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En respuesta a la columna titulada “En defensa de los resentidos”, de Santiago Vargas Acebedo.
La reflexión comienza nombrando a Nietzsche para hablar de la moral, el resentimiento y la democracia. Desde el principio deja entrever que Nietzsche es una especie de odiador de las clases menos favorecidas, y pareciera categorizarlo como un pensador que sostiene las jerarquías humanas y que, por ende, desprecia la democracia y lo que él llamaría la moral del esclavo. Esto es una sobresimplificación de proporciones atroces para el punto que quiere sostener con respecto al resentimiento, pues si hay algo que Nietzsche no era, era un adorador de las jerarquías entre seres humanos. El hecho de que no creyera en el pueblo como agente colectivo con capacidades óptimas para dirimir el rumbo de una nación no equivale a que adorara las estructuras hegemónicas y opresoras.
Entre sus apreciaciones, el autor exclama que “cada vez que un actor político iza las banderas de la justicia social” lo tratan de resentido. Llama la atención que el “cada vez” apela únicamente al pathos del lector —ya que nos pusimos filosóficos—, pero no aporta al debate ni contribuye a la construcción de un argumento sustentado en algo distinto a opiniones personales de gusto.
Basándose en una columna con la que no está de acuerdo, el autor llega a la conclusión de que el término “resentido” tiene una sola forma de uso, como si el lenguaje se hubiese detenido en el texto ajeno que lo emplea, como si el significado mismo de la palabra quedara congelado en ese texto que le resultó inaceptable. Ahora sí —usemos a Nietzsche— la columna hace una apología de la moral esclava: dice, más o menos, que cualquiera que llame resentido a otro es automáticamente un defensor del statu quo. No existe en la visión de este texto ninguna posibilidad de considerar que la palabra “resentido” pueda tener cabida en ciertos contextos sin que eso implique una apología de las élites endogámicas.
El artículo esgrime que quien llama resentido a otro lo hace con la motivación de deslegitimar un reclamo nacido de la búsqueda de justicia social. De ahí sale un razonamiento que solo le funciona al autor, en el que pareciera existir una ley general para quienes usan el término contra aquellos que —según infiere el texto— han definido qué es y qué no es justicia social. “Llamar a alguien resentido es, ante todo, una defensa del statu quo, una apología del presente, una diatriba contra el reformismo". Este pasaje deja una gran pregunta sobre la lógica empleada para llegar a esa conclusión, pues podríamos sentarnos a enumerar infinidad de casos en los que el uso de “resentido” no significa lo que el artículo afirma.
Lo que Nietzsche propone —a diferencia de quienes lo leen mal como nihilista o, peor, como precursor del nazismo— es, en breve, que cada persona tiene derecho a derrotar los valores que conoce y a vivir bajo los propios. De ahí su problema con la moral esclava: es una moral que propone quedarse encerrado en un corral de resentimiento donde la postura moral solo se sostiene si hay malos afuera. Es la premisa de la moral cristiana, en la que la búsqueda consiste en dejar el mal fuera de todo lo que no sea ni se parezca a uno mismo. No sigo con Nietzsche, porque sería injusto hacer una apreciación apresurada sobre él en algo que, en últimas, no trata de él.
Dicho en corto, lo que hace esta columna es lo siguiente: la justicia social es definida por quienes son de izquierda; la izquierda define qué es y qué no es justicia social. Nietzsche divide la moral en dos y habla del resentimiento como una acción reaccionaria; al autor no le gusta esto —sin mencionar que a Nietzsche tampoco le agrada la moral del amo y que su propuesta va por un camino radicalmente distinto—; luego define a Nietzsche como un odiador de masas y adorador del statu quo, y concluye que, con base en la opinión de otro señor, el resentimiento es el acto de deslegitimar la justicia social, ergo la izquierda, ergo los desfavorecidos.
Para cerrar. La discusión abordada desde otro ángulo podría tener matices mucho más ricos. Esta reflexión sobre la columna de Santiago es, más que una crítica, una búsqueda. El tema que propone es llamativo y compete a todos los llamados a participar en una sociedad, y mucho más a quienes buscan hacer parte del debate público. Sin lugar a dudas, el resentimiento es una pulsión que se hace sentir en la realidad política y social del país. Sin embargo, enmarcarlo de forma categórica en A o en B, radicando el conflicto dentro del imaginario binario de “ellos y nosotros”, hace que el debate pierda riqueza. Desde el punto de vista pragmático de la realidad colombiana, es importante utilizar los elementos del panorama nacional para este efecto, y precisamente por eso el cuidado con que se proliferan estas narrativas debe ser el mayor posible por parte de cada integrante de esta sociedad. Encerrarse en las trincheras de la moral y de lo binario solo seguirá alimentando el caldo de la discordia que han promovido quienes han prometido paz y seguridad como grandes salvadores, venidos a purgar una tierra divina usurpada por los “hunos” y los “hotros”, como diría Miguel de Unamuno.