Una de las funciones más profundas de la cultura es dotarnos de una noción compartida de quiénes somos. La cultura no solo nos enseña qué celebrar o qué condenar: nos dice qué significa “ser colombiano”. Nos ofrece un relato sobre nosotros mismos.
Hoy sabemos, gracias a la investigación en ciencias cognitivas, que nuestra mente no es objetiva. Pensamos con sesgos. Interpretamos el mundo a partir de la información que hemos recibido de manera reiterada. Esto explica, por ejemplo, por qué el mismo argumento puede parecernos razonable si lo enuncia alguien con quien nos identificamos, pero inaceptable si proviene de alguien que sentimos distante. Sabemos también que prejuicios como el racismo, el machismo o la xenofobia operan de manera inconsciente, casi siempre sin que lo notemos.
En los últimos años me he dedicado a estudiar un sesgo que es decisivo para nuestra vida colectiva: el sesgo con el que nos narramos a nosotros mismos. Lo he denominado homoetnofobia: la tendencia cultural a describir nuestra propia comunidad como inferior, defectuosa o irremediablemente fallida.
No se trata de una teoría abstracta. Está en nuestro lenguaje cotidiano. Llamamos “colombianada” a lo mal hecho o lo tramposo. Hablamos de la “hora colombiana” como sinónimo de impuntualidad. Decimos que el undécimo mandamiento es “no dar papaya”, porque “en este país no se puede confiar en nadie”. Repetimos, entre risas, frases como “imagínate vivir en Suiza y perderte de esto…”, insinuando que lo nuestro es una anomalía pintoresca frente a la supuesta normalidad de otros pueblos.
Es una forma silenciosa de desprecio colectivo por nuestra propia identidad.
La cultura es iteración constante de información: aquello que repetimos se convierte en expectativa compartida. Así, si reiteramos que “ser colombiano” es ser tramposo o poco confiable, esa narrativa termina organizando nuestra manera de vernos y de ver a los demás.
Tras los desmanes ocurridos durante la final de fútbol de 2024 entre Colombia y Argentina, varios medios describieron los hechos como prueba de una “naturaleza” nacional defectuosa. Los comportamientos violentos son reprochables, sin duda. Pero escenas similares también han ocurrido en finales de la Champions League o en torneos europeos. La diferencia es que allí se presentan como problemas específicos de grupos concretos, mientras que aquí tendemos a convertirlos en síntoma de lo que supuestamente somos todos.
Ese salto —de un hecho puntual a una identidad colectiva fallida— es un sesgo cognitivo. Es una generalización que se naturaliza. Tomamos lo peor y lo convertimos en esencia.
La cultura es omnipresente y por eso siempre tiene un punto ciego. Incluso cuando creemos estar haciendo crítica social, podemos estar reforzando una narrativa que nos aplasta. El humorista, el periodista, el sacerdote, el maestro, el empresario o el funcionario público están atravesados por la misma información repetida en redes sociales, en conversaciones familiares, en canciones, en chistes y titulares. Todos participamos —muchas veces sin advertirlo— en la reproducción de una historia sobre quiénes somos.
¿Por qué nos narramos desde Pablo Escobar y no desde los jueces que dieron su vida por no dejarse intimidar? ¿Por qué nos cuesta reconocer que en nuestra cotidianidad también habita la virtud, la creatividad, la dignidad? ¿Por qué lo admirable parece excepción y lo reprochable parece esencial?
También aquí florece la grandeza humana. La pandemia lo hizo evidente. Miles de gestos de solidaridad mitigaron sus efectos: empresarios del sector gastronómico que, aun al borde de la quiebra, seguían entregando comida a quienes no tenían; servidores y ciudadanos que repartían ayudas bajo puentes y en barrios vulnerables, haciendo mucho más de lo que les correspondía; profesionales de la salud que, enfrentando lo desconocido, ampliaron nuestras capacidades colectivas para proteger la vida, consolidando una experiencia clínica que llevó a que algunos pacientes críticos viajaran desde otros países en busca de una oportunidad. Esa también es una narrativa posible sobre nosotros. Pero casi nunca la elevamos a identidad.
No se trata de negar nuestros problemas. Se trata de no convertirlos en esencia.
La sociología y la psicología cognitiva muestran que los esquemas de pensamiento no cambian sólo con decisiones individuales. Por eso se requiere un movimiento cultural y un acuerdo simbólico colectivo que cuestione la manera en que nos describimos y que proponga una narrativa más justa, más equilibrada y también más exigente con nosotros mismos.
La transformación más profunda que necesita Colombia no es únicamente institucional o económica: es narrativa y simbólica. Implica que cuando digamos “colombianismo” no estemos nombrando un defecto, sino una aspiración. Que la palabra no evoque resignación sino orgullo. Que la crítica no sea autodesprecio, sino punto de partida para la mejora. Porque la identidad no es un destino fijo. Es una historia que elegimos repetir.
Y los relatos, cuando cambian, transforman también el universo de lo que creemos posible.