Consciencia y dolor obligan. No quería volver a escribir columnas, porque no creo que sirvan para algo. Me preocupo cuando opino y me preocupo cuando pienso. Si alguien publica lo que escribo, a mi ego le da lo mismo. Es más, creo que mi ego me abandonó en la pandemia. Se fue sin decirme adiós, se negó a vivir conmigo. He querido escribir con vocabulario decente, pero mi lengua me contradice. He querido adoptar la idea de que alguna esperanza es posible y esa, mi lengua, me dice: “Dejá de hablar mierda, hermano, la esperanza murió hace rato”. Grosera lengua, tenés razón.
El mundo está loco, mi país está peor y yo, ni se diga. Si usted es de personalidad depresiva, hace bien en no leer mis angustiosas pendejadas. Métase a un armario, duerma de día y viva de noche. Evite a la humanidad.
El asunto es que cada vez me siento más perdido en este mar de contradicciones ideológicas. Cada vez son más los enemigos políticos. Nos empezamos a odiar y cada vez tenemos menos gente a quien querer, en quien confiar y a quien creer. Cualquiera, en su legítimo derecho, puede opinar, pero si piensa diferente a mí lo rechazo. Si las contradicciones aparecen en un medio periodístico reconocido, de línea diferente a la que yo sigo, me ofenden sobremanera. Y a la “visconversa”, como diría Cantinflas… mis ideas ofenden a aquellos y las de ellos me agreden a mí. No hay término medio y mucho menos tres cuartos, como estilan decir en los asaderos de carne.
Cuando llego al trabajo, no falta el que trata de hacerme sentir mal por lo que hizo o dijo “el hijueputa ese por el que usted votó”. De regreso a casa, siento que el antiguo y antes querido vecino no me quiso saludar y no sé el porqué. Al entrar a mi hogar, mi esposa me enrostra lo que le llegó en un chat de WhatsApp o leyó en una de sus redes sociales en contra de ese tipo al que yo apoyo. Y no falta la amiga o el amigo, la sobrina o el sobrino, o uno de mis hijos o hijas (noten mi lenguaje de manera incluyente) que no quiere hablar de eso conmigo, dizque porque tengo mucho sesgo y soy muy vertical. Yo me siento cada vez más impedido para opinar, más impedido para ser yo. Calladito se ve menos feo, opinan todos. Y les creo.
Hace unos días, sabiendo que no debía hacerlo, consulte en X la página de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas. Me encontré con las historias de los hornos crematorios que emplearon las AUC para desaparecer a sus víctimas. ¡Qué infamia, qué horror, qué tristeza saber que en Colombia hay gente capaz de ejecutar tamaño crimen! Ahí sí fue la gran madre para mí. Me acosté contando madrazos como quien cuenta ovejas para poder dormir. Fueron 120.500 madrazos hasta que sonó el despertador. Al salir de mi casa —otro error que sabemos cometer los pendejos ingenuos— le comenté al celador de la cuadra lo que me había hecho desvelar. Levantando solo una de sus peludas cejas y sin abrir casi la boca, se limitó a decirme: “¿Quién sabe qué hicieron para merecer una muerte así? A nadie lo queman por nada”. Hasta la saliva se me secó y no pude volver a hablar en el resto del maldito día.
En la noche, por celular, hablé con uno de los pocos “mejores amiguis” que me quedan y le comenté lo de los hornos. Nos desahogamos diciéndoles palabrotas a los malandros esos. Encontramos culpable y aclaramos muchas vainas. Al despedirse fue contundente: “Lo mejor que puedes hacer, panita, es irte a la mierda, que yo te acompaño”.
Ya llegamos a la mierda. ¿Ahora qué hacemos?