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El silencio de los sabios

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Columnista invitado: Alberto Castillo Castañeda
21 de abril de 2026 - 03:47 p. m.
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En la política actual, parece que el valor de una idea no se mide por su veracidad, sino por el ruido que genera. Vivimos en una época donde el grito y el mensaje rápido en redes sociales han desplazado al análisis profundo. Este fenómeno, que afecta a democracias de todo el mundo, nace de un choque entre dos realidades: la audacia de quien no sabe y el silencio de quien sí conoce el tema.

Esta crisis no es nueva. Ya en la Antigua Grecia, los grandes pensadores advirtieron sobre los riesgos de la demagogia. Sócrates enseñó que la verdadera sabiduría comienza al reconocer los límites propios, su famoso “solo sé que nada sé” era una invitación al rigor intelectual. Por otro lado, Platón nos dejó una advertencia que hoy parece una profecía: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores”. Hoy, cuando los expertos se retiran de la discusión pública, dejan el micrófono abierto para quienes hablan sin fundamento.

Aquí entra en juego el efecto “Dunning-Kruger”: un sesgo por el cual las personas con menos conocimientos tienden a creer que saben mucho más de lo que realmente saben. En la política moderna, esto se traduce en personajes que opinan con total seguridad sobre economía, leyes o relaciones internacionales sin haber estudiado lo básico. Lo grave es que el mundo digital premia esa confianza del ignorante. Los algoritmos no buscan la verdad, sino la interacción, y nada genera más clics que una opinión radical y simplista, aunque sea falsa.

En el lado opuesto encontramos el síndrome del impostor. Los verdaderos expertos, académicos, científicos y tecnócratas, conscientes de la inmensa complejidad de los problemas, suelen ser demasiado prudentes. Como saben que no hay soluciones mágicas, sus respuestas están llenas de matices y dudas razonables. En un mundo que exige respuestas inmediatas y enemigos claros, esa honestidad intelectual se confunde con debilidad. Así, el experto se calla por miedo a no ser lo suficientemente claro, mientras el ignorante con su verborrea grita porque no tiene dudas.

La consecuencia es una democracia vacía. Cuando el debate público se llena de ruido y se queda sin contenido, la política deja de ser una herramienta para solucionar problemas y se convierte en un simple espectáculo de egos. No se gobierna con datos, sino con frases de impacto que rara vez cambian la realidad de las personas.

Es momento de que la sociedad vuelva a valorar el conocimiento sobre la simple popularidad. Si permitimos que el ruido siga gobernando sobre la razón, el destino será una Caquistocracia, en donde el poder estará en manos de los menos aptos y más cínicos. El silencio de los sabios ya no es prudencia, es un riesgo que no nos podemos permitir. Recuperar su voz no es un tema de prestigio, sino la única forma de evitar que el futuro lo decidan quienes ni siquiera saben hacia dónde vamos.

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Por Alberto Castillo Castañeda

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