Finalmente, parece que llegamos a algo. La noche de Año Nuevo, el rostro radiante de Mohamed Salah apareció en las pantallas de la televisión británica. Salah siempre ha tenido la apariencia ligeramente desaliñada de un hombre que no ha dormido bien, pero estaba de un evidente buen humor.
Su equipo, el Liverpool, acababa de destruir al Newcastle United y conseguir tres puntos de ventaja en la cima de la Liga Premier. Salah hizo un gran partido: anotó dos goles, creó la oportunidad para otro y falló un penal, lo que aportó una ilusión de drama a una competencia deportiva que en realidad estuvo totalmente dominada por una de las escuadras.
No obstante, el júbilo tuvo un toque agridulce. Fue la última vez que el Liverpool verá a Salah (por lo menos en persona) en varias semanas. Estaba programado que el futbolista viajara inmediatamente después del juego a la Nueva Capital Administrativa de Egipto, en las afueras de El Cairo, para unirse a los preparativos de su selección nacional para la Copa Africana de Naciones, que comenzará el 13 de enero. Salah no planea regresar a Liverpool sino hasta mediados de febrero.
Europa tiende a llamar la atención del fútbol, ya que domina su discurso y fija los parámetros de lo que es considerado merecedor de atención o alabanza. Después de todo, Europa es la sede de los clubes más grandes del mundo, las ligas más sólidas del orbe y los mejores jugadores del planeta. Europa es, desde casi cualquier métrica, el evento principal.
Por supuesto, el efecto de esto es la disminución de todo lo que Europa no considera importante. La Copa Africana de Naciones no es el único ejemplo de ese fenómeno, pero es posible que sea el mejor. Aproximadamente cada dos años, se le presenta como poco más que algo incómodo, como si hubiera sido inventada solo para probar a los jugadores sustitutos de los principales equipos de la Liga Premier.
Desde hace mucho tiempo, ha habido una conversación subyacente constante que sugiere que, para las estrellas africanas invitadas a participar, es más bien opcional, a diferencia de la Eurocopa y la Copa América, que ciertamente no lo son.
Los últimos años han sido un merecido correctivo para esa lógica. Poco a poco, ha ido surgiendo el entendimiento de que realmente no es justo definir la Copa Africana de Naciones solo en relación con su impacto en la Liga Premier. Los europeos parecen ya haber aceptado que ellos no son los que deben decidir si los jugadores deberían querer participar en ella o cuando podría llevarse a cabo. En ocasiones, hasta parece posible creer que estamos a punto de lograr un descubrimiento más profundo: que el hecho de que algo no te importe no significa que no sea importante.
Hay que admitir que ese proceso ha sido lento. En realidad, es difícil imaginar que a un jugador alemán se le pida explicar la importancia de la Eurocopa o que a un brasileño se le invite a exponer el significado de la Copa América de la misma forma en que a Salah se le solicitó aclarar por qué se molestaría en ir a Costa de Marfil este mes. No obstante, el progreso lento también es progreso.
Aun así, el fútbol todavía no puede eliminar del todo su eurocentrismo innato. Este año, se desarrolla otro torneo que se realiza de manera parelela a la Copa Africana de Naciones. Esta semana, 24 selecciones nacionales de toda Asia se han reunido en Catar (donde había algunos estadios disponibles, no recuerdo bien por qué) para la Copa Asiática.
Sobra decir que este es un torneo tan importante como la Copa Africana de Naciones y, por extensión, la Copa América y la Eurocopa. Haciendo de lado el equivalente sudamericano, es la competición continental más antigua del fútbol, ya que fue fundada algunos años antes que la Eurocopa. Atraerá a cientos de millones de espectadores y, con una combinación poco probable de resultados, podría capturar incluso los corazones y las mentes de las dos naciones más pobladas del planeta.
A pesar de eso, incluso comparada con la Copa Africana de Naciones, se ignora en gran medida a la Copa Asiática. Ni siquiera se le concede el dudoso cumplido de ser catalogada como una molestia. En vez de esto, se le ignora casi por completo.
La razón podría ser, en parte, su relativa infrecuencia. Aunque habitualmente se juega en la misma época que la Copa Africana de Naciones (en enero y febrero, en medio de la temporada europea), la Copa Asiática solo se efectúa una vez cada cuatro años. No se entromete con tanta regularidad en la conciencia europea como la Copa Africana de Naciones, que es bienal.
Sin embargo, la razón más significativa es su impacto en Europa. Salah no es una excepción en absoluto en lo que respecta a jugadores que dejan los clubes más importantes de Europa y viajan a África este mes. De los 24 equipos en la Copa Africana de Naciones, solo cinco (Sudáfrica, Tanzania, Zambia, Mauritania y Namibia) no han designado a jugadores provenientes de las cinco ligas más importantes de Europa. Muchos de los principales contendientes basarán su participación en rostros conocidos.
El contraste con Asia es evidente. Solo un par de docenas de los jugadores reunidos en Catar han tenido que alejarse de equipos en las ligas nacionales más ilustres de Europa. Jordania tiene uno; Irán, dos, y Corea del Sur, seis. Japón, por su cuenta, podría nombrar a un equipo completo formado con base en las ligas de más alto perfil del juego (hay contingentes más grandes que juegan en la Eredivisie neerlandesa, la Pro League belga y, gracias en gran parte al Celtic, la Liga Premier escocesa).
En otras palabras, Europa todavía se permite (o aún asume) el privilegio de decretar qué es importante y qué no. Tal vez no es porque las actitudes hayan cambiado que se tolera la Copa Africana de Naciones; a lo mejor, en cambio, se tolera porque se ha vuelto más familiar para los europeos. Después de todo, los equipos están llenos de jugadores que los europeos reconocen, aprecian y extrañan. Los creadores de tendencias no han cambiado para incluirla. Ha cambiado para adaptarse mejor a los creadores de tendencias.
No es necesario decir que esto es triste. Sorprendía la mera falta de familiaridad con los jugadores y los equipos, algo que se ha perdido bastante en la era digital del fútbol. Hubo un momento en el que la heterogeneidad era uno de los grandes placeres del deporte, en lugar de una tendencia de un pasado distante.
La Copa Asiática, con sus escuadras traídas de ligas distantes y dispares, tiene eso en abundancia. Su diferencia debería ser su fortaleza. Ciertamente, sería digna de ver. CBS Sports tiene los derechos de transmisión en Estados Unidos. Por desgracia, en el Reino Unido nadie se ha dignado a hacerlo.
(c) The New York Times.