Vivir es ir perdiendo...
No sabemos cómo definir estas dos pasiones puesto que hay tantas definiciones como seres humanos. Sabemos que existen porque leemos literatura y jugamos fútbol o, mejor, jugamos literatura y leemos fútbol. El amor, la locura y la muerte son tres afectos que se han pensado, reflexionado y discutido, pero siguen siendo perspectivas, horizontes o modos de pensar, son riesgo, encarnación de las caídas de lo humano o puro silencio. Estas pasiones aparecen en la cancha, acuden para acompañar cuando se juega fútbol o cuando se va al estadio. El fútbol y la literatura habitan en el amor, la locura y la muerte, y éstas, a su vez, moran en ellos. Fútbol y literatura son la casa que recibe estas dimensiones que conviven en la incertidumbre. El filósofo alemán Martin Heidegger, puntero izquierdo de equipos como Messkirch y Marburgo, concibe el habitar humano como una acogida que nos da la oportunidad de tener palabra para que nos comuniquemos. El fútbol es sorge, que significa cura para el ser humano que ha sido arrojado al mundo. Cura para el enamorado, para el loco y para quien ya se fue. Cura para el que juega fútbol. Una de sus citas más reconocidas es aquella que dice que “el lenguaje es la casa del ser”. Para Heidegger ese ser es redondo por instantes porque en el fútbol aparece el kairós y los futbolistas viven en una comunidad del destino circunstancial o, mejor, en una épica del Dasein en el que se conjugan el honor, la amistad y la fidelidad. Antes de los griegos, los japoneses ya habían jugado con una pelota. Homero y Platón escribieron sobre la esferomaquia, un deporte con una pelota redonda que servía hasta para educar a los discípulos. Horacio, Virgilio y Ovidio escribieron extensos tratados sobre el amor, la locura y la muerte, pero, además, hicieron alusiones directas a un deporte que llamaron el harpastum. Estos, se supone, son los inicios de lo que más tarde conoceríamos como fútbol. Para los griegos el círculo es la figura perfecta y el número 10, la cifra inigualable. En el fútbol moderno es el número mágico porque representa al jugador que más hace metáforas en la cancha (taquitos, globitos, gambetas, chanfles, chilenas, gafiaditas y sombreritos, a pesar de varios directores técnicos). El que porta el 10 en la camiseta no es igual a los demás. Posteriormente, en 1463, el cardenal, teólogo y filósofo Nicolás de Cusa escribió un tratado, De ludo globi (El juego de la pelota), en el que sostiene que el “balón es el símbolo de la divinidad y la perfección matemática”, el balón es el mejor pretexto para que se junten la oportunidad, la fortuna, el caos y el orden, la razón, la locura, la belleza y la fealdad. En este texto hasta Dios es redondo.