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Piropos y violencia

Columnista invitado EE

17 de junio de 2016 - 10:32 p. m.

¿Es el piropo una forma de violencia hacia las mujeres? De verdad di muchas vueltas pensando y repensado si debía o no debía hacer esta nota.

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Por Mar Candela*

Después de tanto pensarlo concluí que, siendo feminista defensora de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y enemiga campal del acoso y todo tipo de violencia sexual, tengo grandes diferencias de opinión con la visión de muchas militantes feministas. No tengo duda alguna sobre el derecho que tenemos todas las personas a ser seducidas y a seducir. A erotizarnos. Decidí escribirla por la necesidad urgente de hacer una mirada profunda al piropo y abrir un espacio de compartir saberes y reflexiones serias sobre esta práctica que hoy no es privilegio exclusivo de los hombres. Urgen espacios de construcción social que nos permitan herramientas sensatas para diferenciar el acoso de la seducción. Antiguamente el piropo era una variedad de granate de color rojo fuego, muy apreciada como piedra fina. La piedra reconocida como rubí. Tanto Calderón como Quevedo la usaron figuradamente como metáfora de decir lindas palabras y con este significado pasó al diccionario en 1843. Después, el verbo piropear fue admitido en 1925.

Esto tiene un fondo social y político mucho más amplio; va más allá de hacer verso y prosa a las mujeres bonitas. Por la época de los 1800, y quizá antes de que Quevedo y Calderón hicieran famosa a través de las letras la práctica del piropo, ésta ya era una dinámica cultural -a mi modo de ver, una práctica necesaria y emancipadora–.

Por favor terminen de leer antes de empezar a chispear de malgenio con mi afirmación. El piropo llegó a nuestra realidad social como una joya, la cual solía ser regalada a las cortejadas por sus pretendientes. ¿Saben cuántos hombres podían regalarle un rubí a su pretendida? Es claro que el piropo era la manera de ponerle precio al amor y que ninguna mujer de clase media o alta podía ser pretendida por un simple trabajador del común. Siendo así las cosas, los hombres de clases sencillas se esmeraron por aprender poesía y descubrir todo el encanto y la magia de las palabras. Entendieron que las palabras precisas eran seductoras y serían una herramienta poderosa para acercarse a las mujeres “inalcanzables”.

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El piropo era la manera de medir el poder económico del pretendiente; no es secreto que el matrimonio fue concebido como un ejercicio prostibulario donde la mujer se casaba primero y, si tenía suerte, amaba después.

El amor no era importante, lo importante eran los apellidos, el dinero, el poder, los negocios entre familias... ¿Quién no sabe eso? El derecho a ser seducidas y a seducir estaba limitado al poder político, económico y social de los hombres.

Mujeres y hombres estábamos atrapados en un sistema amatorio mercantilista. Ellos, si eran unos tipos corrientes, no tendrían derecho a mirar mujeres de sociedad. Ellas tampoco tenían derecho a mirarlos.

Yo sí veo como glorioso el día que las piedras preciosas empezaron a salir de los labios de esos hombres creativos que no quisieron dejar que el sistema les arrebatara el derecho a seducir y les permitieron a las mujeres darse la oportunidad de sentir de verdad, lejos de todo interés. El piropo permitió que las mujeres acaudaladas y de clases medias se dieran el permiso de experimentar la seducción auténtica; esa que implica creatividad y no tiene que ver con el dinero. Gracias al piropo muchas mujeres empezaron a negarse a matrimonios arreglados y a escaparse del sistema junto a los hombres que eligieron y no que les imponían.

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Es claro que la humanidad tiene una capacidad única de pervertir todo lo bueno. ¿A qué hora el piropo se nos convirtió en acoso sexual? No sé cuándo ni cómo pasó pero para mí es evidente que tenemos que diferenciar el piropo, que son pedradas de poesía, a lo que sea que se llame ese montón de palabras asquerosas que nos dicen en las calles. ¡El acoso callejero no es piropo! El piropo tiene un color y una cadencia poética y nunca es invasivo; mucho por hablar de este tema. Quienes equiparan el piropo a violencia es porque NUNCA conocieron un piropo; ojo, la violencia verbal ni es poesía ni mucho menos piropo. Siempre he abrazado al piropo, porque considero que libero el amor de la opresión capitalista.

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Hoy día no hay piropo sino maltrato verbal; el camino para no acabar con el encanto de la seducción desde mi modo de ver es la comunicación asertiva. No estamos obligadas a recibir piropos de cada espontáneo que quiera; nosotras decidimos a quién sí y a quién no. Todas las mujeres tenemos el derecho a decirles no a las palabras halagadoras de los hombres y ellos no tienen por qué disgustarse por ello. La clave para mí es la comunicación asertiva; en lo personal, siempre he dado piropos; el ejercicio del piropo para mí reivindica el derecho a seducir; cuando una mujer se anima a cortejar confronta las dinámicas amatorias patriarcales. Cierro con esto: “me gustaría ser cuchillo para partirte el bizcocho”. ¡No es piropo!

Por eso nunca entenderé esa frase que muchas mujeres pregonan: “no quiero tu piropo quiero tu respeto”. Porque para mí es claro que el piropo no es un irrespeto. El acoso sexual callejero no solo es irrespeto, es abuso y es violencia y somos nosotras las que determinamos cuando nos sentimos maltratadas y tenemos derecho a exigir que se callen y decir que no nos gusta lo que nos han dicho y denunciarlo.

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Hombres, a retomar el arte de la seducción verbal. Si no saben hacerlo, no se arriesguen porque seguiremos resistiendo a su mal trato y acoso verbal.

* Ideóloga, Feminismo Artesanal

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