Cuando vi a mi padre entrar en la casa nervioso, tratando de explicarnos que la ciudad estaba rodeada, le miré a los ojos, y por la angustia que desprendía su mirada, entendí inmediatamente que la vida nunca volvería a ser la misma. Supe, en ese preciso instante, que mi vida ya no me pertenecía y que mi presente era en realidad un pasado remoto. Un sueño real, hermoso pero lejano. Demasiado corto. Demasiado lindo para perdurar.
El día que los talibanes entraron en mi casa aún no había amanecido. Llegaron antes de la primera oración del día. Al alba. Levantaron a mi padre y a mi hermano y los llevaron a la parte trasera de la casa, en un patio que mi madre tenía lleno de plantas. Les ataron las manos y les tumbaron en el suelo. Cuando salí al patio, ellos se habían ido, pero la casa olía a sangre. Vi a mi hermano moribundo. Respiraba con dificultad. Le miré a los ojos, pero no me atreví a tocarle. Apenas podía moverse. Creo que la muerte le concedió unos minutos más de vida, para que nuestro último cruce de miradas aliviara su agonía. A veces la muerte se toma su tiempo. Cuando sentí que mi hermano no estaba ya allí, me acerqué a mi padre. Estaba tendido boca arriba. Le habían degollado como a un cordero. Me senté a su lado y lo abracé fuerte. No lloré. Me quedé tumbada junto a él. Fue el último día que estuve con mi padre.
Si miro hacia atrás y recuerdo todo lo que nos pasó aquellos días, solo quiero ponerme a llorar. No soy capaz de ordenar mi pensamiento y menos aún de ponerle pausa a mi corazón. Ahora que vivo tan lejos de mi tierra, en un mundo tan moderno como desconocido, me despierto para llevar a mi hija a la escuela y me pregunto por qué me ha tocado vivir todo esto. No he logrado superar el dolor que supuso su muerte, y todo lo que aquellos días han significado en mi vida.
Después que los talibanes huyeron a las montañas por la invasión de la coalición, mi padre decidió regresar de Pakistán. Un día vamos a volver a la casa, me decía ilusionado. Para mi padre, no había una tierra más pura que la nuestra, donde las cometas vuelan solas y el sol brilla con tanta fuerza, que las montañas cambian de color dos o tres veces al día. Riadas de hermanos afganos volvieron a casa. Nos habían prometido un país distinto, donde las escuelas se llenarían de maestros y los hospitales de médicos. Médicos como mi padre. Nos habían prometido un país donde las mujeres y las niñas pudiéramos mirar la luz del sol al levantarnos, sin temor a vivir en la penumbra. Donde los hombres decentes pudieran construir con sus manos un futuro para sus familias. Mi padre era médico en el Hospital Central de Herat. Amaba su tierra. Por eso lo mataron.
A los pocos días de su muerte, volvieron a la casa y me llevaron con ellos. Ese fue el último día que vi a mi madre. Tengo muy presente ese recuerdo. Su rostro carcomido por la tristeza. Su mirada impotente. Su casa devastada por la tragedia. Si este es el precio que nos toca pagar por la idea de libertad que nos habían prometido, no la quiero, pensé mientras un barbudo me arrastraba de los pelos y me metía a patadas en un 4x4. Cuando escapé de aquel infierno años después, solo me quedaba mi hija. Es hija de la barbarie, pero la amo.
Aquellos que gobernaban el mundo, se adentraron en uno desconocido con la intención de cambiarlo, un mundo que nunca lograron entender y menos aún amar. Porque para cambiar las cosas, hace falta algo más que dinero. Dibujaron en una mesa, a miles de kilómetros de distancia, un país que nada tenía que ver con la realidad, con la identidad de una tierra tribal, que llevaba dirimiendo sus problemas de la misma manera por siglos. Y fracasaron. Fracasamos. Y nos abandonaron. Nos dejaron solos. La democracia no es una mercancía. La democracia no existe. Es una mentira. Nosotros somos Afganistán. Lo hemos entendido demasiado tarde, mientras nos dejaron soñar.
Las cometas han dejado de volar sobre los cielos de Kabul. Mientras no haya viento, el árbol no florecerá.
* Proverbio afgano