“Caminando, caminando voy buscando libertad. Ojalá encuentre camino para seguir caminando...”
Víctor Jara
Las calles de Colombia han hablado con una fuerza que no admite silencios. Las manifestaciones multitudinarias que se han desplegado en Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Pasto y Popayán son el testimonio vivo de un pueblo que no quiere retroceder. Son la expresión de una ciudadanía que ha entendido que la democracia no se limita al acto de votar, sino que se construye cada día en la defensa de la dignidad y en la exigencia de continuidad de los cambios iniciados por Gustavo Petro. Esa energía popular, que desborda plazas y avenidas, es la antesala de una decisión histórica: confiar en Iván Cepeda y Aída Quilcué para que la esperanza se convierta en gobierno y en futuro de prosperidad.
El gobierno de Petro abrió un camino difícil pero imprescindible: reducción de la pobreza extrema, ampliación del acceso a la educación pública, fortalecimiento de la salud, reconocimiento de los pueblos originarios y afrodescendientes, y una nueva cultura política que puso la vida en el centro. Cepeda y Quilcué representan la continuidad de ese proceso, no como imitadores, sino como arquitectos de una segunda etapa que debe consolidar lo alcanzado y expandirlo hacia territorios aún olvidados.
Ejemplos concretos lo demuestran: la reforma agraria que entregó tierras a campesinos desplazados, la transición energética que inició el camino hacia una economía menos dependiente del petróleo y más comprometida con las energías limpias, y la política de salud preventiva que fortaleció la atención primaria en comunidades rurales. Estos avances no son promesas, son hechos. Cepeda y Quilcué se proponen profundizarlos, ampliando su alcance y asegurando que no sean reversibles.
Aída Quilcué: la voz de la dignidad ancestral
Pero lo que hace de esta fórmula algo verdaderamente transformador es la presencia de Aída Quilcué. No es solo una lideresa indígena: es un símbolo de resistencia, de dignidad y de sabiduría ancestral. He tenido la fortuna de conocerla, de compartir espacios de reflexión y de admirar su capacidad de transformar el dolor en fuerza política. Su voz, que surge desde el Cauca profundo, lleva consigo la memoria de los pueblos originarios y la certeza de que la democracia colombiana no puede ser plena si no reconoce la diversidad cultural que la compone.
La amistad y admiración que siento por Aída no son un secreto. He visto en ella la encarnación de los valores que siempre he defendido: el respeto irrestricto a los derechos humanos, la defensa de la tierra y de la vida, la capacidad de dialogar sin renunciar a la firmeza. Su presencia en la fórmula presidencial no es un gesto simbólico: es la garantía de que los pueblos originarios estarán en el corazón mismo del poder político, no como invitados, sino como protagonistas.
Por su parte, la valentía, ecuanimidad y responsabilidad de Iván Cepeda siempre me han sobrecogido; su firmeza en la defensa de los derechos humanos, del medio ambiente, de la paz, de la diversidad y la igualdad es garantía para una Colombia renovada y ejemplo para el mundo entero, que tan quebrantado se halla en este momento histórico.
El actual Gobierno ha demostrado un talante democrático que merece ser reconocido. No lo digo yo: lo ha refrendado el procurador Gregorio Eljach, quien ha subrayado la apertura institucional, la disposición al diálogo y la voluntad de respetar las reglas de juego democrático incluso en medio de la confrontación política. Esa actitud es la que ha permitido que reformas profundas se tramiten con debate abierto, que las comunidades participen en la construcción de políticas públicas y que la oposición tenga espacio para expresarse sin persecución.
Cepeda y Quilcué representan la continuidad de ese talante: una democracia que no se reduce a procedimientos, sino que se vive como práctica cotidiana de inclusión, respeto y deliberación. En tiempos en que la banalización del discurso amenaza con vaciar de contenido la política, ellos encarnan la seriedad y la responsabilidad que Colombia necesita.
La reforma educativa y cultural: sembrar futuro
Uno de los logros más significativos del gobierno de Petro ha sido el fortalecimiento de la educación pública. La gratuidad en universidades estatales, la ampliación de becas para jóvenes de sectores populares y el impulso a programas de formación técnica en regiones apartadas han marcado un antes y un después. La cultura política también ha sido transformada: se ha promovido la participación ciudadana en cabildos abiertos, se ha incentivado el debate público y se ha dignificado la labor docente como pilar de la democracia.
Cepeda y Quilcué se proponen continuar y profundizar esta senda. Iván Cepeda ha insistido en que la educación es el verdadero motor de la paz, y Aída Quilcué ha defendido que la cultura ancestral debe ser reconocida como parte integral del currículo nacional. La combinación de ambos liderazgos garantiza que la educación no solo sea un derecho, sino también un espacio de construcción de identidad y justicia social.
