18 Jun 2022 - 7:28 p. m.

Sin rumbo

Truman Percales

Como ha explicado el filósofo francés Alain Badiou en su opúsculo “Observaciones sobre la desorientación del mundo”, la desorientación son aquellos momentos de la historia en los que a la sociedad no se le propone ninguna elección clara. La elección política se vuelve confusa y difícil. Quienes eligen se sienten perdidos. No saben realmente cuál será la etapa siguiente. No saben, ni imaginan lo que significa la derrota ni la victoria, y menos aún qué consecuencias se presentaran a la vuelta de la esquina. Chapotean en un océano sin brújula.

La guerra es una enfermedad física y mental que desorienta y tarda mucho en sanar si no se ponen los remedios adecuados y Colombia sigue siendo un país convaleciente, aunque nos cueste oírlo, aunque nos duela reconocerlo. Las mafias, los clanes y una compleja amalgama de poderes vinculados al narco y a la criminalidad siguen teniendo capacidad para dirigir parte de los territorios a su antojo. Por otro lado, tanto el Eln como las disidencias de las Farrc han crecido extraordinariamente allá donde apenas se vislumbraba la llegada de un Estado con aires de renovación, donde se sentía la ilusión por recorrer un camino nuevo, inexplorado y difícil, pero muy necesario.

Este laberinto colombiano es parte del legado del presidente Iván Duque. El hombre de la economía naranja en un país donde contamos 1.327 líderes asesinados desde la firma de la Paz. El presidente que defendía la paz en sus viajes presidenciales, pero que no tuvo nunca el coraje de defenderla en su propia patria. De defenderla de verdad. Deja un país peor que el que recibió y profundamente confundido. Su presidencia ha carecido de la altura de miras que los tiempos requerían. Esperemos que la política internacional no lo recicle para ningún puesto relevante. No lo merece.

La desorientación es una situación, no es algo subjetivo, nos dice Badiou. Uno puede estar orientado, pero eso no cambia la desorientación general. No hace muchos años, aunque parece lejano en el tiempo, el Estado colombiano, arropado por la comunidad internacional sin excepciones, emprendió un proceso para mirarse al espejo y decirse las verdades que nunca se dijo. Encontró un rumbo, con algo de niebla espesa, pero un rumbo al fin y al cabo. Sin embargo, la respuesta de una parte de la sociedad y de las fuerzas políticas conservadoras fue negar la mayor con teorías descabelladas, saboteando el proceso desde el inicio y restando valor a la trascendencia que para el futuro de Colombia contenía ese momento. Aquel acto de gran mezquindad empieza a dar sus frutos: el futuro hoy es mucho más incierto y peligroso para Colombia que hace ocho años, gane quien gane la carrera presidencial. Y lo es, en gran medida, por la negación de los Acuerdos de La Habana como proyecto medular para el país. El desarrollo rural (y todo lo que eso conllevaba) no era un ítem más en un programa político o la apuesta personal de un iluminado. Era y sigue siendo el único proyecto válido para evitar el precipicio al que se asoma el país el próximo domingo. Lo demás era mierda, retórica fundamentalista y el abismo. De aquellos polvos, estos lodos.

La derecha de toda la vida sigue sosteniendo entusiasmada que, con la llegada al poder de Rodolfo Hernández, salvavidas de último minuto, se ahuyentarán por fin los fantasmas del cambio diseñado hace años por “ese castrochavista de Santos”, cerrando el paso definitivo al “terrorista Gustavo Petro” que por décadas trató de aniquilar ese estado escandinavo llamado Macondo. Es una posición política que contiene grandes dosis de esquizofrenia, mentira y maldad.

Otra parte de la sociedad argumenta que Colombia puede estar peor si sube al poder Petro. Es cierto que siempre se puede estar peor. Reconocen que las cosas no están bien, que no es lo mismo que reconocer que están mal. Reconocen, en la intimidad, que se necesitan reformas, algunas, no tantas, y no tan drásticas como para votar a un tipo que fue “un pésimo alcalde de Bogotá y además es un comunista ex guerrillero”. El horizonte mental de todos ellos es Venezuela (idea principal que ha sido instalada en el imaginario colectivo de los votantes antipetristas). Es una posición personal sustentada en un miedo legítimo e inconsciente a perder lo que tienen, alimentado con buenas dosis de desinformación. “Si sube Petro, nos vamos del país”. Son muy patriotas, eso sí, pero su posición contiene comodidad, egoísmo e hipocresía en relación con la realidad de uno de los países más violentos y desiguales del mundo.

Otros piensan que todo se cae a pedazos, y tienen parte de razón, y que la única alternativa posible es la elección de un empresario sin aparente ideología, ajeno, en teoría, a los partidos tradicionales, y con la bandera de la lucha contra la corrupción como el remedio a todos los males. “Todos los políticos son unos ladrones, se lo roban todo”. Mejor dicho, borrón y cuenta nueva. Es una mirada muy extendida y aceptada entre la gente, no solo en Colombia, pero no se cuestionan el peligro de lo que no se cuenta, de lo que no saben. El envoltorio contiene lo que muchos quieren oír, pero nadie conoce el contenido. Suena transversal, parece que sirve a ricos y pobres, suena simpático, campechano y directo. Suena a una especie de remix de aquellos Consejos Comunitarios del presidente Uribe, donde se gestionaba el país como si todo él fuera una finca en Montería, y el Make America Great Again del presidente Trump, pero en una versión Made in Bucaramanga.

La otra parte del electorado piensa que con la llegada al poder de Gustavo Petro el país iniciará una transformación sin precedentes. Incluso el propio candidato ha manifestado su convencimiento de poder lograrlo en cuatro años. Es una mirada demasiado optimista del futuro. Petro es un hombre que pertenece al pasado, y su figura no puede desligarse del binomio guerra/paz que ha polarizado a la sociedad por tantos años. Es un candidato que genera entusiasmo y rechazo en partes iguales, y eso no es un buen punto de partida en un país tan propenso a la violencia. Es un buen político y un excepcional congresista, no cabe duda de eso, pero no ha demostrado saber usar el poder de manera inteligente cuando fue alcalde de Bogotá. Incluso los que comparten su argumentario político o una idea similar, tienen dudas de su estilo y talante. En su haber, su programa, que en términos generales lo firmaría cualquier partido de la socialdemocracia europea, lo que en Colombia es visto como una amenaza. Una parte de sus votantes están convencidos de su figura y la de su vicepresidenta. Otros lo van a votar sin tenerlo muy claro, solo por el hecho de promover la alternancia, un cambio y ver qué ocurrirá. “Ya va siendo hora de que la izquierda gobierne por primera vez”. Eso en esta tierra puede significar una declaración de guerra.

Colombia sigue sin ponerse de acuerdo en lo esencial. Sin rumbo. Y aunque es una sociedad experta en naturalizar la tragedia, no siempre se logra sobrevivir a ella. Las situaciones de desorientación suelen terminar en una guerra, nos dice Badiou. Cuidado

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