Los resultados de las pruebas PISA 2025 retratan los desafíos de la educación en Colombia. Apenas el 29 % de los estudiantes de 15 años alcanza el nivel mínimo en matemáticas, el 46 % en lectura y el 50 % en ciencias. A esto se suma una profunda desigualdad: en ciencias, los estudiantes del 25 % más favorecido socioeconómicamente superan en 93 puntos a los del 25 % más desfavorecido.
Estas cifras nos obligan a preguntarnos cómo estamos preparando a nuestros jóvenes para un futuro incierto, marcado por una crisis ambiental que amenaza la estabilidad del sistema Tierra y, con ella, las condiciones que sostienen nuestra vida. Los retos que enfrentarán no caben en una sola disciplina ni pueden abordarse desde un solo tipo de institución. Abordar el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la transición energética exige conectar e integrar distintos sistemas de conocimiento (científicos, ancestrales y comunitarios) para comprender y cuidar los sistemas sociales y naturales, estrechamente vinculados entre sí.
En ese frente, PISA ofrece razones para la esperanza. El 80 % de los estudiantes colombianos dice interesarse en contribuir a la protección del ambiente desde su futuro trabajo, frente al 62 % en la OCDE. El 86 % cree que la acción colectiva puede resolver problemas ambientales y el 75 % dice saber cómo trabajar con otros para generar un impacto positivo. Sin embargo, solo el 52 % alcanzó el nivel básico en ciencias ambientales, frente al 74 % en la OCDE. Existe, entonces, una brecha entre disposición y preparación. ¿Cómo convertir el interés de los jóvenes en capacidades?
El Foro Económico Mundial identifica la transición verde como uno de los principales factores que transformarán el empleo hacia 2030 e incluye entre las competencias de mayor crecimiento el environmental stewardship: incorporar el ambiente en la manera como trabajamos y tomamos decisiones. La CAF identifica sectores estratégicos, perfiles profesionales y competencias verdes para América Latina y el Caribe, y señala que la transición transformará muchas ocupaciones y exigirá actualizar competencias para abordar los retos socioambientales.
Para la educación superior, esto implicará no solo cerrar brechas en ciencias sino superar fronteras disciplinarias. Los retos requieren que biólogos trabajen con economistas, ingenieros con científicos sociales o especialistas en datos con expertos en territorio, y que todos los profesionales tengan formación transversal en asuntos ambientales. La situación también exige transformar cómo enseñamos, potenciando el aprendizaje situado en el territorio, basado en proyectos sobre problemas reales, con alianzas para investigación-acción con comunidades y colegios.
Pero esta transformación tampoco puede depender únicamente de las universidades. Requerirá formación técnica y tecnológica y oportunidades de aprendizaje durante toda la vida de alta calidad para quienes trabajen en áreas como restauración ecológica, turismo de biodiversidad, producción sostenible o tecnologías energéticas. Para ello, necesitamos un diálogo más horizontal y una mayor colaboración entre universidades, instituciones técnicas y tecnológicas, colegios, quienes generan empleo y las comunidades de distintos territorios. Juntos podemos construir ecosistemas que conecten el aprendizaje formal y no formal y abran trayectorias diversas para impulsar sociedades más sostenibles.
PISA, en conclusión, nos señala que tenemos enormes desafíos en los aprendizajes fundamentales y profundas desigualdades en las oportunidades para alcanzarlos, pero también que contamos con una generación que quiere actuar por su planeta. El reto para nuestro sistema educativo no es despertar su interés, sino no desperdiciarlo.
*Carlos Daniel Cadena y Jorge Grant Baxter son decanos de las Facultades de Ciencias y de Educación de la Universidad de los Andes.