En la madrugada del 27 de agosto, la oficina del primer ministro de Nepal, Balendra Shah, confirmó que el número de fallecidos ya superaba el centenar. Hoy llegan a más de mil. Son terroríficas las escenas de inundaciones repentinas y deslizamientos de tierra en los distritos nepalíes de Rasuwa y Nuwakot, así como en el condado chino de Gyirong. Impresionado por una secuencia del muro de agua que arrasa todo a su paso en medio de un valle tranquilo y bajo un cielo despejado, la reproduje en la red social que antes se llamaba Twitter, junto al mensaje: “La Tierra no está gritando, simplemente es indiferente a nuestra existencia”, la última línea de mi más reciente columna. Con ella desaté la tormenta en mi vaso de agua.
Era claramente una provocación. Usaba la frase con la que Gustavo Petro había reaccionado al sismo que el pasado 10 de agosto azotó el territorio de nuestro país, dejando 331 personas muertas, más de 4500 heridas y extensos daños materiales en los departamentos de Chocó, Risaralda, Quindío, Caldas y Valle del Cauca. Sus airados defensores (y detractores) no tardaron en aparecer, arrastrando consigo cualquier mensaje coherente o posibilidad de conversación. Es difícil aclarar en 280 caracteres que esa Tierra justiciera y vengativa no existe y que no aceptar una personificación moral del sistema planetario no implica desconocer los efectos del cambio climático ni su posible papel en esta tragedia. Aunque se entienda como una metáfora, presentar la catástrofe como una represalia del planeta oscurece más de lo que explica.
La emisión de gases de efecto invernadero por el uso de combustibles fósiles no es el sacrificio de un ciervo sagrado. Para bien o para mal, no existe una implacable justicia divina que persiga a los responsables directos. ¿Qué culpa tiene una familia campesina en las zonas afectadas de Nepal, uno de los países más pobres de Asia, donde tantos viven de la agricultura a pequeña escala o del dinero que les envían sus familiares que trabajan en otros países? ¿Acaso estamos pagando por un pecado cometido desde hace décadas, cuando la mayoría de nosotros no habíamos llegado al mundo? El clima que experimentamos hoy es el resultado de emisiones pasadas y del calor almacenado en los océanos. Incluso si se detuvieran las emisiones actuales (una medida urgente), el aumento de la temperatura de la Tierra no se detendría. El cambio climático está ocurriendo. Sus consecuencias serán mucho más graves si no se discuten la adaptación y la gestión del riesgo climático, especialmente allí donde viven quienes están más expuestos (y usualmente han contribuido menos al problema).
A muchos, como al expresidente, les resulta más fácil entender los riesgos derivados de los cambios que hemos producido en la atmósfera terrestre como una suerte de revancha. Esa idea de una naturaleza punitiva dice más sobre la forma en que entendemos las dinámicas de educación y de causa y efecto que sobre cómo funciona nuestro planeta. Ni el hielo ni el agua ni el aire tienen inclinaciones ideológicas ni deseos de venganza. Simplemente hacen lo que las leyes de la física les indican y nos encuentran en su camino. La magnitud del desastre depende de decisiones humanas sobre la desigualdad, la infraestructura y la prevención. Cómo hablamos, cómo nos apresuramos a repartir las culpas o la salvación, también determina cómo enfrentamos el riesgo.
Por más que pensemos que le hacemos daño al planeta, ese daño es a nosotros mismos. La Tierra seguirá en pie, aunque sus actuales inquilinos dominantes persistan en sabotear las complejas relaciones de los sistemas vivos que les han permitido prosperar. En las escalas geológicas de tiempo, nuestra especie apareció en este planeta hace apenas un instante. Puede desaparecer con la misma rapidez, no como un acto de venganza, sino como fruto de la ignorancia. Nunca antes habíamos tenido tanta información sobre el funcionamiento del planeta o herramientas de comunicación tan poderosas. Pero cuando creemos que el mundo entero atiende a nuestras palabras, invocamos la protección divina (desconociendo el problema) o el castigo de los dioses.