Por Ángela Patricia Janiot
La pandemia ha puesto un freno insospechado en nuestra acelerada rutina diaria. Nos ha detenido en seco frente a una verdad aleccionadora: la fragilidad de nuestras vidas. Cualquiera está expuesto al COVID-19 sin importar la edad, la condición física, el estrato social, la raza ni el lugar donde vivimos. Allá afuera, todos estamos en riesgo. Nos damos cuenta de que los días corren y la vida se nos va, con tantos sueños y proyectos suspendidos por la crisis sanitaria global, en medio de una economía hecha trizas.
En Europa, Estados Unidos y Canadá, los residentes de ancianatos se convirtieron en los más expuestos al contagio, debido a su convivencia con muchas otras personas, lejos del cuidado de sus seres queridos. La London School of Economics calcula que del 42 % al 57 % de las muertes por COVID-19 en Europa ocurrieron en residencias para adultos mayores de cinco países: Italia, España, Irlanda, Bélgica y Francia. Hasta el 14 de abril se habían registrado, al menos, 119.000 muertes de ancianos, una cantidad que podría ser mucho mayor.
Los datos reflejan un panorama desolador en muchas de estas instituciones de asistencia, donde viven innumerables ancianos que no reciben los mejores cuidados y están sometidos a condiciones deplorables, atendidos por personal mal remunerado y, lo peor, con insuficiente protección y suministros para responder a una emergencia de salud de semejantes proporciones.
Paradójicamente, la condición de subdesarrollo que vivimos en la región ha sido una ventaja dentro de las desgracias provocadas por la pandemia. El hecho de que un alto porcentaje de abuelos vivan con sus familiares (porque no pueden pagar un ancianato) ha evitado una mortandad, tal como se ha registrado en países desarrollados. Según la Cepal, en uno de cada cuatro hogares latinoamericanos vive un adulto mayor.
En nuestra región, la pobreza y la precariedad económica son lo que aqueja a la vejez. La gran mayoría no cuenta con acceso a una pensión o, en caso de tenerla, es insuficiente y eso agrava su situación. En muchos casos dependen de los ingresos de su familia. Los ancianos suelen sentirse inútiles, porque la sociedad no los considera productivos y les cierra las posibilidades laborales.
La pandemia agrava la soledad, pobreza y depresión de muchos adultos mayores que viven solos. Varios han fallecido aislados en sus casas sin recibir atención. António Guterres, secretario de la ONU, aseveró que “los ancianos tienen los mismos derechos a la vida y la salud que todos los demás”.
Por eso es importante que los familiares e instituciones aumenten el seguimiento a personas mayores que sufren por el aislamiento, la pérdida de sus capacidades cognitivas y las restricciones a su movilidad durante la cuarentena.
Ya deberíamos haber aprendido de las dolorosas lecciones que les costaron miles de vidas a los países desarrollados. A nuestros abuelos les debemos nuestra gratitud infinita. Dedicaron sus mejores años a cuidarnos y sacar adelante a nuestras familias. Ahora más que nunca nos toca a nosotros. Es un imperativo moral retribuirles de la misma manera.