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El detective Philip Marlowe no es delicado, ni tierno, ni bien hablado. No sigue las normas de etiqueta, ni las éticas, y más bien busca destrozarlas todas. Philip Marlowe, protagonista de El largo adiós, de Raymond Chandler, publicada 60 años atrás, no era el detective que cualquiera esperaría: en el momento menos esperado, lanzaría un puñetazo y un escupitajo si así fuera menester.
El largo adiós es la sexta de una serie de ocho novelas que Chandler —estadounidense, fallecido en 1959, alcohólico y negociante— escribió durante 20 años y que, en buena parte, determinaron el camino del género policíaco. La razón es simple: Marlowe es un detective privado, como Sherlock Holmes y Auguste Dupin —creado por Edgar Allan Poe—, pero su naturaleza es por completo contraria a la de ambos.
Holmes y Dupin utilizan el raciocinio para resolver los crímenes; su capacidad lógica es casi divina; su poder retórico y las asociaciones que refieren parecen inalcanzables para el humano promedio. En cambio, para Marlowe sólo existen dos vías para encontrar la respuesta a un crimen: hallar a los culpables preguntando e indagando o maquillando algunas caras con bellos moretones. Marlowe es un detective sagaz, inteligente, pero sobre todo fuerte y que conoce bien los hilos y los hoyos negros de la justicia. Marlowe no tiene miedo de dar unas cuantas bofetadas verbales a los policías.
Así sucede en El largo adiós. Marlowe debe descubrir a quienes cometieron dos asesinatos, en apariencia aislados. Las historias se van entrecruzando y los detalles —las cicatrices en la cara de Terry Lennox, un aparente suicidio, una maleta cuyo contenido es desconocido, un mexicano con una buena operación de rostro— resultan esenciales cuando se llega al final. Una sola mujer ha sido la asesina; Marlowe la descubre; ella se suicida, plena de culpa y rencor.
Más allá del cuidado en la composición de la trama y de la aparente sequedad del lenguaje, que produce una novela efectiva y sorprendente, Chandler posee un altísimo sentido crítico de la justicia y, al mismo tiempo, de las formas oscuras que se mueven bajo ella con tranquilidad y sutileza. “Usted se siente como un actor que tiene que representar su gran escena —le dice el agente Sewel Endicott a Marlowe cuando es apresado—. Aferrarse a sus derechos, hablar de la ley, etc. ¿Cómo puede un hombre ser tan ingenuo, Marlowe? (...) La ley no es la justicia. Es un mecanismo muy imperfecto. Si usted aprieta exactamente los resortes justos, y además tiene suerte, es posible que al final se haga justicia. La ley no ha intentado ser nunca otra cosa que un mecanismo”.
Por eso El largo adiós no es sólo una historia para conocer al asesino del cuarto cerrado. Atrae, sí; atrapa, también. Pero esa no es su esencia. El conocimiento que tiene Chandler de las pasiones humanas, retratadas en la policía, los fiscales, el detective Marlowe, los investigados, sobrepasa la simple diversión. Como en las novelas de Leonardo Sciascia, Chandler lanza una luz sobre la justicia y sus meandros, reconoce cierta verdad en las mentiras y encuentra un espacio para expresar su propia naturaleza, su autobiografía, el laberinto de su alma, mientras su esposa agonizaba. “El alcohol es como el amor —dice Terry Lennox, uno de los personajes —. El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo que hacemos es desvestir a la muchacha”.
* Juan David Torres Duarte
