Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El fallecimiento del presidente de Zambia, Michael Sata conocido como Rey Cobra, marca el fin de una era populista de esta nación africana que conmemora al mismo tiempo 50 años de la independencia respecto del Reino Unido.
Desde ya se vaticina un momento de extrema dificultad por la sucesión de un líder que estuvo más de diez años en la oposición contra la hegemonía del Movimiento por la Democracia Multipartidista (MDM) e intentó de manera infructuosa llegar a la presidencia en dos ocasiones, hasta que en 2011 ganó los comicios.
A diferencia de otros dirigentes africanos que han visto en China una oportunidad comercial, y una forma de promoción de la multipolaridad, como candidato y opositor Sata fue un enérgico disidente de los acercamientos con la República Popular, hasta el punto de proponer el reconocimiento de Taiwán, una postura que no dejaba de enfurecer y preocupar a Beijing. Durante la campaña para las presidenciales de 2006, el Rey Cobra amenazó a las empresas chinas con expulsarlas del país bajo el argumento de la explotación que supuestamente ejercían esos conglomerados. No obstante, una vez en el poder su tono cambió y Zambia no dejó de sacar provecho de la expansión económica de China. Beijing llegó a manifestar su intención de invertir más de 3 mil millones de dólares en las minas de cobre del segundo productor africano. También vale recordar su amistad con el presidente de Zimbabwe, el controvertido Robert Mugabe con quien se sentía identificado en la lucha contra el imperialismo.
Con su desaparición se teme por un vacío de poder y una situación de inestabilidad que puede dar al traste con la alternatividad democrática. Ahora, el actual vicepresidente Guy Scott dispone de 90 días para el llamado a elecciones a las que no se puede presentar como candidato, por no haber nacido en Zambia.
La desaparición de Sata llega en momentos en que se rumoreaba acerca de su estado de salud. Desde hace dos semanas el presidente había abandonado el país para someterse e un tratamiento en Londres, y hasta la fecha se sabía poco sobre su condición. Durante el recién inaugurado periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas su ausencia provocó inquietud, y disparó los rumores sobre su inminente muerte. No obstante, antes de abandonar el país había afirmado tajantemente durante una sesión del parlamento en Lusaka: “No estoy muerto”.
En algunos Estados de África la muerte de este tipo de líderes han sido traumáticas pues las disputas intestinas como producto del espacio político que surge, pueden provocar violencia esporádica o peor, una guerra civil. Aún se recuerda con dolor la aparatosa transición en Costa de Marfil luego de la muerte de Félix Houphouët-Boigny que terminó en un conflicto entre norte y sur.
Sata deja una Zambia polarizada y dividida entre sus detractores que lo acusan de populista y autoritario, y sus seguidores que insisten en la efectividad de su gobierno. Las elecciones que siguen serán determinantes en el destino de esta joven nación africana.
Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor U. del Rosario) *