La ética frente al espectáculo vacío
Existe un patrón que se repite con meticulosa constancia en la política latinoamericana: la fabricación de escándalos y la explotación del dolor ajeno como arma electoral. En Colombia, figuras como Abelardo de la Espriella encarnan esa lógica: el espectáculo vacío, la defensa de privilegios y la ausencia de propuestas reales para los sectores más vulnerables. Frente a ello, Cepeda y Quilcué representan la ética, la coherencia y la esperanza.
La diferencia es abismal. Mientras unos reducen la política a negocio y espectáculo, Cepeda y Quilcué la elevan a compromiso histórico. Mientras unos prefieren el ruido y la manipulación, ellos apuestan por la verdad y la memoria. Mientras unos banalizan lo urgente para ocultar lo importante, ellos ponen la vida en el centro. Esa es la verdadera disyuntiva que enfrenta Colombia.
¿Y la corrupción? La propuesta del candidato progresista para luchar contra esta lacra inspira rechazo en los sectores más rancios y ultraconservadores que optan por el propio beneficio, la explotación de los vulnerables y la aniquilación del principio de igualdad. Lógico, pues la corrupción va de manera demasiado habitual de la mano de quienes pisan por encima de los intereses de la ciudadanía.
En este aspecto, Cepeda y Quilcué no se quedan en un enunciado difuso, sino que estructuran la idea que plantean. Consideran necesario crear, dentro de la Fiscalía, una Unidad Nacional de Investigación de la macrocorrupción, porque ven imprescindible cambiar el modo de luchar contra este gravísimo problema con la idea de centrar la investigación en los sistemas de corrupción, en las organizaciones criminales que se nutren de ella e investigar de forma coordinada y ágil.
Considero que el candidato acierta, pues lo que señala es la realidad: la corrupción no se nutre de individuos aislados, sino de redes bien organizadas que van desde quien contrata el servicio hasta la estructura financiera compleja, pasando por intermediarios y funcionarios, imprescindibles para hacer eficaces las tramas delictivas, nacional e internacionalmente; y, además, como elemento fundamental, es precisa la creación de un mecanismo judicial específico para agilizar los procesos y no eternizarlos.
Lo que está en juego
Hay que reflexionar sobre lo que supone para cada uno y para la nación el que su próximo mandatario tenga como principal objetivo el bienestar social o, por el contrario, contribuir al mayor enriquecimiento de quienes lo financian. Hay que reflexionar sobre qué futuro queremos para nosotros, para los nuestros y para quienes nos continuarán y cómo nos gustaría que fuera la vida en Colombia de ahora en adelante.
El contraste es brutal. En un mundo polarizado de manera forzada por un presidente que desde USA pretende mover el mundo a su propio compás en detrimento de sus pobladores, la única defensa es rebelarse ante tal perspectiva. Mientras la oposición colombiana se entretiene en fabricar titulares y escándalos, el país necesita respuestas reales: consolidar la paz territorial, garantizar la inclusión de los pueblos históricamente marginados, defender el medio ambiente y fortalecer la democracia. La política del ruido es también una política del silencio: el silencio sobre lo que realmente importa.
Cepeda y Quilcué han demostrado que no caen en esa trampa. Sus propuestas se centran en lo esencial: justicia social, equidad territorial, respeto a la diversidad cultural y fortalecimiento de los derechos humanos. No buscan el escándalo, buscan soluciones. No fabrican indignación, construyen esperanza.
Sería muy lamentable entregar nuevamente el poder a quienes convierten la política en mercancía, la dignidad humana en material de desecho y abogan por la razón de la fuerza y no la fuerza de la razón. Colombia merece más. Colombia merece seguir pensando, seguir soñando y seguir construyendo sus transformaciones sociales que la saquen del ranking de los países más desiguales del planeta. Y esa construcción, hoy, tiene nombres propios: Iván Cepeda y Aída Quilcué.
La dignidad y la justicia social y la esperanza hechas gobierno no son promesas vacías: son la continuidad de un proceso que ya ha demostrado resultados. Cepeda y Quilcué no ofrecen milagros, ofrecen compromiso. No venden ilusiones, construyen futuro. Y ese futuro, como lo han demostrado las calles de Colombia, es el que la ciudadanía reclama con fuerza.
Los problemas son grandes, y estoy seguro de que en común pueden afrontarse y resolverse; pero nunca de la mano del fascismo. Y el fascismo está llamando a la puerta.
La democracia, como la libertad, no se defienden solo con palabras, sino con hechos y ejerciéndolas. Y también, votando por Iván Cepeda y Aida Quilcué.
* Jurista, exmagistrado y presidente de la Comisión de la Verdad de España.