La vanguardia es lo que permite, muchas veces, mantener viva una forma del arte. Incluso lo tradicional: la manera de mantener viva la tradición es variándola. En ese sentido, me parece que la historia del arte es como un péndulo: hay unas bases, luego una ruptura, una revolución, y luego un regreso al clasicismo.
En el caso de las músicas colombianas, a veces parece que más que un clasicismo hay un “oficialismo” dictado por los medios masivos de comunicación. La radio impone los gustos de las mayorías y en todos los casos esos gustos impuestos son canciones bastante simples: tres minutos de duración, un estribillo pegajoso y ya.
Las vanguardias llegan a remover esos gustos masivos, a cuestionarlos. Un buen ejemplo de vanguardia es lo que hacen sellos como La Distritofónica o Festina Lente. Su sonido es fuera de lo común, a algunas personas les parecerá extraño, marciano, pero en realidad están haciendo una labor de despertar oídos. Nos ayudan a cobrar conciencia de lo mucho que se puede crear a partir del sonido. Artistas como Ricardo Gallo o Holman Álvarez, ambos pianistas que este año han lanzado sus nuevos discos, son buenos ejemplos de ello. Pienso también en la ruptura que significó en su momento la llegada de agrupaciones como Puerto Candelaria o Velandia y La Tigra.
Joachim Berendt decía que quien se aficiona al jazz “eleva el nivel de su conciencia”. Esto se puede aplicar a la música colombiana cuando está en manos de artistas que evitan los clichés, los lugares comunes. El hecho reciente de que en el Festival Mono Núñez haya sido declarada desierta la categoría de “composición inédita” nos pone a pensar: la música nacional (en un ámbito conservador como el Mono Núñez) se estaba quedando en expresiones patrioteras; no había en ello realmente nada “inédito”. Eso es lo que el jurado ha subrayado. Ahora necesitamos que vengan los vanguardistas, los que rompen esquemas. Sólo de esa manera se salva la música de convertirse en una pieza de museo.