El anuncio del entrante Gobierno colombiano de reconocer la pretendida soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental merece algo más que una explicación diplomática: exige preguntar qué gana realmente Colombia y qué está dispuesta a perder.
Colombia y la República Árabe Saharaui Democrática establecieron relaciones diplomáticas en 1985. Fueron suspendidas unilateralmente en 2001 y restituidas en 2022. Hoy, una nueva decisión pretende romper nuevamente esa trayectoria.
El problema no es solamente político. El artículo 9 de la Constitución colombiana establece que las relaciones exteriores se fundamentan en el reconocimiento de la autodeterminación de los pueblos y en el respeto del derecho internacional. El Sáhara Occidental continúa siendo un territorio pendiente de descolonización y la Corte Internacional de Justicia determinó en 1975 que no existía vínculo de soberanía territorial entre Marruecos y el territorio que pudiera afectar el derecho de su pueblo a la autodeterminación.
Hay, además, una responsabilidad que no puede ignorarse. Colombia es miembro del Consejo de Seguridad hasta diciembre de 2027, órgano en cuya agenda figura el Sáhara Occidental como cuestión de paz y seguridad internacionales, al mismo tiempo que como cuestión de descolonización. Que Colombia, desde ese asiento, abandone su tradicional defensa del derecho internacional para respaldar la posición de una de las partes no solo afecta la justicia de la causa saharaui: puede comprometer su credibilidad y su capacidad para contribuir a la paz en una de las regiones más sensibles del planeta.
¿A cambio de qué?
Las declaraciones oficiales parecen apuntar hacia una lógica transaccional: un eventual tratado de libre comercio y nuevas oportunidades económicas.
Pero aquí conviene hablar claro: ¿otra vez un TLC? ¿No se viene ofreciendo esta posibilidad desde los tiempos de la administración Pastrana? Si esa fórmula no ha producido hasta ahora una relación comercial de verdadera dimensión estratégica, habría que preguntarse por qué ahora debería justificar un giro radical de la política exterior colombiana.
El intercambio bilateral se sitúa, además, en un orden inferior a los 100 millones de dólares anuales. Es un mercado pequeño frente a la dimensión de la economía colombiana. ¿Puede semejante volumen justificar que Colombia sacrifique principios constitucionales, jurídicos y una posición diplomática construida durante décadas?
Y resulta difícil no preguntarse qué puede ofrecer realmente Marruecos a Colombia que tenga una dimensión estratégica semejante.
Colombia es una potencia agrícola y agroindustrial. ¿Puede seriamente considerarse que Marruecos está en condiciones de ofrecerle un favor añadido decisivo en este terreno? Los principales productos agrícolas marroquíes que tienen capacidad de competir internacionalmente ya disponen de acceso privilegiado a los mercados europeos. Y es precisamente esa relación con Europa la que Marruecos utiliza como instrumento de presión política y económica.
Lo mismo ocurre con la emigración. Marruecos dispone de una población joven cuya inserción laboral no siempre puede absorber su economía y utiliza su posición geográfica y el control de los flujos migratorios como una herramienta de negociación con Europa. Agricultura y migración forman parte, en buena medida, de esa capacidad de presión sobre sus socios europeos.
Colombia debería preguntarse si quiere convertirse en parte de esa lógica o si quiere construir una relación propia con África.
Porque apostar por Marruecos como puerta de entrada al continente es desconocer la dimensión política y económica de África.
Hablemos también claro en este punto. Una cosa es la pirotecnia diplomática alrededor de los palacios, los grandes hoteles, las ciudades turísticas y los escenarios que parecen salidos de Las mil y una noches. Otra muy distinta es conocer realmente la estructura política, económica y social del continente africano.
Marruecos no es África. Es un país africano, pero no puede ser presentado como su representante ni como la llave de acceso al continente.
Su sistema político continúa siendo profundamente autoritario y enfrenta problemas estructurales de pobreza, desigualdad, marginación territorial y concentración de la riqueza. Al mismo tiempo, su política regional ha generado tensiones recurrentes con varios de sus vecinos y con organizaciones continentales, particularmente por sus posiciones sobre la integridad territorial y la cuestión del Sáhara Occidental.
Por eso, confundir Marruecos con África sería un grave error de apreciación geopolítica.
África es mucho más que Marruecos. Es un continente de 55 Estados, una población de más de 1.400 millones de personas, enormes recursos naturales, mercados en expansión y una organización continental —la Unión Africana— en la que la República Árabe Saharaui Democrática es miembro fundador. Y existe otro elemento que merece atención.
Si el acercamiento a Marruecos va acompañado del cierre o debilitamiento de embajadas colombianas en algunos de los principales polos económicos y políticos de África, entonces ya no estaríamos hablando únicamente de un cambio respecto del Sáhara Occidental. Podríamos estar ante un grave error de lectura estratégica del continente.
Porque mientras se apuesta por Marruecos, Colombia podría estar perdiendo presencia, interlocución y capacidad de influencia precisamente allí donde se está definiendo buena parte del futuro económico y político de África.
Y hay una cuestión todavía más delicada: los recursos naturales saharauis, particularmente los fosfatos destinados a fertilizantes. Si esos recursos entraran en futuros negocios, Colombia debería explicar cómo garantizaría que no participa en el aprovechamiento de recursos de un territorio no autónomo sin el consentimiento de su pueblo.
Colombia conoce bien la importancia de respetar las decisiones de la Corte Internacional de Justicia. Su propia experiencia ante ese tribunal debería reforzar, no debilitar, su compromiso con el arreglo judicial de las controversias.
Hablemos también de geopolítica.
Que Bogotá se alinee con el eje político que conforman Israel y Estados Unidos, con todo lo que ello representa en términos del actual desafío al orden internacional, es una decisión que corresponde analizar seriamente desde la perspectiva de los intereses colombianos. Pero creer que esa apuesta pasa necesariamente por Marruecos es una equivocación estratégica a largo plazo.
Marruecos no es el jugador principal. Es, en gran medida, un peón dentro de un tablero mucho más amplio. Convertir ese peón en la pieza central de la política africana de Colombia podría terminar siendo contraproducente.
Colombia tiene algo mucho más valioso que ofrecer al mundo que un mercado marroquí de dimensión, francamente, irrisoria: su tradición diplomática, su experiencia en la búsqueda de la paz, su posición geográfica privilegiada y su capacidad para defender un sistema internacional basado en reglas.
El Sáhara Occidental no es solamente una cuestión bilateral entre Colombia y Marruecos. Es una cuestión de descolonización, de autodeterminación, de derecho internacional y de credibilidad del sistema multilateral. Y Colombia, desde el Consejo de Seguridad, tiene una responsabilidad todavía mayor.
La pregunta, entonces, no debería ser cuánto puede ofrecer Marruecos a Colombia. La pregunta debería ser otra:
¿Cuánto vale para Colombia su propia independencia diplomática, su tradición jurídica, su relación histórica con África y su credibilidad internacional?
Marruecos no es África. Y hacer de Marruecos la estrategia africana de Colombia sería un error que el tiempo terminaría cobrando.
El problema no es acercarse a Marruecos. El problema es alejarse de África para acercarse a Marruecos.
Reconocer una anexión a un país miembro de la Unión Africana no fortalece ese papel. Se arriesga en dejarlo a los pies del caballo.
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