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Me gusta recordar mi vida a través de los nombres. Detenerme en la vez en la que, con nueve años, me senté frente a un cachorro esponjoso y pronuncié: “Chester”. Durante 16 años existió en el mundo un perro que giraba la cabeza cuando lo llamaban por ese nombre. Ahora mismo, mientras escribo esto, hay una perra negra acostada en la cama. Sé que si digo en voz alta “Alma” ella abrirá los ojos. Es como un conjuro: entregar una palabra y recibir una mirada.
He dado nuevos nombres a mis amigos, apodos que son como un lenguaje secreto que solo nosotros sabemos. He nombrado lugares, canciones, tal vez algún día un hijo. He sentido que el lenguaje comienza cuando escucho mi nombre en la voz de una persona que amo. Pronunciar un nombre querido es, en cierto sentido, decirlo siempre por primera vez.
Soy periodista y me dedico a los nombres. Suena mejor de lo que es en realidad. Muchas veces es un trámite: escribo todos los días decenas de nombres de personas que nunca he visto ni veré; vivos y muertos, criminales, víctimas, mentirosos y justos, expertos en paneles solares o en mecánica de submarinos.
Me abruman los nombres en masa y siempre he tenido prevención con las listas a manera de homenaje. Son comunes para recordar a las víctimas de tragedias. En el memorial del 11 de septiembre en Nueva York hay grabados casi 3.000 nombres en dos placas de bronce. Las placas son negras e imitan el contorno de las torres destruidas. En lugar de elevarse como edificios, se hunden como dos piscinas oscuras.
Los nombres no están ordenados alfabéticamente, cada uno está al lado de quienes estaban cerca cuando murió. La página web del memorial tiene un sistema de búsqueda que les asigna a las víctimas la letra N o S (torre norte o torre sur) y un número del 1 al 76. Richard Ross, pasajero del avión secuestrado que se estrelló contra la torre norte, está en el panel N-2. A su lado está Stacey Sanders, su mejor amiga, que trabajaba en el piso 96 del edificio y murió por el impacto del avión.
Hace unas semanas, el periódico El Espectador puso en su portada los 661 nombres de las personas asesinadas, directa o indirectamente, por Pablo Escobar. La edición conmemoraba los 30 años de la muerte del narcotraficante que desafió al Estado colombiano en los años 80 y 90 y que, en el proceso, asesinó a ministros, fiscales, policías, periodistas y a cientos de transeúntes desafortunados que pasaban por las calles o viajaban en aviones cuando estallaron las bombas. Carros bomba, buses bomba, aviones bomba; la cotidianidad del terror en la que creció mi padre en Medellín y que conocí primero por sus historias.
El periódico se propuso no escribir el nombre de Escobar en ningún lugar. Todos los artículos y editoriales lo reemplazaron con giros como: “el victimario”, “el narcotraficante”, “un hombre muerto tendido sobre un tejado de Medellín”.
#EnSuMemoria 🕯️ Se cumplen 30 años de la caída de un taquillero criminal, y hoy queremos atravesarnos a esta ruidosa efeméride para resaltar los nombres de las víctimas que pocos recuerdan.
— El Espectador (@elespectador) December 2, 2023
Por ellas es que vale la pena hoy hacer memoria. 🧵https://t.co/pfhEx9dVCD pic.twitter.com/2qstLMWxJC
A primera vista, por el tamaño de la letra, no logré leer ningún nombre en la portada de El Espectador. De lejos, los nombres se veían como un grupo de hormigas que avanzaba en formación. O como un gran muro hecho con piedritas. O como un solo nombre muy largo, casi infinito, una oración con un sujeto inmenso que nunca llegaba al verbo.
Al ver la portada, recordé un texto que escribí hace años, cuando era estudiante, en el periódico de la Universidad de Antioquia. Era una diatriba. Una queja contra las listas de nombres como homenaje. Comenzaba citando cada una de las personas asesinadas en la Universidad de Antioquia en 1987, en los orígenes del paramilitarismo. A la mitad del párrafo me detenía, dejaba la lista sin terminar. Era deliberado: nadie lee las listas de nombres completas, no podemos recordarlos a todos, cada uno recuerda a unos cuantos y muchos, casi todos, se pierden.
Una de mis profesoras, Patricia Nieto, criticó mi decisión de no nombrar y me invitó a tomar un café. Me contó de un artículo que escribió al principio de su carrera, sobre el primer cadáver que vio en su vida: un joven que murió por un carro bomba en la plaza de toros La Macarena, de Medellín, en 1991. Una víctima de Pablo Escobar. Años después, ya como profesora, Patricia quiso volver a contar la historia del joven, pero no pudo: descubrió que en esa crónica juvenil había olvidado escribir el nombre de la víctima.
Tal vez no importa que nadie lea completas las listas. Los nombres no están ahí para ser recorridos linealmente, sino como caracoles que esperan ser recogidos en una playa. Cada cual toma el que quiere. Pero para ser encontrado primero hay que ser nombrado, y ese acto de recuperar un nombre del olvido es el conjuro que lo pronuncia siempre por primera vez.
*Periodista de la Universidad de Antioquia. Escribe en Mutante. Antes pasó por La Silla Vacía, El Tiempo y El Colombiano.