En cuanto a la oferta de música en vivo, Bogotá está inserta en esa dinámica moderna de lo masivo que todo lo uniforma. No obstante, hay en la ciudad algunas iniciativas que son como un oasis para quienes encontramos solaz en aquello que apunta a otros horizontes. Tal es el caso de Matik Matik, casa cultural para la música independiente que acaba de cumplir 15 años y que los celebró por lo alto con un mes de programación ininterrumpida.
Matik es diferente, porque allí se renuncia al acto muchas veces enajenante de corear, junto a miles de fanáticos energúmenos y vociferantes, canciones que terminan perdiendo su significado. Allí también se pasa por alto esa suerte de código performativo establecido por la industria cultural y aceptado a ojos cerrados por quienes se convencen de que para disfrutar un concierto es necesario lucir un atuendo, un peinado y un maquillaje determinados. Y, finalmente, en esta casa sencilla se le hace el quite a la idea de que la música en vivo debe responder a las tendencias de lo espectacular en las artes escénicas. , en las que música mediocre es edulcorada con luces, humo, pantallas y pirotecnia.
Al contrario de lo que ocurre en otro tipo de conciertos, en Matik se teje una relación sincera y desembarazada entre el público y los músicos. Los primeros suelen comportarse como espectadores que observan con atención y no como cámaras de eco que celebran y promueven sin distinción alguna cualquier cosa que reciban de los últimos. Los músicos, quienes regularmente hacen también las veces de público, saben que los dioses habitan el Olimpo y no las tarimas, y actúan en consecuencia.
La mayoría del auditorio de este lugar lo conforman estudiantes y profesores universitarios, músicos profesionales y en formación, bohemios y uno que otro intelectual de jeans y tenis. Ellos asisten con curiosidad genuina para oír propuestas que privilegian lo que de arte queda en la música del entorno urbano de hoy: el interés en extender los límites expresivos del discurso musical, la abstracción, la improvisación, el diálogo y la amalgama (no la fusión) con otros tipos de música y arte, y la experimentación técnica, tecnológica y organológica.
Las condiciones para que todo esto acontezca las pone Benjamín Calais, el dueño del letrero, un tipo que durante todos estos años ha abonado su pequeño oasis programando a músicos con propuestas singulares y abriendo las puertas de su casa a todo curioso que quiera escapar de tanta oferta monótona. Con un interés especial en la vanguardia que toma forma desde los lenguajes del jazz, la improvisación libre, la música electroacústica, algo de folclor y lo urbano no comercial del rock, la cumbia y la salsa vieja, Calais, los músicos que invita y el público asistente, que conforman una tríada, tienen bien definido el ethos de Matik Matik.
En sus 15 años de vida, en su apuesta por no ser parte de la moda y la tendencia en la música urbana en Bogotá, por su diversa y audaz programación de celebración de cumpleaños, y por su apoyo a la etapa de florecimiento musical independiente que atraviesa Colombia, felicitaciones a Matik Matik. Ojalá celebren muchos más.
* Realizador radial de Javeriana Estéreo