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Antes de que fuera electo el papa Francisco, los católicos conservadores se habían acostumbrado a desdeñar la forma más liberal de catolicismo por considerarla obsoleta y desgastada, una reliquia de los años setenta no muy socorrida por los católicos más jóvenes que practicaban su fe con seriedad.
En los últimos diez años ha sido difícil mantener este tipo de confianza. Un colegio de cardenales supuestamente conservadores eligió a un papa de lo más liberal. Los debates morales y teológicos que supuestamente había resuelto el papa Juan Pablo II volvieron a estar sobre la mesa. La misa en latín, rehabilitada por el papa Benedicto XVI, se suspendió parcialmente. Los teólogos progresistas eran bien recibidos de nuevo.
No obstante, desde hace poco, tanto en Roma como en Estados Unidos, he tenido conversaciones con católicos bien informados en las que he percibido el regreso de la antigua confianza conservadora. La idea de que la era de Francisco es “el último aliento” del catolicismo de la era de la explosión de natalidad ocupa un lugar prominente. El temor de que el siguiente papa pueda ser otro liberalizador casi se ha desvanecido.
Esta nueva confianza refleja una interpretación específica de los años menguantes del pontificado de Francisco. En primer lugar, se percibe que el programa liberalizador del papa actual ha alcanzado su límite: muchos de los obispos de la Iglesia rechazaron en esencia la decisión del Vaticano de abrirse un poco a las bendiciones para las parejas del mismo sexo.
En segundo lugar, algunos piensan que el estilo de gobierno caprichoso de Francisco ha apartado incluso a muchos clérigos que no son especialmente conservadores. Este es el tema de un extenso análisis de Damian Thompson, periodista católico inglés, en la revista en línea UnHerd. El artículo sostiene que, si bien la prensa seglar en general ha ignorado la mala administración y los continuos escándalos de Francisco, estas situaciones han tenido un efecto muy negativo en los cardenales que elegirán a su sucesor.
Por último, se cree que no ha habido ningún “efecto Francisco” entre los fieles ni en la cultura en general que justifique mantener su proyecto: los católicos no practicantes o distanciados no han regresado en grandes números, no se ha experimentado una revitalización de las instituciones católicas, no ha habido una oleada de vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada inspiradas por Francisco. Por el contrario, podría decirse que bajo su mando liberalizador se ha acelerado el declive de la Iglesia en el mundo desarrollado.
Resulta interesante que la semana pasada haya aparecido un análisis similar en The Associated Press, en un artículo sobre las probabilidades de que el catolicismo estadounidense se vuelva más tradicionalista conforme mueran los “baby boomers”. “‘Un paso atrás en el tiempo’: la Iglesia católica de Estados Unidos experimenta un gran cambio hacia las viejas costumbres” era el titular. La historia se centra, en parte, en las tensiones intergeneracionales: los católicos más jóvenes intentan volver a utilizar incienso y cantos gregorianos; los católicos progresistas de mayor edad se sienten separados del tradicionalismo de sus pastores más jóvenes.
Tal vez era inevitable que la historia de The Associated Press aglutinara ciertas distinciones cruciales y presentara al catolicismo conservador como un monolito, cuando la realidad es que existen diferencias significativas entre un católico típico de la era de Juan Pablo II, conservador pero sin problemas con las dispensas que siguieron al Concilio Vaticano II, y los tradicionalistas que intentan restablecer la antigua liturgia en latín de la Iglesia.
Sin embargo, la tendencia general descrita en ese artículo tiene mucho de real y la era de Francisco no ha cambiado la dinámica que retrata. Es probable que el tradicionalismo total de antes del Vaticano II todavía sea un fenómeno excéntrico y un tanto de élite, pero quizás el grupo numeroso al que he designado “neotradicional” logre ganar influencia a un ritmo estable e incluso llegue a ser dominante, conforme la Iglesia se adapte a su propia disminución relativa.
No obstante, esto no significa que las tensiones entre las facciones liberal y conservadora vayan a desaparecer por arte de magia, subsumidas en una victoria conservadora generalizada. Tampoco significa que los conservadores que ansían un giro hacia la derecha en Roma tras la muerte del papa Francisco puedan esperar que la era del catolicismo liberal muera con él.
Más bien, justo como el papa actual se ha mostrado exasperado ante la persistencia de las tendencias tradicionalistas (básicamente, su actitud hacia la misa en latín ha sido: ¿cómo es posible que siga aquí?), es probable que un catolicismo neotradicional “no se libre” de formas más progresistas o liberales de la fe católica.
Un factor crucial es que, mientras más éxito e influencia llegue a tener el neotradicionalismo, más católicos se encontrarán en estas condiciones de presiones cruzadas. Un catolicismo conservador que se retraiga en una separación similar a la de un grupo amish podría considerar extinta su división liberal, pero solo porque se hará demasiado marginal para que importe de verdad. Cuando existe vitalidad conservadora real, influencia cultural real, los impulsos liberalizadores son inevitables, pues se crean incentivos firmes para permanecer dentro de la institución, aunque adoptes una postura crítica.
Quizá no en todos los casos y para siempre: en cierto momento, un evento más decisivo que un simple cambio de papa por fin hará que se esfumen las divisiones específicas de esta época.
Pero en tanto ocurre una alteración de esas dimensiones, los enredos evidentes entre el catolicismo y la cultura estadounidenses prácticamente garantizan que las expresiones conservadora y liberal de la fe católica persistirán juntas… sin duda, en tensión y conflicto, pero, en la situación ideal, también en caridad.
* (c) Artículo publicado originalmente en The New York Times.