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La política colombiana en el siglo XXI

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Columnista invitado EE
24 de agosto de 2014 - 02:00 a. m.
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Imaginariamente subo a un balcón. Apoyado en la barandilla, miro hacia abajo y lanzo un grito al vacío que me rodea: “los partidos tradicionales han muerto”, exclamo.

Nadie me responde. Supongo que este enunciado descriptivo debería pronunciarlo ante una multitud. Cambio el paisaje mental y repito la frase ante un grupo numeroso de personas. La respuesta es la misma. No pasa nada.

En realidad, el enunciado no es sino un anacronismo. Los partidos tradicionales en Colombia cesaron de existir y de ejercer su función representativa y transformadora, hace ya muchos lustros. Es posible que sea cierto que en la misma época en que en la década de los sesenta surgía la guerrilla que hoy se aproxima a firmar un pacto de paz, ya los partidos comenzaban a agonizar. Por esos años con mayor o menor precisión podrá hallarse la señal de su tan inadvertido como notorio deceso. No deja de asombrar que por esas entelequias anodinas, en las vísperas de su decadencia, se hubiese desatado una desenfrenada carnicería humana en este país. Partidos que no ventilaban ideas y líderes cuya grandeza consistía en seducir los bajos instintos, inexplicablemente han escapado al juicio de la historia.

Desde entonces la herencia —de estos dos muertos— ha quedado representada en algo que en Colombia se denomina “la maquinaria”. Esa ha sido la maldición que nos dejaron como legado los “partidos tradicionales”. La “maquinaria” es un instrumento ciego de poder. Habrá que dedicar una cátedra para discernir las reglas de uso de esta expresión y descubrir así sus significados reales y ocultos. Como la “maquinaria” solo se ocupa del nudo poder, su capacidad de contratación es infinita. La compraventa es la ley operativa de la maquinaria. Ello explica su extensión casi infinita y su docilidad ante los poderes dominantes o que quieran imponerse de cualquier modo. La esfera de su acción es tan vasta que duele ver cómo hasta los líderes más inspirados de este país al final de sus trayectorias, para avizorar la posibilidad de un triunfo de otra manera esquivo, hayan tenido que rendirse ante ella. Por el portón principal y por la trastienda, esa maquinaria ha servido de canal de acceso al Estado de las oscuras pretensiones de captura de lo público por parte del paramilitarismo, las mafias y los caciquismos parasitarios. Hoy el Estado Social de Derecho, por la vía de los subsidios, apoyos y planes sociales, de los cuales los políticos de la “maquinaria” son los determinadores finales —precio que se suele dar y recibir para mantener la “gobernabilidad”—, ha ampliado aún más la esfera donde es ella la que usufructúa la gran empresa de construcción de la justicia social.

A partir del cuarto lustro de este siglo las guerrillas se convertirán en partido político y cabe esperar que abandonen la brutalidad de los fusiles para participar en la vida política. Pero debemos preguntarnos, desde la otra orilla, si en este nuevo escenario, la maquinaria todavía seguirá vigente a la manera de hipoteca irredimible de la democracia. El peor de los mundos sería el de multiplicar por dos la maquinaria: de un lado la “marxista” y del otro lado la del “establecimiento” (solo para ponerle un nombre). Para que ello no ocurra es imperioso desde ahora auspiciar la creación de un movimiento político renovador que dignifique el ejercicio activo de la política y se comprometa a realizar el programa constitucional ya trazado en la Carta. Llegó la hora de defenestrar a la maquinaria.

Avanzo dos pasos y vuelvo a asomarme a mi balcón imaginario y exclamo: “hay que defenestrar a la maquinaria”. Percibo un cambio. En mi imaginación, la audiencia crece. Crece la audiencia. 

* Eduardo Cifuentes Muñoz

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