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La cultura no es mero entretenimiento

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Columnista invitado: Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
23 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
“Solo podemos desearle lo mejor al joven actor: que sus producciones sepan esquivar el olvido”: Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
“Solo podemos desearle lo mejor al joven actor: que sus producciones sepan esquivar el olvido”: Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
Foto: EFE - DAVID SWANSON
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Hace algunos días, el mundo de las artes fue conmocionado por una fuente inesperada: en una entrevista, el nominado al Oscar Timothée Chalamet declaró que, a comparación del cine, a la gente no le importa la ópera o el ballet. El comentario, para sorpresa de nadie, ha sido refutado por los teatros del mundo, quienes han aprovechado la oportunidad para dar a conocer el vigor del oficio con videos de producciones majestuosas y salas llenas pero, ante la situación, resta una pregunta: ¿de dónde viene el comentario del actor?

La opinión de Chalamet puede ser engañosa. En principio, pareciera una comparación del estado actual de diferentes formas de arte: una disputa entre la sala de cine y los grandes teatros, nivelada bajo el denominador común del arte. Esta óptica, sin embargo, no podría estar más equivocada.

La equiparación del cine con las artes escénicas es, como dice el dicho, comparar peras con manzanas. Aunque ambos campos comparten elementos, la diferencia crucial reside en dos conceptos que resumen las experiencias que cada uno de estos medios ofrece: la ópera y el ballet son cultura, pero el cine es entretenimiento.

Con esto no pretendo menospreciar al séptimo arte, cuyos productos también son artefactos culturales. Al hablar de cultura y entretenimiento no me refiero directamente a las obras, sino a sus respectivas industrias y, sobre todo, a la relación que el público establece con cada una de ellas.

En este sentido, el entretenimiento viene a ser un producto de consumo. El objetivo de la industria del cine es vender y el de sus audiencias, pasar el tiempo. El constante flujo de producciones cinematográficas es digerido por la sociedad de forma intrascendente.

La huella que deja en nosotros la ópera y el ballet, mucho más profunda, hace parte del tejido cultural en el que, como sociedad, vertimos nuestro pensamiento y del cual extraemos nuestra identidad. Al contrario de lo que afirma Chalamet, la ópera y el ballet hacen parte de un espacio insoluble en el tiempo. La sala de conciertos no goza de la cotidianidad que ha adquirido el cine justamente porque se trata de un espacio casi ritual, en el que el cuerpo se dispone a ser cautivado por algo que, colectivamente, hemos declarado merecedor de ser preservado y, por lo tanto, bautizado cultura.

Esta permanencia de la cultura, manifiesta en la ópera y el ballet, no solo se evidencia en las habituales boleterías agotadas de los teatros, sino que también se puede ver en la creciente democratización de ambos géneros, potenciada por la revolución digital. No solo es posible acceder a la mayoría del repertorio de ballet u operístico por medio de plataformas gratuitas como YouTube o el programa Teatro Digital del Teatro Mayor, sino que también vemos a los teatros adoptando los medios digitales para hacer de la universalidad de los clásicos algo más cercano al público joven, que ha sabido encontrar el camino a las taquillas.

En últimas, las palabras de Timothée Chalamet difícilmente representan alguna amenaza para las instituciones culturales que señala. Solo podemos desearle lo mejor al joven actor: que sus producciones sepan esquivar el olvido como lo han logrado, por más de cuatro siglos, estos pobres géneros de las artes escénicas que, en sus palabras, “ya no importan a nadie”.

Por Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

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