En un giro digno de los mejores thrillers, Paramount ganó la puja por la adquisición de Warner Bros. Hasta hace unos días, se asumía que Netflix iba a adquirir WBD en un acuerdo por US$ 83.000 millones. Mientras David Zaslav de Warner y Ted Sarandos de Netflix aparecían en editoriales como si el negocio ya hubiera cerrado, David Ellison, de Paramount, lanzó una oferta pública de adquisición, anunció el respaldo personal de Larry Ellison –su padre–, y hasta presentó una demanda legal contra Warner. Nada de eso cambió el parecer de la junta de WBD hasta que el pasado 26 de febrero anunciaron que la última oferta de Paramount era superior. Acto seguido, Netflix desistió de incrementar la oferta, dejando a Paramount como vencedor.
Los teatros veían al gigante de streaming engullendo a WBD como el apocalipsis, a pesar de las muchas garantías de Ted Sarandos de que no compraban la empresa “para destruir su valor”. Muchos celebraron la victoria de Paramount con su oferta de US$ 110.000 millones, pues así WBD permanecería en una empresa teatral comprometida, como dijo Ellison, a lanzar 30 películas al año en cines.
Sin embargo, la adquisición de cualquiera de los grandes estudios significa una pérdida. Significa menos lugares con la capacidad financiera, productiva y distributiva para realizar películas. Significa menos centros autónomos de creación, menos competencia y arriesga la diversidad del producto. También significa una pérdida catastrófica de trabajos. Las redundancias resultarán en despidos masivos, desde los ejecutivos para abajo.
La garantía de que estrenarán 30 películas al año también es cuestionable. En el 2025 ambos sumaron 27 películas y nada asegura que en el proceso de recortes no se reduzca también la capacidad productiva que ostentaban. Si se impacta el volumen de producción, los cines no reciben la misma cantidad de películas y su supervivencia vuelve a estar en duda.
También está la cuestión del tipo de películas que sobrevivan. Paramount ha apostado en años recientes en franquicias consolidadas: Misión Imposible, Top Gun, Scream. Privilegian propiedades explotables por encima de ideas originales, cosa que Warner sí ha hecho con películas como One Battle After Another o Sinners, protagonistas de esta temporada de premios. Si se queja de que en el cine ya no hay originalidad, la adquisición empeorará eso.
Aun si la fusión no altera el espíritu arriesgado de Warner Bros., hay un riesgo de censura, como ocurrió con 60 Minutes y el show de Stephen Colbert, castigados por Paramount por criticar a Trump. Larry Ellison, respaldo financiero del negocio, es un aliado cercano del presidente con intereses políticos declarados. ¿Permitirá la nueva corporación la libertad de expresión?
La incógnita final es la financiación. Paramount no adquiere Warner de su propio bolsillo: ha recurrido a capital externo, préstamos de inversores internacionales y quedará con una deuda que supera los US$ 79.000 millones. El nuevo Paramount tendrá que demostrar su viabilidad económica con éxitos comerciales continuos o se hundirá de su propio peso.
Suena alarmista, pero la presunta salvación podría resultar fatal para la industria. Los riesgos en términos de diversidad, de trabajos perdidos y los políticos son suficientes para cuestionar esta fusión. Lo que sí es claro es que de todo esto resultará una industria completamente diferente; e incluso si los accionistas votan a favor, no veremos “el nuevo Paramount” hasta dentro de meses.
* Escritor y creador de contenido.