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En la primera década del siglo XXI, América Latina y el Caribe vivió una etapa de bonanza que se reflejó en un mayor crecimiento económico y en la reducción de la pobreza.
Este fenómeno se explica por un mejor manejo macroeconómico y el boom de las materias primas, que benefició a los países de la región exportadores netos de alimentos, petróleo y minerales. Que esto no se viera acompañado por mejoras en la productividad de los países pone de manifiesto la fragilidad de los avances.
En Empleos para crecer, una nueva publicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se identifica que, a pesar del crecimiento económico, los mercados laborales de la región se siguen caracterizando por un binomio de alta informalidad y elevada inestabilidad.
Para crear empleos formales se deben dar las condiciones apropiadas. Sin embargo, el costo de formalizar a los trabajadores en la región, en relación a su productividad, es alto. El costo mínimo de contratar a un trabajador asalariado formal representa, en promedio, un 39% del Producto Interno Bruto (PIB) por trabajador. La combinación de impuestos a la formalidad y subsidios a la informalidad es exactamente opuesta a lo que la región necesita.
Esta falta de capacidad para generar trabajo formal convive con una alta rotación, que hace que los trabajadores cambien mucho de empleo. En general, esta rotación no se traduce en una trayectoria laboral ascendente, de acuerdo a la cual el trabajador deja un empleo por otro mejor, o un empleo informal por otro formal. Los bajos niveles de capacitación dentro de las firmas, unidos a la corta duración de los trabajos, afectan directamente la capacidad de acumulación de capital humano y la capacidad del trabajador y de la empresa de ser más productivos conjuntamente.
Existe en la región una batería de políticas cuyo objetivo es favorecer la inserción laboral y la estabilidad laboral productiva, a través de una mejor transición del sistema educativo al mercado de trabajo, facilitando el intercambio de información sobre vacantes y trabajadores, reduciendo el costo laboral o promoviendo la formación de habilidades en aquellos que están fuera del mercado laboral. Se trata de instrumentos prometedores en los que la región no invierte lo suficiente.
Se puede y se debe hacer mucho más para lograr más y mejores empleos en América Latina y el Caribe, empleos que permitan crecer tanto a los trabajadores como a las economías en su conjunto. Para ello es preciso que la política económica, en general, y la política laboral, en particular, se enfoquen en promover una mayor productividad. De lo contrario, la región pondrá en riesgo las notables ganancias obtenidas en la última etapa de crecimiento.
* Vitcepresidente de sectores y conocimiento del BID.
