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¿Cómo se enfrenta la integridad a la injusticia? ¿Cómo se actúa en tiempos de catástrofe?
Todo ser humano se cruza en la vida con la injusticia. Algo en ello nos resulta intolerable, irracionalmente asimétrico o fruto de un poder sin principios. Es entonces cuando se amplían nuestros horizontes y comienza el ejercicio de nuestra humanidad: al salir del yo, movidos por un impulso moral.
En un mundo complejo, el impulso moral toma forma en el pensamiento. Pensar debe ser un acto incómodo. Un acto difícil, a menudo más creador de preguntas que garante de respuestas. Ya lo dijo William B. Yeats: “Se necesita más valor para examinar los rincones oscuros de tu propia alma que para luchar en el campo de batalla”. Y es cierto, pero también liberador: en ese esfuerzo se hiere a nuestras mentiras, se cuestiona a quién ejerce el poder y se construye un terreno sobre el que podrá aflorar la verdad.
En el terreno moral, ese pensamiento no es vacío. Parte del reconocimiento de la dignidad humana y persigue un horizonte de justicia y verdad. Un horizonte quizás inalcanzable, pero que al perseguirse nos acerca a nuestra humanidad y desecha por el camino un mar de falacias, prejuicios y dogmas dañinos.
La situación del pueblo palestino en Gaza debería haber despertado este impulso. Millones de personas vivían - viven - en una prisión al aire libre, aisladas de la ayuda humanitaria, dependientes de una guerrilla y de los designios de un proyecto expansionista cuyas facciones radicales habían expresado ya deseos genocidas. Las condiciones para una catástrofe estaban presentes. Lo alarmante fue no pensar en ellas.
Lo que sucedió fuera de Gaza fue una catástrofe moral. Frente a la tragedia, el mundo se acomodó en la indiferencia. Y, aunque hubo honrosas excepciones, se normalizó una situación que debería haber provocado una profunda agitación. La deshumanización de un pueblo no importó a las suficientes personas; o no nos importó lo suficiente como para cuestionar y repensar el orden de las cosas.
Como sociedad, esta indiferencia es un estado peligroso del pensamiento, síntoma de una depresión intelectual. Cuando se dejan de buscar la justicia y la verdad, no hay destino final que justifique el arduo proceso de pensar. La indiferencia acomoda a la sociedad y disuelve en ella la responsabilidad ética individual, abriendo silenciosamente el camino a la tragedia. Así lo entendió Hannah Arendt, quien tanto nos reveló sobre el siglo XX: el abandono del juicio abre las puertas a grandes catástrofes.
En Gaza, el pensamiento moral, con su largo diálogo, sus círculos y turbulencias, terminó llegando cuando la tragedia estaba ya teniendo lugar y se necesitaba acción. También se fue pronto: a diferencia de lo sucedido en otros casos, el tiempo posterior a la catástrofe no ha dado lugar al suficiente pensamiento. Porque la dignidad humana de los gazatíes no requiere simplemente la denuncia de una catástrofe. La paz no es la ausencia de conflicto; sino la creación de un orden complejo y sofisticado que reconozca los derechos de los involucrados.
Sin embargo, este proceso de reflexión parece exigirnos demasiado. Lentamente, nuestra sociedad ha renunciado al juicio para dar el control a emociones cínicas y superficiales. Pensar nos resulta estéril, irreal. La ley del más fuerte está volviendo a nuestros discursos, y con ella la deshumanización del otro. Pero quien la acepte renunciará a la moral; pues su ley no conoce de ella, sino de poder. Y no habrá más intervención que la de rezar para estar en el lado afortunado de la historia.
Cuando en el futuro expliquemos la historia de Gaza, algunas preguntas serán inevitables: ¿Cómo pudimos permitirlo? ¿Por qué no nos alarmó que un pueblo viviera durante décadas al borde de la catástrofe? Probablemente, porque vivimos desconectados del impulso moral que está en el centro de nuestra condición, y que es la base de cualquier noción de justicia y de historia, de belleza y de bondad, de verdad y de ética.
Nos hemos alejado de ese deseo tan humano que es querer ser mejor. Se nos ha olvidado que el ser humano es sagrado. Hemos perdido las grandes preguntas que conmueven al hombre, las enseñanzas de maestros y artistas. Y hemos abandonado el deseo de ayudar al prójimo que predicó aquel judío nacido en Palestina que cambió la historia.
La catástrofe volverá a emerger en el horizonte. Quien la reconozca deberá andar ese laberinto del pensamiento, enfrentarse a ese espejo que es la ética. La muerte de inocentes no puede ignorarse. Si la razón moral vuelve a ausentarse, la tragedia llegará. Sólo recuperando nuestra humanidad puede llegar la justicia, que es la forma que la verdad toma en el mundo.
La catástrofe comienza cuando la injusticia no nos genera preguntas.
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