Se han ido publicando evaluaciones fragmentarias y preliminares de la política exterior de la administración del presidente saliente. Se pueden observar algunos aciertos, como la importancia otorgada a los derechos humanos, la política social en determinados casos o la COP de Cali. También se pueden registrar numerosos desaciertos: el olvido del conjunto de América Latina; la ausencia de una estrategia coherente sobre el Asia-Pacífico; la vacuidad de declaraciones y actitudes teatrales frente a EE. UU.; el gran desorden y la desvertebración del servicio exterior con improvisaciones y nombramientos diplomáticos impresentables; y la ausencia de concertación con otros sectores políticos y el sector privado. Ello, sin olvidar las menciones a una supuesta autonomía más discursiva que real.
Veamos ahora algunos escenarios sobre el futuro próximo. El contexto internacional cambia en muchos aspectos en cuatro años, pero algunas tendencias globales son de más larga duración. Viendo los temas del mundo actual a nivel global, regional y del Estado colombiano, da la impresión de que se podrían abrir espacios para varios ejes centrales.
Hay, ante todo, una relación estrecha entre la política exterior y los temas económicos, incluyendo, por supuesto, las iniciativas de grandes y medianas empresas. En segundo lugar, la relación con EE. UU. puede ser la prioridad central. Pero para que funcione de manera sostenible, debe incluir dos aspectos centrales: una diversificación de la agenda que abarque inversiones, ciencia y tecnología, desarrollo informático, asociación estratégica de empresas y aranceles razonables; y, por otra parte, una gestión bipartidista, pues en noviembre la relación de fuerzas en el Congreso estadounidense podría cambiar.
En cuanto a las posibilidades de una agenda mutua nutrida y diversificada, existen restricciones. Colombia parece estar en el foco de los EE. UU. por varias razones complejas: una fuente o un sitio de paso importante para la migración irregular; el origen de mas del 80 % de la cocaína que se consume en EE. UU. y la existencia de mas de 25.000 combatientes armados en los diversos grupos con poder de facto en mas de la mitad del territorio nacional.
Esas preocupaciones explican la composición de la delegación estadounidense en la posesión del presidente De la Espriella, a saber: el fiscal general, el presidente del Subcomité de Seguridad Nacional, altas autoridades de la DEA, el asesor de seguridad nacional del vicepresidente, una autoridad del Departamento de Guerra y el jefe de operaciones internacionales del Departamento de Justicia. Es decir, autoridades diversas en materias que muestran a Colombia como un país problema. Probablemente lo es, y antes de que podamos hablar de una real diversificación de la agenda, habrán de existir resultados muy importantes en reducción de la cantidad de hectáreas de coca sembradas y en debilitamiento del potencial de bandas armadas de todos los pelambres. Lo que es claro es que en el tema drogas, se volverá a tolerancia cero con los cultivos, y se incrementará la interdicción, incluso con actividades de la Fuerza de Tarea aprobada por el Comando Sur en el curso de esta semana, que autoriza operaciones puntuales en tierra.
Un tercer asunto, de importancia capital, es retomar las relaciones con América Latina, tan fragmentadas en el periodo de Petro por razones ideológicas. Ahora bien, no estamos hablando solo del plano bilateral. En efecto, tras las enseñanzas de la pandemia y la contracción económica resultante, se comprendió en el mundo la importancia fundamental del nearshoring, así como de los mercados y las concertaciones regionales. En ese contexto, cobran relevancia la concertación con los vecinos y la renovación de procesos de integración, pero abiertos y dinámicos, sin la absurda pretensión del libre flujo de personas (responsable, por ejemplo, del Brexit en la Unión Europea).
Tenemos un espacio para avances en algunos temas de integración, pero con esa condición: que sea un proceso en el marco de economías abiertas, sin imagen proteccionista, y que no pretenda que la única integración posible sea el modelo Europeo. En ello, el esquema de la ASEAN sea quizás pertinente, si se quiere avanzar mas allá de un simple ejercicio académico de vieja escuela.
Un cuarto tema es la posibilidad de relanzar políticas de competitividad internacional como una tarea de país. En la administración saliente se insistió —aunque solo a nivel discursivo— en la autonomía frente a algunos grandes actores del mundo, comenzando por EE. UU. Ahora Colombia estaría de vuelta a insistir en la inserción internacional como la divisa central. Esa inserción, para que se produzca, debe ser activa, propositiva y participativa en mercados bilaterales, regionales y, en la medida de lo posible, globales. Para que funcione, implica además cambios en la Cancillería, sinergias claras con otros ministerios, un fortalecimiento de los diplomáticos para el mañana (que ya llegó) y una conexión fluida entre el Ministerio de Relaciones Exteriores y las diversas regiones del país.
Hacia afuera, sería muy importante diseñar estrategias regionales, en especial con EE. UU., los países desarrollados, América Latina y el Indo-Pacífico. Esta última es la región económica más activa del mundo en la actualidad (salvo por el evidente peso de EE. UU.). Buena parte de sus países se encuentran entre las 25 economías más grandes del planeta. Recordemos que India y el Sudeste Asiático son una fuente de comercio, inversión y tecnología que no podemos soslayar. Finalmente, es bueno insistir en la necesidad de aprovechar el servicio diplomático y consular para asignarles también funciones en lo económico.
Y como norma general, para acelerar los procesos en lugar de fragmentarlos en estériles disputas partidarias, no se puede cometer de nuevo el error monumental de la endogámica administración saliente, después de sus primeros meses de gobierno: debemos recordar siempre, que la mayor virtud de los buenos líderes es gobernar mas allá de su tribu de origen; es más productivo saber cooptar a los mejores recursos humanos para hacer de su tribu una gran nación. Es una gran enseñanza: la claridad, los principios, la firmeza y las nuevas propuestas no riñen en lo mas mínimo con ese noble y gran propósito ampliado que es Colombia.
*Diego Cardona es Ph. D. e internacionalista.
dcardonac@gmail.com
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