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Saber y poder en el ambiente (III)

Columnista invitado EE

23 de febrero de 2013 - 06:00 p. m.

Recientemente, un funcionario de la unidad encargada de otorgar las licencias ambientales se quejó de la baja calidad de los estudios que presentan las empresas a esa oficina, lo cual puede sorprender si se considera la cantidad de programas universitarios y de grupos de investigación dedicados al tema, pero la situación se comprende si se tiene en cuenta la alta complejidad que debe afrontarse cuando se trata de conocer las consecuencias ambientales de un proyecto en nuestro país. En el caso de los proyectos mineros y en el de los proyectos de infraestructura vial, esas dificultades son mayores debido a las características geológicas e hidrológicas del territorio nacional.

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Las experiencias nacionales e internacionales en este tema señalan algunos campos específicos que deberían ser prioritarios para mejorar la situación, tanto en los estudios de efecto ambiental como en las evaluaciones gubernamentales de tales estudios.

En primer lugar, pienso que se debería tener en cuenta el alto grado de incertidumbre propio de la extrema complejidad de nuestros ecosistemas; en otros países, las dificultades de predicción inherentes a la multitud de elementos interrelacionados han conducido a exigir que tengan características especiales, entre ellas el empleo de modelos integrales, adaptativos, dinámicos y probabilísticos que se mantienen activos durante la ejecución de los proyectos, como guías constantes de su operación. El uso de ese tipo de modelos disminuye la probabilidad de error al proporcionar marcos objetivos, revisables y actualizables cuando se conoce más acerca del propio proyecto y del ambiente en que se realiza.

En segundo lugar, es necesario considerar integralmente las intrincadas y dinámicas relaciones entre lo social, lo ecológico y lo económico, cuestión que generalmente se resuelve en los estudios de impacto ambiental presentando tres estudios diferentes, realizados cada uno por un especialista y, en el mejor de los casos, unidos por una síntesis realizada por el director del proyecto. Esta consideración integral sólo es posible si en los grupos que elaboran los estudios se ha trabajado proporcionando a cada tema igual importancia, facilitando el diálogo entre las disciplinas y logrando un lenguaje común. El empleo del concepto amplio de modelo —incluyendo modelos no matemáticos— y el desarrollo del concepto de socioecosistema podrían ser claves en esa necesaria integración.

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En tercer lugar, es indispensable que las personas responsables de la elaboración y del análisis de los estudios aporten conocimientos completamente actualizados para no incluir información ya invalidada. Esto solamente se logra manteniendo contacto continuo con los grupos de investigación y leyendo sistemáticamente las publicaciones científicas dedicadas al tema, ambos procesos poco comunes en nuestro ámbito profesional. El Ministerio debería dar ejemplo en este sentido.

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