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Profesión mesías, profesión peligro

Columnista invitado EE

26 de julio de 2017 - 11:18 p. m.

Por María González*

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Todo era oscuridad y frío. Los malandros y los comunistas de camuflado lanzaban balas y carcajadas por doquier. Dicho de otro modo: las tomas guerrilleras y los secuestros masivos en las carreteras realizados por las FARC, junto al poder social y político acumulado por los carteles del narcotráfico, marcaron el inicio de esta historia. Ni siquiera en los deportes nos iba bien.

Un señor con bigotes y dientes de conejo sacó una negociación del bolsillo, y aumentó la decepción con su incompetencia estratégicamente combinada con la pedantería de los armados. En otras palabras, la débil legitimidad y precaria gobernabilidad en tiempos del doctor Gordito empeoraron con la improvisación de la negociación Patrañesca (en varios sentidos), y el aprovechamiento militar que las FARC hicieron de ella. La modalidad de la negociación se desprestigió o peor aún, se desprestigió la paz como la salida. La salida a la guerra, la encontraríamos por la guerra misma.

Entonces éramos un país necesitado de un héroe, y de súbito, con la sencillez aplastante de las grandes fórmulas, apareció él: con la mano en el pecho, la camisa roja, el cielo azul, y la tricolor ondeante: mano fuerte, corazón grande. ¡Alabado sea su nombre! En otras palabras: Con la ayuda invaluable de las benditas FARC emergió la hasta entonces siempre elusiva identidad nacional: la identidad nacional antisubversiva, y él como su hacedor y nuestro salvador. No hubo un enemigo externo, como en la tradición, sino un enemigo interno. ¡Honor y Gloria por siempre! Ah y el enemigo externo posteriormente apareció: Chávez. Otro ¡Gooool!

No seríamos ya ciudadanos sino hijitos, no habría más ministros sino mandaderitos; solo un líder, solo una voz… solo una estrella. Junto a un discurso nacional antisubversivo se instaló el vale todo y empezó el show: Hasta la lejana Casa de Nariño, donde solo los mandamases tienen asiento, se volvió cercana para todos: la casa de Nari… Ya no sería el doctor, sino el ganadero, el patrón… ¡Qué humildad! ¿Quién dijo que los arrieros terratenientes no podían parecerlo? Él nos escuchaba a todos en consejos comunitarios, organizados milimétricamente tras bambalinas, pero nos escuchaba. ¡Qué inteligencia! Y sobre todo, ¡qué contrainteligencia!

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En suma, el show de lo popular, la autoridad y la eficacia funcionó y fue transmitido y retransmitido sin cortapisas por radio, prensa y televisión: el mandamás apeló a lo coloquial en su lenguaje, a lo folclórico en su estilo, a lo popular en las medidas que implementó, así muchas no fueran sino medidas de opinión, y otras muchas nunca se ejecutaran. Él logró capitalizar el fastidio hacia el modelo de político oligárquico, cuasi hereditario, oficinesco y experto, y convirtió en códigos de identidad colectiva los que emplea como sus credenciales de presentación: creyente, trabajador, antiguerrillero. La unión fue reemplazada por el ‘unanimismo’, o lo que es lo mismo, el uribismo. Las denuncias en su contra se transformaron en ofensas a la patria, en mantos de duda sobre los denunciantes, y la oposición a su figura en delito de traición. Por eso es tan difícil correrle la silla al patrón.

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Él ha logrado mantener vivos los contra-símbolos o antivalores que le permiten ser quien es: aunque las FARC han muerto, su fantasma comunista quizás, quizás, quizás asusta más; el castrochavismo se reencarnó en la brutalidad de Maduro en todas sus acepciones (una maldición para ellos y para nosotros, una bendición para él); y la oligarquía traicionera, antipática y poco dadivosa tiene en Santos de dónde explotar (con y sin méritos, hay que aclarar).

Aunque los villanos de antaño ya no están, los nuevos brillan con luz propia, en vivo y en diferido. ¿Dónde están las cámaras, amigo periodista? “El show debe continuar… yo soy un profesional”. Sálvese quien pueda…

 

*Investigadora social
mariaanonimagonzalez@gmail.com
mariaanonimagonzalez.blogspot.com.co

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