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Mujer, ave fénix

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Columnista invitado EE
09 de junio de 2015 - 11:15 p. m.
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Me gustan más los homenajes para las personas vivas que para las muertas. Me parece más gratificante decirle en la cara a alguien que le agradezo su ejemplo, su lucha, sus logros, los caminos que abrió para mí o para otros.

También me parecen importantes los reconocimientos para quienes ya se fueron. Los homenajes póstumos, de alguna manera, no dejan morir. Son memoria viva. Lo que pasa es con estos últimos me queda la sensación de que quedo en deuda y de que, al final, sólo son significativos y útiles para los vivos.

Es la razón por la que hoy quiero, desde Feminismo Artesanal, hacer homenaje a una mujer inmensa que con su lucha y su búsqueda feroz de justicia nos ha enseñado a todas las colombianas la manera como se resiste, se persiste y no se desiste: Jineth Bedoya.

Recordemos un episodio trágico de su historia, una historia de terror que nos conmovió a todas. El 25 de mayo del año 2000, justo en la entrada de la cárcel Modelo en Bogotá y cuando Jineth iba a hacerle una entrevista a un paramilitar, tres hombres la drogaron y la subieron a un carro. Comenzaron 16 horas de tortura y violación que terminaron con su cuerpo tirado en algún paraje de la vía que sale al Llano.

Hace un poco menos de un año tuve la extraordinaria oportunidad de entrevistarla. Constaté que es de esas mujeres que está destinada a dejar huella por dónde camina. Su aroma a libertaria es tal que inunda todo a su paso.

Recuerdo que la vez que compartimos en la emisora me recalcó que ella no era una "heroína" sino una sobreviviente. Yo, que no he podido dejar el vicio de decir lo que pienso, la controvertí. Le dije que sí era una heroína porque ese es el nombre que yo doy a quienes resisten con digidad, tejen su propio paraíso desde el infierno y lo comparten con las demás mujeres. Las sobrevivientes, en cambio, estamos más  dedicadas a curar las quemaduras que quedaron en nuestra piel y, ante la impunidad que experimentamos en nuestros casos, decidimos hacernos el "pajazo mental" de que  "ya pasó" y que "hay que olvidar".
 
En esa conversación también me habló de dos temores en su vida: El primero, al que denominó el más grande, fue "fallarle a las mujeres por no tener suficiente tiempo para ellas". Cuando me dijo eso vi en Jineth la encarnación de una de mis búsquedas más íntimas, esa lucha que me llama a dar lo mejor a la causa, a tejer y destejer diferentes conceptos hasta sentirme libre y cómoda con lo hallado y a finalmente compartir mi experiencia para que las mujeres que la consideren útil la tomen para sí. Quise decirle que desde Feminismo Artesanal postulamos que con la única mujer que tenemos responsabilidad directa es con la que somos, y que las demás, incluyendo las más cercanas -sean hijas o hermanas-, tendrán que aprender a hacerse responsables de sus propias cadenas.
 
Quise decirle que ninguna mujer puede liberar a otra de su lucha individual, que ninguna mujer puede considerarse libre si tiene que cargar con el peso  al miedo de "fallar a otras". Pero al ver sus ojos, pensé: ¿quién soy yo para dictarle cátedra a Jineth Bedoya? ¿Quién puede enseñarle nada a una mujer que ha expuesto su vida para salvar la vida de todas, a pesar de su dolor y desde su propio infierno?
 
Comprendí su miedo porque hasta yo he tenido que enfrentarme a él: el maldito miedo  a ‘defraudar’, al escarnio público por no llenar expectativas. Sin importar toda la teoría que he tejido, lo cierto es que en la práctica no es tan sencillo ignorar los reclamos de las mujeres por nuestras supuestas faltas.

En alguna medida, todas las que estamos entregando nuestra vida a causa de la justicia social para las mujeres sentimos eso. Un gran número de nosotras, las activistas de la libertad femenina,  tendemos al caudillismo voluntario. Somos  mesiánicas. Morimos todos los días un poco, renunciamos a nuestra vida privada, a nuestros deseos, incluso a nuestros sentimientos. Todo pasa a segundo plano cuando pensamos en aquellas que nos tienen como ‘ejemplares’; en aquellas que nos endiosaron sin que lo pidiéramos, aun cuando hemos dejado en evidencia toda nuestra humanidad.

El segundo miedo que me confesó Jineth fue "no poder soportar la impunidad, la injusticia". Esto sí que fue realmente desconcertante para mí: ¿por qué ese era su ‘segundo’ miedo? Para mí ese hubiese sido el primero. Ahí sí no fui capaz de cuestionarla. Y no quise preguntárselo porque simplemente vi un corazón heroico, a una mujer que nunca podré ser, una de esas que están dispuestas a entregarlo todo por un posible nada. Porque al final, siendo yo una apasionada por la lucha de las mujeres, no estoy dispuesta a sacrificarlo todo por ellas ni a ignorar mi propio infierno para rescatar a otras.

Soy una tonta porque no fui capaz de decirle todo lo que me ha inspirado. No sé si tenga la oportunidad de volverla a ver. Estamos en trincheras diferentes defendiendo la misma causa. Recuerdo con mucho cariño que me miró a los ojos y me dijo: "Mar, sigue levantando tu voz como te dé la gana". En los días malos recuerdo esa frase y sonrío.

Le pregunté por el Feminismo en su vida y respondió: "soy muy crítica con el feminismo". Le repliqué que toda mujer que defiende sus derechos con ahínco lleva una feminista adentro. Me dirigió una mirada de aprobación. Luego, gocé viendo cómo en una entrevista para una revista de mujeres hizo gala de esa frase. Me sentí muy feliz  al verla usar su voz  para abanderar la necesidad del feminismo en Colombia.

En estos días, mientras ella respaldaba la ley de Feminicidio, una fiscal ordenó la libertad de uno de sus violadores, el paramilitar conocido con el alias de ‘J.J'. Y, con el corazón golpeado y la dignidad intacta, Jineth hizo un reclamo muy coherente a su discurso. Una vez más dijo "¡No es hora de callar!", y nos dio ejemplo de cómo es que se desteje el infierno desde adentro. Todas las mujeres, desde las diferentes trincheras, la cercamos, levantamos nuestra voz con la impotencia que produce la ira y el dolor frente a la burla y desamparo del Estado.

Me parece bien que el propio fiscal general de la Nación haya ordenado la recaptura de ese señor, pero me queda el sinsabor de todo este episodio, que refleja el terror que tiene  el Estado a la voz de las mujeres indignadas. Jineth nos ha permitido comprobar el miedo tan verraco que siente ‘papá Estado’ frente a los actos políticos revolucionarios de las mujeres.  Ella sola sacudió a un país entero y dejó claro cómo la revolución de una sola mujer sí transforma la vida de todas.
 
Jineth, todos los días de su vida, levanta la Matria. Jineth nos ha enseñado que callar no es opción.

Jineth ha usado todo su poder en beneficio de todas. Esta  sobreviviente que se hizo heroína, hoy ensancha sus alas y nos demuestra que cualquiera de nosotras puede renacer desde los escombros, como ave fénix.

* Ideóloga, Feminismo Artesanal.

 

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