La captura del dictador Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero no marcó el fin de un régimen, sino la confirmación de que el orden basado en reglas ha sido suplantado por la ley del más fuerte. Esta operación, ejecutada sin un casus belli convencional y violando el artículo 2.4 de la Carta de la ONU, ratifica la vigencia del corolario Trump a la doctrina Monroe: la soberanía en el hemisferio queda supeditada a los intereses de Washington.
Mientras la CELAC en su última reunión del 4 de enero calla por debilidad y división, Europa guarda silencio por una razón más inquietante, una soledad estratégica que ya no puede ocultar.
En el Ártico, el interés de EE. UU. sobre Groenlandia, territorio autónomo danés, amenaza la seguridad económica del bloque. Si la doctrina de America First fuerza el control de las materias primas críticas de la isla (vitales para la transición verde) Europa descubrirá que su poder normativo es irrelevante frente a la dura geopolítica de los recursos.
El escenario global es sombrío. En el Pacífico, las maniobras chinas de Justice Mission 2025 ensayaron un bloqueo naval sobre Taiwán y el rearme histórico de Japón demuestra que la diplomacia sin armas es inútil. Tokio ha entendido lo que Bruselas está ignorando: la alianza con EE. UU. requiere capacidades propias, no sumisión ciega.
Sin embargo, la herida más profunda sangra en Ucrania. El alineamiento de Washington con Rusia en votaciones clave de la ONU y el retiro progresivo de recursos evidencian que la seguridad europea ya no es un interés vital americano. Europa se encuentra sola, financiando una guerra en sus fronteras y atrapada en una paradoja: es un gigante económico que hace depender su defensa a una potencia que oscila entre la agresión unilateral y el aislacionismo. ¿A quién puede llamar la UE cuando la coacción provenga del propio garante de su defensa? El artículo 5 de la OTAN protege contra enemigos externos, pero es ineficaz contra el ataque del líder de la alianza. De facto, sería el fin de la OTAN.
Ante esta situación, la creación de un ejército común europeo ha dejado de ser una aspiración federalista para convertirse en un imperativo de supervivencia real. La lección de los Balcanes en los noventa sigue vigente, sin fuerza real, los europeos son meros espectadores de sus tragedias.
Durante años, la UE persiguió la autonomía estratégica bajo la premisa del multilateralismo eficaz, actuando con socios siempre que fuera posible. Sin embargo, hoy descubre que esa autonomía implica también la capacidad de actuar sola cuando sea necesario.
Ante el repliegue de aliados tradicionales y el retorno de la política de poder, Europa se enfrenta al riesgo de la soledad estratégica. En el tablero actual, la soledad desarmada no es soberanía, es una invitación a la conquista. Si Europa aspira a ser el último bastión de la democracia, debe recordar que los bastiones, para sobrevivir al asedio de la historia, necesitan murallas y guardias propios que las defiendan.
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