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La generación zombi

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Columnista invitado EE
06 de mayo de 2013 - 11:00 p. m.
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Como decía mi abuelo: no hay plazo que no se cumpla. Al fin llegó alguien que escribe para divertirse y no para pasar a la posteridad.

Alguien sin pretensiones de “gran autor”, alguien sin la ceremonia y la amargura del hatajo de intelectuales que se sienten superiores a los millones que no los leen. Al fin alguien distinto. Carne fresca, como diría un zombi. Me refiero a Luis Noriega y a su novela Donde mueren los payasos.

Como el entusiasmo ajeno despierta suspicacia en este país de escépticos, no digo más sobre una novela que logró sentarme durante dos horas con una sonrisa en los labios y sólo me dejó respirar después de la página cien. No me comprometo con su calidad, ni con su importancia, ni con su trascendencia. Me limito a recomendar su lectura, con la seguridad de que pasarán un buen rato.

Así de simple. Uno lee para divertirse y el que garantice el show tendrá lectores, y el que no, pues no. Hace rato que la literatura no es un “ejercicio artístico”. En el horizonte asciende la estrella de los que amamos el juego y la risa. Ya era hora de salir de las categorías que condenaban a la tragedia y darle oportunidad a la farsa.

Luis Noriega tiene claro el filón que trabaja y por eso en su novela no sólo está la caricatura de la política colombiana —un combo de payasos que insiste en gobernar un país de orates—, sino la caricatura de un mundo editorial severo y sin imaginación que llevó a los libros a un callejón sin salida.

Así las cosas, que nadie espere una solución, porque la farsa no la tiene. Si uno vive en Payasolandia, a pintarse la cara, a mamar ron a pico de botella y a bailar en el carnaval. Este camino —anárquico y desesperado— es el de millones de colombianos que han levantado una muralla de carcajadas contra su miseria y que no están dispuestos a sufrir por algo que no tiene remedio. Que mamertos y liberales sigan quejándose y soñando con un mundo mejor en el futuro. Que los godos sigan tercos en su estúpida nostalgia de un pasado que no se animan a enterrar. Qué risa. Los zombis tenemos la eternidad del presente.

Noriega y su novela expresan a una generación que llega a los 40 sin sueños. Un combo escéptico, de pronto cínico, que lucha sin rajarse hasta el game over. Una gentecita de poco futuro y cero nostalgia, que resiste prendida a sus controles con patas y manos.

Esta pandilla que alguna vez usó botas Dr. Martens, gozó con The Cure y soñó con la liberación de un viaje y la Itaca de un bar, encuentra referencias comunes en Barcelona, Los Ángeles y Ciudad Bolívar. Son una plaga mundial.

Por ahí los seguiremos viendo, de lejitos, como a esos hermanos que no son de la familia. La generación zombi. Jugando en sus consolas a matar unos monstruos que secretamente aman, con mujer que es su patria, unos hijos que lo justifican todo y el ánimo necesario para continuar siendo las malas conciencias de un tiempo cada vez más equivocado.

 

* Anita de Hoyos

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