No exageran quienes dicen que tener una buena suegra es ganarse la lotería. En la adolescencia esta figura no era tan importante, pero ya en la universidad, cuando los noviazgos pueden terminar en matrimonio o en compartir un apartamento, este personaje se vuelve fundamental.
Y qué sapos los que hay que tragarse, especialmente cuando ellos todavía siguen viviendo con su mamá o, peor aún, son hijos únicos o los únicos hijos varones.
En la universidad padecí tres suegras. La primera era viuda, pero cuando la conocí tenía novio y más de una vez me tocó oírlos divertirse en su cuarto a la hora del almuerzo, cuando nosotros también habíamos corrido para llegar a la casa a echarnos un polvo antes de clase de dos.
Era una mujer de unos 45 años, muy relajada con el sexo. Le compraba condones a sus dos hijos en el mercado y más de una vez me ofreció en chiste —espero que así haya sido— prestarme uno de sus juguetes. Era tan fresca, que incluso intentaba participar en nuestra vida sexual, me aconsejaba sobre la ropa interior y llegó a hablarme hasta de posiciones.
A la segunda casi la mato. Era divorciada y sólo había tenido a Alejandro. Así que lo trataba como a un bebé. Si no fuera por los moteles cerca de Cedritos, creo que nuestra relación no hubiera durado tanto, porque esta señora jamás dejaba la casa sola. Así que cuando no teníamos mucha plata o nos daba pereza salir, nos arriesgábamos y lo hacíamos mientras “veíamos” una película en el estudio, rápido y sin hacer ruido.
Pero eso no era lo peor. Esta mujer se había empeñado en convertirme en ella. “Ven y te enseño a preparar la sopa como le gusta a Alejandrito”. “Te cortaste mucho el pelo y él prefiere que lo llevemos largo”. “Acuérdate que los jeans tan pegados no se te ven bien”. “Si van a casarse tienes que aprender a almidonarle las camisas y las sábanas”. “Ese color de esmalte está muy chillón y mi Alejandro es algo conservador”. Después de un año supe que tenía que dejarlo, su mamá me estaba enloqueciendo.
A la última suegra que tuve antes de comprometerme la recuerdo con gratitud. De no ser por ella me hubiera casado con la persona equivocada. La relación empezó mal desde que decidió invitar a la ex de su hijo al primer cumpleaños que pasábamos juntos. Y siguió empeorando por cuenta de su insistencia porque viéramos televisión los tres, en su cama y arropados (lo hicimos durante tres años) o por acompañar a su hijito a llevarme a mi casa los fines de semana por la noche. Le daba miedo que saliera solo en el carro, así que sin importar la hora se ponía la ruana, las pantuflas y se acomodaba en la silla de adelante.