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Algunos cambios en la política exterior: la relación con Estados Unidos

Columnista invitado y Diego Cardona C.

21 de agosto de 2026 - 04:00 p. m.

La emergencia nacional producida por el terremoto del 10 de agosto ha hecho que otros temas sean menos analizados en Colombia. Es el caso de la política exterior, en donde se han ido mostrando cambios importantes desde el primer día de gobierno. Ante todo, es necesario ubicar el trasfondo de la visión del mundo, que en esta administración es diferente a la anterior. En ese marco, podemos ubicar la relación con EE. UU.

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Para la administración Petro, la visión del mundo era cercana al tercermundismo de los setenta: conflicto de intereses entre norte y sur como tema central; un norte capitalista y un sur solo exportador de materias primas; voracidad energética del norte y del capitalismo; y la necesidad del sur de comenzar una especie de revolución económica, terminando la explotación de petróleo y gas, entre otros.

En el asunto de las drogas existía poco énfasis porque era el norte consumidor el que se suponía que debía asumir los costos y el trabajo principal de control. De las 24.000 hectáreas sembradas de coca a mediados de los noventa, se pasó, según cifras recientes de la ONU (UNODC), a 261.000 hectáreas en 2026. ¿Se pretendía que con esas cifras aterradoras los EE. UU. siguieran siendo indiferentes frente al tema?

En cuanto a las migraciones, es cierto que muchos connacionales encuentran mejores oportunidades para ellos y sus familias en el exterior desarrollado, en especial en EE. UU. y Europa. Esa migración económica, en la búsqueda de una mejor calidad de vida en general, en el fondo muestra que las políticas nacionales no satisfacen las necesidades de buena parte de nuestros compatriotas. La migración por el Darién llegó a registrar cifras sin precedentes. Por cuenta de esos dos temas —drogas ilícitas y migración descontrolada—, Colombia se convirtió en un país problema y no solo en un país de oportunidades. La visión idílica y un poco autista e irresponsable (“los dos fenómenos traen recursos financieros al país”) nos puso en el ojo del huracán.

Por su parte, están los intercambios con EE. UU.: 12.400 millones de dólares en exportaciones y 16.000 millones en importaciones (el 30 % de nuestras exportaciones y el 25 % de las importaciones totales). Poner en peligro al 30 % de las exportaciones del país por actitudes políticas viscerales era francamente irresponsable. Comparando por otro lado, el comercio con China es muy desigual y en nuestro caso no ha sido tan promisorio como en Brasil, Argentina o Perú. Le exportamos a China 2.400 millones de dólares anuales, pero le importamos 15.900 millones, una preocupante relación negativa de 7 a 1.

Como “los hechos son tozudos”, el panorama no daba para hacer un gran discurso idílico. Es claro que tenemos que exportar más a América Latina y a Europa, y que al mismo tiempo debemos hacer un gran esfuerzo para reforzar nuestra presencia en el Indo-Pacífico en su totalidad; pero esos son procesos que duran varios años.

Vale la pena anotar que lo que algunos ven como una resignación frente al poderío de EE. UU. parece ser, más bien, la convicción de que Colombia es un país occidental y en esa medida debe participar activamente en el juego regional y mundial. Es algo semejante a la motivación de participación y creación de la OEA, que se creó en Bogotá; a la participación en la guerra de Corea; o a la promoción de la célebre Ronda Uruguay del GATT, que redefinió los procesos del comercio mundial. Colombia fue también el país que promovió el “principio de corresponsabilidad” en el tema de drogas, tanto en la OEA y la Cumbre de las Américas, como en las relaciones de América Latina con Europa. La cercanía temática a EE. UU. es más que todo un producto de la convicción, y no de la imposición que algunos suelen mencionar.

Con casi 300 mil hectáreas de coca sembradas en el país, sería ingenuo pensar que la agenda bilateral con EE. UU. puede estar diversificada al máximo, como todos quisiéramos. Atrás quedan las ilusiones de cambiar el estatus de las drogas ilícitas a nivel internacional, como se hizo con el alcohol, el tabaco, las redes sociales y la televisión. También hay que producir resultados tangibles en los temas migratorios. Mientras tanto, una tarea central es promover nuestras exportaciones (ojalá de manufacturas), las inversiones de EE. UU. en Colombia, los intercambios educativos no solo en áreas tecnológicas, y un trabajo persistente en dos temas “nuevos”: las TIC, que son una base indispensable del desarrollo, y los minerales críticos.

Como la política antidrogas cambió entre la administración anterior y la actual, es explicable el nuevo énfasis en erradicación y sobre todo en interdicción. En ese sentido, ya había sido anunciado desde antes de la segunda vuelta electoral que Colombia se incorporaría al programa Escudo de las Américas, que ahora tiene 19 países miembros, y que prevé el intercambio directo de inteligencia militar, la coordinación para la interdicción de rutas marítimas y terrestres, y la posibilidad de que los países firmantes soliciten asistencia operativa directa o ejecuten operaciones conjuntas. Para el caso colombiano, se entiende, dentro de la normativa Constitucional.

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El presidente De la Espriella ha anunciado el otorgamiento del beneplácito para nuestra nueva embajadora en Washington: dos veces ministra, incluyendo Relaciones Exteriores, con formación en Relaciones Internacionales, y una experiencia importante en asuntos públicos y en el sector privado, tiene además calidades personales para desarrollar una muy buena gestión.

Además de lo dicho, una tarea fundamental de la nueva embajadora será el trabajo bipartidista en Washington. Ello, porque podría haber cambios, en especial en la Cámara de EE. UU., luego de las elecciones de midterm, a comienzos de noviembre. Sobre 435 miembros, la mayoría republicana en la cámara baja es hoy estrecha: 218 miembros, mientras los demócratas tienen 212. Esa mayoría podría mantenerse, o cambiar en noviembre, en especial si el cierre del Estrecho de Ormuz permanece sin solución.

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Por Diego Cardona C.

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