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La “insultórica”

Columnista invitado EE y Héctor Francisco Torres

13 de mayo de 2023 - 09:00 p. m.

El martes 25 de abril comenzó el segundo ciclo del gobierno del cambio. Luego del debate que mantiene en estado crítico el proyecto de reforma al régimen de salud, el presidente Petro comenzó a trinar con desafuero. Despidió a siete de sus ministros que no eran precisamente los siete enanitos con los que Iván Duque hizo el ridículo en la Unesco —dos de los cuales, José Antonio Ocampo y Cecilia López, se destacaban como los traductores y correctores de las difusas ideas de su jefe—. En la noche y después de la habitual espera de más de dos horas, pronunció un incendiario discurso en el municipio de Zarzal en el que casó varias peleas (no parece fortuita la selección de esta población vallecaucana como escenario de sus espinosas diatribas). Y antes de irse a dormir anunció el sepelio de la coalición de gobierno que, desde luego, incluía una pulla contra César Gaviria.

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Aunque sorprendió la lista de los defenestrados (y más aún la permanencia de un selecto grupo de pancistas que se robustece con los nombres de los nuevos ungidos), la decisión de ajustar la cuadrilla fue un triste déjà vu de lo que vivimos en la Bogotá Humana. Basta recordar que durante su primer año en el Palacio Liévano, Gustavo Petro hizo 38 cambios en el gabinete del distrito (El Espectador, 2 de mayo de 2013), con casos tan sonados como el de Antonio Navarro, que renunció a la Secretaría de Gobierno apenas noventa días después de su posesión, y el de Daniel García-Peña, que hizo lo propio un par de meses más tarde, lanzando en su carta de dimisión una sentencia cuya vigencia se confirma hora tras hora: “un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota”.

Todo indica que el presidente no tiene ninguna intención de abandonar su inveterada práctica de dividir, sesgar y denostar a todo aquel que ose discrepar de sus designios. Esta manía, retratada de manera diáfana en la diatriba de Zarzal, lo hace un experto en «insultórica», palabreja inventada que defino como el uso reiterado del agravio y la mendacidad perfumada de retórica, con el propósito de montar campos de batalla en todos los frentes posibles.

La «insultórica», por ser una maña visceral, a menudo viene de la mano de la incoherencia y así se manifestó el primero de mayo, como una reminiscencia del discurso post destitución de hace una década. Petro se trepó a un balcón, disparó arengas a diestra y siniestra y vilipendió a los españoles, estando a horas de iniciar su visita de Estado a ese país para reunirse con el rey Felipe VI, con el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, y para recibir las llaves de oro de la ciudad de Madrid.

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Este vicio enceguece y obnubila la razón. En la inaceptable contienda que protagonizan el presidente Petro y el fiscal Barbosa, que ya va por el tercer asalto, la «insultórica» aparece como el agrio combustible de una disputa a la que no se le ve ni una sola arista positiva. Ambos son agresores, ambos se sienten agredidos y cada uno parece enfocarse en su propia agenda, desentendidos del entorno y del daño que le causan al país. Resulta evidente que Petro, con intenciones que desconocemos y que no tienen nada que ver con la ignorancia de la Constitución, resolvió declarar a Barbosa como su subalterno y este, bravucón como lo es, mordió el anzuelo convirtiendo el chubasco en una tormenta que amenaza con volverse huracán.

Esperemos que la segunda fase del gobierno del cambio no pase a la historia como la etapa de la «insultórica».

Por Héctor Francisco Torres

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