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14 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Me colé en la posesión

Nunca había ido a una posesión presidencial. Pertenezco a los Nadies y jamás me invitaron a ninguna. Pero casi estuve en la histórica posesión del presidente Petro.

Todo empezó cuando llamé a saludar a un amigo y me preguntó dónde estaba. Ando en “la nevera” (como le decimos cariñosamente los paisas a Bogotá) y quiero aprovechar para ir el domingo a la posesión de Petro en alguna de las tarimas populares.

¿Y no te gustaría estar en la Plaza de Bolívar, entre los invitados especiales? —me dijo mi amigo Memo. Pues claro, ¿quién no? —le contesté. Es que yo estoy en un grupo de liberales antioqueños con Petro y voy para la posesión y te podría conseguir dos invitaciones —remató Memo.

¡Del putas! —le dije y quedé pendiente de sus gestiones. No le quise avisar a mi esposa para no darle contentillo por si Memo no salía con nada. Pero el hombre me llamó y me dio la gran noticia: me tenía dos invitaciones.

Cuando le conté a mi esposa ella brincó de la felicidad pero ahí mismo aterrizó: ¡Ay, no, yo invité a mi amiga Clara que se viniera de Medellín a la posesión! De una le escribí un mensaje a Memo: conseguime otra invitación, porfa, viene una amiga y no la podemos dejar tirada.

Memo me dijo que la veía difícil, que iba a mover la cosa por otro lado, con una senadora del Pacto Histórico, pero que no me hiciera ilusiones ni le prometiera nada a Clara. Mi esposa le prendió una veladora a santa Marta, milagrosa de los imposibles.

El sábado 6 por la mañana recibí noticias de Memo: ¡Te conseguí la otra invitación! Hubo euforia en mi casa y salimos para Galerías a comprar ropa para la ceremonia. Pero todo estaba muy caro y nos seguimos por Chapinero a las tiendas de usados.

Por la noche me llamó Memo: ¿Ya te contactaron para entregarte las manillas? —me dijo en medio del bullicio de la terminal de transportes de Medellín, donde se disponía a tomar un bus acompañado por su novia y viajar toda la noche con rumbo a la capital.

Nada, Memín, nadie me ha llamado —le dije. El domingo 7 por la mañana me timbró: Ya te tengo la manilla de tu amiga pero las tuyas no aparecen, dame media hora. Hizo varias llamadas angustiosas pero ya no le contestaban ni los liberales con Petro ni la senadora del Pacto. Como buen rebuscador, le preguntó al encargado de entregar las manillas si le sobraban dos.

Me llamó feliz: ¡Te tengo las tres! En mi casa apenas estaban sirviendo el desayuno, pero no quise esperar, pedí un Uber y salí disparado para donde Memo me estaba aguardando, en la séptima con 19. Las recibí y corrí para mi casa con el tesoro entre el bolsillo: tres manillas blancas contramarcadas. ¡No lo podía creer!

Llegamos los tres muy tiesos y majos a la filota de invitados y nos llamó la atención que muy poquitos tenían la manilla blanca y ninguno bien vestido. Debe de ser que en el próximo filtro sí la piden, pensamos. Pero pasamos las tres requisas sin que nadie nos mirara la manilla, mientras entraba y entraba gente sin manilla. Y de pronto ya estábamos en la Plaza de Bolívar, en medio de indios, negros y gente muy distinta a nuestra elegancia de segunda.

Le preguntamos a un policía dónde estaba la gente de manilla y nos dijo que aquí, pero que los invitados de adelante eran de manilla azul y código QR. ¡Nos tumbaron! —exclamé, y el policía nos preguntó asustado cuánto habíamos pagado.

Desesperado traté de llamar a Memo a ver dónde estaba pero me mandaba a buzón y encontré este mensaje: “Se me va a descargar el celular, nos vemos en mi hotel cuando termine todo”. Medio resignados nos metimos entre el tumulto buscando mejor vista de las pantallas. Una pareja también tenía manillas blancas, pero sin números rojos como las nuestras. Esto nos revivió la esperanza y fuimos a hablar con alguno de logística que nos dijo que sin QR ni pío.

Para completar, vimos un guambiano con manilla blanca y también con números rojos tratando de entrar a la zona QR sin lograrlo. Ya la plaza estaba “tetiada” y no nos pudimos ni mover, y tan salados que quedamos detrás de un grupito de negros altísimos que nos tapaban.

Aburridos, nos dispusimos a oír (no ver) la transmisión del mando. Cuando el largo receso esperando la espada de Bolívar no faltó el que gritó: ¡Eso fue que Duque la empeñó! Otro comentó: Petro es capaz de ir él mismo por la berraca espada y pegarle sus dos o tres planazos “al gordo”. Y cuando el viento despeinó a Petro, alguno dijo: Está pidiendo la espada es para motilarse.

Por fin Memo me contestó: Uy, hermano, cuando ingresamos y vi vendedores ambulantes y gente sin manilla y más mal vestida que yo nos vinimos para el hotel y aquí estamos viendo la cosa por televisión.

Entonces le conté que cuando me llevaban a recoger las manillas no me aguanté y le comenté al chofer que iba invitado para la posesión de Petro. “Lo malo de la rosca es no estar en ella” —dijo el Uber con un dejo de envidia.

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