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Palabras rimbombantes

Columnista invitado EE

05 de octubre de 2018 - 06:33 p. m.

Por Santiago Sánchez Benavides

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La jerga corporativa está saturada de clichés. Algunos literalmente constituyen un glosario de conceptos anodinos y frases de cajón. El libro The Dictionary of Business Bullshit: The World's Most Comprehensive Collection, apila más de 2.000 términos y expresiones que impregnan el día a día de muchísimas empresas.

Entre ellos figura la frase “pensar fuera de la caja”, popular desde los setenta, cuando las escuelas americanas de administración se dedicaron a estimular el pensamiento lateral; y que hoy por hoy se mantiene vigente en boca de ejecutivos de todos los resortes y sectores. Con ella, el concepto de innovación se ha entronizado como el ineludible camino para la gestión de los procesos y estrategias, de la creación –y a veces reinvención- de servicios, productos y experiencias. En algunos casos se logra, y en otros se queda en insípida retórica.

La distancia entre lo uno y lo otro se debe en gran medida a eso que Scott Berkun, autor de Mitos de la Innovación trazó crudamente: "las mentiras inspiradoras son más populares que las verdades complejas". La realidad que rodea el concepto de innovar está lejos de las epifanías y las ideas extraordinarias, sucede más allá de los manuales y del sectarismo metodológico que arrastran planteamientos como el design thinking, abrazado por algunos como una verdad revelada, como el lazarillo ante la incertidumbre que cunde en nuestro tiempo y mercado, donde genios casi adolescentes le están poniendo el pie a las grandes compañías.

Estos nuevos paradigmas, que instan a adoptar el paso a paso, la minucia, el esquema inflexible y la retórica (siempre necesaria) que promete la ruta para salirse del molde, para pensar distinto, terminan siendo siempre relevados, siempre irrelevantes. Curioso es que Bruce Nussbaum, uno de los precursores del design thinking, advirtiera por allá en el 2011 que la absorción lineal y ceñida al texto de este –y de cualquier planteamiento similar- terminaría en fracaso.

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Conviene mencionarlo, porque ese método como los muchos que son promovidos a diestra y siniestra por los gurús de innovación corporativa, trae consigo un lenguaje que comprime el verdadero potencial de los equipos de trabajo en dos maneras: desestimula la búsqueda de conceptos propios y complejiza la búsqueda de respuestas. Curiosidad y simplicidad sacrificadas para obtener una creatividad controlada y circunscrita a frases como “equivócate rápido y barato” y a sofisticados anglicismos que no vale la pena ni listar. 

¿Qué hacer? Un primer paso -y quizás el más difícil- sea que los líderes de innovación de las empresas abandonen la fe ciega en los paradigmas que empujan por un camino estrecho y pintan expectativas irreales. Sí, las metodologías pueden ser un punto de partida, un salvavidas ocasional si se quiere, pero resulta ingenuo pensar que los innovadores son quienes siguen las ideas ajenas al pie de la letra. Cabe recordar que los innovadores, los de verdad, son aquellos que antes de comprar conceptos, los crean. Todo lo demás, diría Jobs, son simples seguidores.

 

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