvia Galvis Ramírez

Los intereses, entonces, pasaron de ser monárquicos a ser partidistas y el fanatismo político se tomó la prensa. Justamente, en el primer número de El Espectador que circuló en Medellín el 22 de marzo de 1887, se lee la misión periodística de su fundador Fidel Cano Gutiérrez: “Nos proponemos, primeramente, aprovechar en servicio del liberalismo -como doctrina y como partido- la escasa suma de libertad que a la imprenta le han dejado las nuevas instituciones y sus intérpretes, contribuir, o mejor dicho, procurar que otros contribuyan al cultivo de la patria literaria; promover de igual suerte el establecimiento de nuevas industrias en el país o la mejora de las que ya existen y procurar a nuestros lectores abundantes noticias, tan recientes y fidedignas cuanto nos sea dable, sobre los sucesos que se cumplan en la República y fuera de ella”.

Las intenciones comunicativas estaban más alejadas del poder godo y buscaban una reconstrucción de la patria desde los ideales liberales partidistas. Eco de este proceso fue la voz del histórico Rafael Uribe Uribe, quien sumó esfuerzos para crear El Espectador y en 1899, en la páginas del Autonomista, escribió de puño y letra: “Cuando se escriba la historia de la prensa en Colombia, especialmente la de los últimos quince años, se asignará un puesto culminante a los abnegados escritores de todos los partidos, pero en particular del liberalismo perseguido, que sin una hora de tregua, rodeados de amenazas y peligros, y sin esperanzas de lucro, no han cesado de combatir la tiranía”.

Años después, ya en la época de La Violencia (mitad del siglo XX), León María Lozano, El Cóndor, leía en los editoriales del periódico conservador El Siglo las claves para ejecutar masacres contra los liberales. Buena cuenta de esta historia de autorías intelectuales y materiales, prensa de por medio, las recogió con excepcional criterio estético Gustavo Álvarez Gardeazabal en Cóndores no entierran todos los días (1972). Esta costumbre se remasterizó y hoy encontramos incitación directa a la violencia en trinos, quizá los editoriales de estos tiempos, como los que escribe Álvaro Uribe Vélez: “Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta”:

(vea el trino aquí: https://twitter.com/alvarouribevel/status/1114894520758489096?lang=es).

El otro periodismo

Por lo anterior, se advierte que la palabra publicada señalaba (señala) el camino de las masacres y los autores materiales ejecutaban (ejecutan). No obstante, la lucha del otro periodismo, del que intenta ser megáfono de las voces silenciadas y subirles el volumen a las demandas de los colombianos más golpeados, llegó para cambiar la tradición. El periodismo contrapoder tuvo muchos representantes en el siglo XX colombiano, pero nadie refutará que uno de los emblemas de este otro periodismo fue Gabriel García Márquez.

El periodismo que se hizo defensor de la democracia, crítico del poder y representante de las esferas sociales y los territorios más sufridos de la patria, poco a poco se volvió enemigo público del establecimiento. En consecuencia, el exilio les llegó a figuras que son ejemplificantes. García Márquez, Alfredo Molano y Daniel Coronell, entre otros, sufrieron la venganza bandolera de los patrones del poder. Frente a este rol del otro periodismo, el mismo García Márquez dejó esta semblanza en una de sus colaboraciones para la Revista Alternativa: “He encontrado en Alternativa una forma de militancia política que he buscado muchos años: un trabajo periodístico serio y comprometido hasta los tuétanos. Nadie espere de mí en el campo político nada distinto, ni más importante, ni más heroico que mi trabajo en esta revista”.

Este tipo de militancia periodística pone muchas veces en tensión las versiones que sentencian que el periodismo y las militancias deben ir separadas, pero es todo lo contrario, pues el periodismo es militante absoluto de la verdad, esa es su causa y finalidad. Sin embargo, esta afirmación tiene una particularidad, pues el otro periodista sabe que debe acercarse a la verdad de la manera más comprometida posible, por eso hoy no tiene partido político -cordial saludo para Hollman Morris y Catherine Juvinao-, por eso no tiene creencia religiosa que lo obligue a callar en tiempos crudos. El otro periodista es consciente de que no existe una sola verdad neutra, por lo que asume una lucha diaria para aproximarse a la verdad sin negociar jamás la ética y la investigación, pero sabe que al final su labor solo constituye una aproximación honesta a la verdad, mas no la verdad absoluta.

Es este el periodismo que no es tradicional. Este es el otro periodismo que no calla por conveniencia partidista. Este periodismo no hace alharaca para que las empresas nacionales, regionales o transnacionales pauten en su medio o paguen directamente para que ellos guarden silencio. Este periodismo fue el que encarnó Guillermo Cano, el que escribió Silvia Galvis, el que refundaron Daniel Samper (el papá), Alberto Donadio, Juan José Hoyos y Gerardo Reyes. Es el otro periodismo que representan Juan Pablo Ferro, Marisol Cano, Ana María Cano, Omar Rincón, María Teresa Ronderos, Patricia Nieto, Jesús Abad Colorado, Yolanda Reyes, María Jimena Duzán, Cecilia Orozco Tascón, Ana Cristina Restrepo, Paola Herrera, Ginna Morelo, Olga Lucía Lozano, Laura Ardila, entre otras tantas voces que día a día se encargan de nombrar a los innombrables y de develar sus delitos, que no sus vidas privadas (abrazo cálido para Alex Char).

Este otro periodismo, el que no se celebra hoy, es el que ha mantenido la independencia como un pilar innegociable y todos los días se esfuerza por informar con calidad, rigor y estética. En consonancia, merece la pena cerrar esta opinión con las palabras inmarcesibles de Silvia Galvis. Ella dijo sobre El Espectador algo que bien puede ser la definición de este otro periodismo que se requiere y que ojalá nunca se acabe: “un periodismo en contravía, irreverente, impopular, libre y antioficialista … nos pertenece a todos los que creemos en la libertad, en la crítica, en el ejercicio de la inteligencia, en el derecho de disentir, en la irreverencia y en el recurso providencial del humor”.

Ese, ese definitivamente es el camino, siempre con los ojos vigilantes ante el poder y los oídos abiertos para las voces del pueblo.

Y sí, al resto de periodistas, periodistas, a los que les cuelgan a los oyentes y son más gobiernistas que el gobierno: ¡FELIZ DÍA!

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