Con excepción de las máquinas de facturar que son los espectáculos de formato masivo, el sector cultural no ha tenido su recuperación. Hay un llamado natural para que los gobiernos ofrezcan un rescate a este sector tan vulnerable, pero debe haber otro llamado de atención sobre la propia sociedad, los ciudadanos como consumidores culturales. Ese término bien se puede cambiar por espectadores o público, aunque ¿cómo?, si la mayoría de la población no tiene entre sus preferencias disfrutar de, por ejemplo, una presentación de teatro. Hay que hablar de preferencias de consumo ineludiblemente.
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Como los gobiernos, las personas también tienen sus preferencias y prioridades en el gasto. En el plano nacional, el presupuesto de 2022 para el Ministerio de Cultura no llega al 0,60 %. En mi ciudad (Medellín) la reducción ha sido constante en los últimos cuatro años, desde el gobierno anterior. Pero ¿cómo se comportan los ciudadanos, que definen en cada caso u hogar cómo se gastan sus recursos? Una entrada a un museo puede rondar $10.000, un poco más del 1 % del ingreso mensual de una familia que viva con el salario mínimo; un hogar podría disfrutar del arte con $30.000 (con descuento para estudiantes), más o menos lo mismo que cuesta media botella de un aguardiente promedio, que no le parece cara a la gente.
Con el ejemplo anterior se expone que el gremio artístico y cultural compite en un amplio espacio por el ocio, entendido como ese tiempo no productivista o tiempo libre vivo con inversión de recursos. Ir a Piscilago, al cine o ver ballet son alternativas, planes para ese tiempo de ocio, para no mencionar una interminable lista de maneras de invertir recursos autogestionados, que en la idiosincrasia colombiana hasta incluyen el uso de pirotecnia ilegal. El problema es que la cultura y el arte fuera de los conciertos de las grandes estrellas no son un plan.
Ese problema es muy patente al observar que, cuando se levanta la barrera de tipo monetario, el público no responde con su asistencia. Así ocurre con programas como Salas Concertadas del Mincultura y el Distrito en Bogotá o Salas Abiertas de la Alcaldía de Medellín. Este tipo de programas, llamados de formación de públicos, son fundamentales para ajustar el equilibro financiero de las organizaciones culturales, que ofrecen sus presentaciones en condiciones generosas en esos esquemas —$45 millones es el estímulo (anual) más grande dado a una sala por el Mincultura este año—. Sin embargo, es común que el público no responda. En Medellín se pone a prueba cuando se realizan estas jornadas concentradas en un fin de semana y hay algunas salas vacías de público.
La principal razón de la no asistencia a espacios culturales, bibliotecas, museos, galerías o exposiciones, según la última Encuesta de Consumo Cultural: desinterés; no le gusta. Entidades exiguamente subsidiadas sí, ¿pero para que más entonces? En términos de oferta, eso se trata de su fortalecimiento. Hay que poner el foco en la demanda y la formación de públicos, y pensar el rol de la cultura y el arte, su valoración social. El gremio merece un público digno de sus múltiples esfuerzos de, mayormente, autogestión.
Sin duda, en el concurso de mejorar la posición de la cultura y el arte en la canasta familiar hay que aplicar creatividad en las maneras de llegar al público y regenerar asociaciones, pero al ciudadano también hay que sacudirlo. A la cultura hay que salvarla de la propia patria apática e insensible.