Los refritos sobre profecías apocalípticas suelen ser cíclicos. Cada vez que ocurre una catástrofe, o que surgen indicios de alguna, los vaticinios de Nostradamus, los augurios de San Malaquías y las predicciones de otros místicos y astrólogos regresan a los titulares de prensa y ponen a especular a un buen número de incautos. Es el caso de la publicación que desempolvó una información divulgada por el Daily Telegraph de Londres en febrero de 2003, alertando sobre el fin del mundo en el año 2060, según el presagio de Isaac Newton.
El físico, matemático, filósofo, teólogo, alquimista y también clarividente inglés, es célebre por sus contribuciones al desarrollo de la ciencia, de las cuales la más conocida es, sin duda, la de haber descifrado la ley de la gravedad gracias a que, relata la leyenda, una manzana cayó sobre su cabeza.
El presidente Petro, en una visita al departamento del Amazonas pocos días después de su posesión —he aquí otro refrito, no de décadas, sino de meses— tuvo una epifanía similar a la de Newton. Mientras pontificaba sobre el rescate de la selva, la bandera que estaba a sus espaldas se le vino encima. Al aturdido mandatario no se le ocurrió analizar el fenómeno desde el punto de vista físico, porque Sir Isaac ya lo había hecho, pero lanzó una frase premonitoria que lo eleva a la categoría de iluminado: “uy (risa fingida), no se me caiga Colombia”.
Hoy, siete meses después del episodio, presenciamos como la profecía presidencial se va cumpliendo al pie de la letra. Colombia se le está cayendo encima por cuenta de las acciones que él mismo promueve y patrocina con sus leyes de gravedad evidente para el futuro del país. La mayoría de sus iniciativas parecen inspiradas, no en el interés general, tampoco en el progreso y, menos aún, en la armonización de la sociedad, sino en el revanchismo, el capricho y la terquedad del caudillo.
La reforma laboral es un buen ejemplo. El boceto, que fue debatido, pero no concertado, como lo anunció gloriosamente la ministra Ramírez, parece calcado de los pliegos de peticiones que el viceministro de Trabajo radicaba en sus épocas de fogoso mandamás de la Unión Sindical Obrera, antes de convertirse en el adalid de la lucha contra la “petrofobia mediática”, que es como él llama a la divergencia de opiniones. La plaza de armas del palacio de Nariño fue el escenario seleccionado para presentarla, en un evento tan oneroso como impuntual y lánguido en asistencia, que también fue calcado del lanzamiento popular de su antecesora, la reforma al régimen de salud. El protagonista de los dos eventos de vodevil no desaprovechó oportunidad para espolear a sus seguidores reales e imaginarios, tal como lo hace desde su cuenta de Twitter, e instar a sus burócratas para que, en lugar de conseguir resultados, se conviertan en lugartenientes y apóstoles de los antojos del augur criollo.
No debe causar sorpresa entonces que la confianza de los ciudadanos (los que, como yo, no eligieron el gobierno del cambio, sumados al cada vez más nutrido grupo de votantes decepcionados) esté corriendo la misma suerte de la bandera derrumbada en Leticia. Al fin y al cabo, Gustavo Petro tiene la capacidad de crear leyes de gravedad y de predecir el futuro, como un émulo caricaturesco del ilustre Isaac Newton.